martes, 22 de enero de 2013

Mudanza

Miro hacia la zona de archivos del blog y me parece mentira haber llegado hasta aquí: son (¡joder!) seis años como bloguero en este sitio. No soy capaz de calcular el número de post que habré publicado aquí.

Creo que ya es hora de marcharse. De mudar de sitio. No voy a cerrar esta casa, sino que quitaré la llave y la dejaré abierta, al menos de momento. Poco a poco voy desplazando los bártulos a mi nueva vivienda. Una vivienda más acorde con estos tiempos, donde además de juntar palabras hablaré de otras cosas. Necesitaba cambiar de aires, otro tipo de vivienda, con otro tipo de vistas.

Me gustaría que me acompañarais en esta mudanza. Mi nueva casa está abierta de par en par a todos vosotros. Y me encanta recibir visitas.

www.danielruizgarcia.es


miércoles, 9 de enero de 2013

Reload


Vuelvo por aquí, vuelvo a la anhelada cotidianidad de las cosas pequeñas y los placeres dosificados, bien medidos, sin ruidos ni ceremonias. Ahí dejo el 2012 para quien lo quiera, porque yo ya lo he tirado a la alcantarilla, como un pedazo arrugado de propaganda engañosa, como el prospecto de un producto milagro, como un papel higiénico demasiado áspero y poco consistente, incapaz de soportar tantas heces, tanto mal fluido, tanto hedor.

Abrazo 2013 sin ningún propósito, tan sólo el de dejarme llevar, bien atado a los cuatro cachivaches que importan, sobre los que construyo y reconstruyo lo que parece que soy, que voy siendo. Algunos van quedando en el camino, pero en lo que está en mi mano intento aferrarlos con fuerza: si se marchan, que no pueda recriminarme nunca que se alejaron por culpa mía, o que yo tuve algo que ver con la pérdida.

El cielo está bien negro, ahora que vuelvo a la normalidad, pero eso ya no es ninguna novedad. Decía que no tengo ninguna meta para el nuevo año, pero miento: mi objetivo será silbar bien fuerte, a cada momento, a pleno pulmón, por encima de las melodías tristes y los acordes aberrantes, huyendo de los días grises y de la mala gente como de la mierda. A toda esa gente, como al 2012, también los mando a la alcantarilla. Que hagan y deshagan lo que quieran, allí, en sus cloacas. Yo me quedo con el ridículo feliz, con la idiotez exultante. Así, como Oliver Onions cantando Orzowei.


sábado, 22 de diciembre de 2012

Adiós, cretino

Si me preguntan, particularmente diré que 2012 me ha parecido el año más desapacible, antipático y cruel de todos los vividos. No le quiero poner champán ni bombones: prefiero más bien ponerle vino peleón para coger una buena tranca y despedirlo como se despide a los indeseables: a empujones, a gritos, advirtiéndole que no se le ocurra volver por aquí. Dicho esto, felices fiestas a todos.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Antes de que se acabe el mundo

Chungo. El día 21, según la profecía maya, se acaba el mundo. Y encima tiene que ser un viernes. Pero tenemos la oportunidad de despedirnos a lo grande. Y morir con las botas puestas, como buen escritor, vendiendo aunque sea una docena de novelas. 

Así que un día antes del fin del mundo, es decir, el jueves día 20, presento en Sevilla mi última novela, con la que gané el Premio Onuba. Se llama "Tan lejos de Krypton", y pretende ser un canto intenso y personal a los años 80. 

La portada ya es una declaración de intenciones: mi hermano y yo, en el soportal de nuestro piso de Nervión, posando con nuestras caretas imposibles y nuestras espadas. Una foto que ya era puro Instagram, cuando ni siquiera se concebía que pudiera existir Internet. 

Si no tenéis nada mejor que hacer para despedir vuestro último día en la tierra (aunque a mí se me ocurren media docena de opciones mejores), ahí os dejo esta invitación. Será el jueves, día 20 de diciembre, a las 19:30 horas, en la Sala Helvetia de Sevilla (para entendernos, frente a la Torre del Oro).


jueves, 22 de noviembre de 2012

Guau, guau


"Vivir en la perrera es vivir enjaulado, a golpe de ladrido, sin más expectativas de futuro que alcanzar cada nuevo día y salir ileso. Así viven los protagonistas de esta novela, tres jóvenes de barrio que consumen su existencia entre porros, peleas y flirteos con chicas que nunca podrán ser suyas. Todos son perros y todos ladran, y quien logre ladrar más será el dueño de la perrera. Cuando el mordisco es la única posibilidad de defensa, la violencia es el único camino. Y todo acaba encaminándose hacia el golpe, la magulladura, el choque cuando un perro aparece muerto entre las manos de un niño".

Pues eso. Perrera, ya disponible en e-book. Aquí.


martes, 13 de noviembre de 2012

Cuando fuimos superhéroes

Hay fotos que representan un espíritu. Instantáneas que están atiborradas de narratividad, pero sobre todo de inspiración estética. Te están contando cosas, son tan evocadoras como un perfume. En cierta forma, con Tan lejos de Krypton quise reconstruir y traducir al idioma de las palabras el espíritu de esta instantánea. En ella aparecemos mis hermanos y yo, una mañana del Día de Reyes, estrenando juguetes, en la galería de acceso a nuestro piso de Nervión.


La foto es puro años 80. Y ese fue el punto de partida para la novela. La obra que más quebraderos de cabeza me ha dado. Reescribir los propios recuerdos desde la mirada de un niño de 10 años es un propósito complicado. Evocar el aroma de los 80 que viví, sin que resultara forzado, constituía un reto. Lo mío con esta novela, después de tantas dolorosas reescrituras, amputaciones, nuevos desarrollos, era ya una cuestión de cabezonería: hasta que no la publicara, estaba dispuesto a no seguir escribiendo. Ha habido muchas dudas. Pero por encima de estas dudas, una certeza: se trata de mi obra más personal. Con la que más me identifico y en la que más me expongo. La sensación es de incertidumbre, pero también de alivio. Por fin mis 80 se hacen carne de libro: por fin puedo contar cuando fuimos superhéroes.


miércoles, 17 de octubre de 2012

Ciudadano, abertzale


Soy producto de la educación pública. Toda mi vida, mi formación intelectual, se la debo a los centros públicos de enseñanza. En la escuela, y después en el instituto, y finalmente en la Universidad, me topé con profesores de todos los colores, tamaños y formas. A algunos de ellos los conservo en un verdadero pedestal, y reconozco mi deuda con los que consiguieron aportarme valores y conocimientos que porto con celo en mi hato de cachivaches, ese que me sirve para andar por la vida. De otros, el recuerdo es menos bueno.

Pero de lo que no me cabe duda es de que la escuela pública fue, y lo sigue siendo, el mejor espacio para la interacción social. Sin cribas ni cortapisas: en la escuela pública me codeé con gentes de otras razas y extracciones, me sentí por primera vez humillado, pero también obtuve victorias: eróticas, intelectuales, sentimentales. Todos éramos iguales, pero todos hablábamos distintos lenguajes. Miento, no todos éramos iguales: en cierto modo, quienes, como yo, estudiábamos becados, formábamos parte de cierta casta de prestigio, porque todos eran conscientes de que mantener las becas implicaba no desfallecer en las calificaciones: los que ostentábamos una beca éramos más o menos pobres, pero sí bastante aplicados.

En la escuela aprendí que había peligros, gente de la que desconfiar, pero también buenos compañeros de travesía. Había compañeros bastante pobres, de aspecto poco higiénico. Con ellos solía llevarme bien, y casi siempre, además de pobres, eran poco estudiosos, por eso nunca entré en el club de los empollones. Siempre preferí estar en una posición intermedia del aula, porque estar muy atrás era no enterarse de nada y estar muy delante era señalarse.

Con la educación pública aprendí lo que significaba el esfuerzo. Y lo que es sentir que nadie te regala nada, que debes salir tú mismo de los baches, aprender a superarlos, porque los profesores que te evalúan y te dan caña no están pagados directamente por tus papis, ni el centro en el que te formas se desenvuelve con criterios empresariales. En la escuela pública, al contrario que en la privada, el alumno no es un cliente: es un ciudadano, y debe aprender a ser ciudadano puliendo y perfeccionando por sí mismo sus propias armas.

En la escuela privada (eso lo he comprobado ya en mi época de trabajador), eso sí, se hacen muchas más relaciones. Se establecen vínculos asociados no tanto a las vivencias personales como más bien a los apellidos: los Gómez-Espina salieron todos de tal colegio privado, los Palacio-Benavente de aquel otro. Y toda su estirpe nace con un puesto de trabajo reservado bajo el brazo, que llegará tarde o temprano. El apellido los lleva en volandas a través de la educación privada hacia el futuro. Al final acaban ocupando, casi siempre, puestos directivos, en alguna empresa de sus papis, o, en su defecto, en la empresa de un amigo de apellido reconocible en el colegio compartido. Son todos, lo reconozco, de una educación exquisita, muchos tienen una conversación interesante, pero les falla su tendencia al encasillamiento mental, y muchas veces su incapacidad para relacionarse entre los que no son de su condición social.

Suelen ser gentes que llegan lejos, pero yo no les envidio nada. Antes bien, reconozco que poseen enormes carencias, y que en líneas generales han tenido que luchar más bien poco por salir adelante. En este sentido, desde el punto de vista del esfuerzo, están poco desarrollados. Creo que lo mío, que lo nuestro, tiene mucho más valor, e implica si me apuras un mayor recorrido vital: más experiencias matizadas a través del contacto con gentes diferentes, más esfuerzos para seguir, más dificultades para despuntar.

Me reconozco hijo de una cultura de extracción más bien obrera, excluido desde la cuna de los grandes apellidos que, como Pérez Andújar planteaba para el caso de Barcelona, dirigen el rumbo de nuestro porvenir provinciano. Sé comportarme cuando estoy con ellos, y sé hasta donde puedo llegar. Todo lo que he conseguido lo he hecho sin ayuda de nadie, y a mí no hay quien me gane por lo ciudadano.

De eso va lo de la huelga de mañana: de hacer valer los principios ciudadanos, y la legitimidad de nuestro patrimonio ciudadano, que entre otras cosas se cimienta sobre el patrimonio de nuestra educación pública. Y que todos esos pijos con apellidos están intentando desmantelar, apelando a cuestiones de calado empresarial (eficiencia, rentabilidad, etc.) que deberían estar fuera de todo debate, porque siempre entendimos que la educación era un bien público, y uno de los espacios de los que debíamos sentirnos orgullosos en nuestro proyecto de ciudadanía compartida que es España (con o sin Cataluña: ellos verán).

Así que sí, señor Alfonso Alonso, portavoz del PP en el Congreso: mañana ejerceré, como usted dice, de abertzale, porque me manifestaré no llevando a los niños al cole y mostrando mi desacuerdo con la estrategia de desmantelamiento que están llevando a cabo para destruir esta educación pública. Una educación pública que no les pertenece, sino que es patrimonio de todos. Es una cuestión de obligación ciudadana.