martes 21 de febrero de 2012

¿Pero esto no iba de literatura?

Con esto de Internet se ha amplificado lo que en los tiempos analógicos era una verdad de salón. Ahora es una verdad a voces: los escritores son marcas. En el IBEX literario patrio, los valores fluctúan de forma espasmódica, a veces virulenta, y cuesta mucho mantener el valor de la marca. Las pequeñas empresas, o los escritores de medio pelo, han subido como la espuma en la bolsa nacional del mercado editorial merced a Facebook y Twitter, y a sus posibilidades, antes insospechadas, de ejercer la adulación, cuando no el vergonzoso lametazo, a través de la réplica y multidifusión de sus entradas de blogs. De igual modo, hay escritores encumbrados que muestran sus debilidades en el circo de las redes sociales, a veces bajan la guardia, y entonces empezamos a perderles el respeto, nos sonroja su vulgaridad, resulta que son seres tan primarios y elementales como cualquiera. La crítica seria es hoy el más absoluto de los cachondeos, y la crítica cachonda es elevada a la categoría de principio de autoridad indiscutible, disociada de las ventas pero capaz de acabar con la reputación y el prestigio de una carrera de años a través de un par de escupitajos online. Con Internet todo se democratiza, se resquebrajan las fronteras, y en este espacio los escritores deben arrojarse al abismo de defender su marca. A muchos este salto les pilla con el pie cambiado, y ahí siguen, invisibles, quizá carcomidos por la sospecha de estar perdiendo una oportunidad. Otros han saltado demasiado, y hacen el descenso emitiendo todo tipo de piruetas, gritando mucho, como si la inmersión fuera una actuación de circo. En medio de todo este pifostio, hay una incontestable evidencia: cada vez se lee menos, cada vez se compran menos libros, el mercado editorial arroja pérdidas. Hay que usar las redes sociales, cualquier elemento a nuestro alcance, no ya para defender la marca, sino sobre todo para gritarla mucho, para llenar cualquier espacio libre, aunque al final el logotipo resulte chirriante, machacón, cansino. Entonces, a lo mejor, uno empieza a pensar que Facebook, que Twitter, que las redes, no son adecuadas para una buena gestión de nuestra marca. Que quizá la gestión más decorosa de nuestra marca viva en el silencio, y en el único lugar en el que siempre debería permanecer: en la fábrica, allí donde se cocina el producto, delante de los folios en blanco, frente a la pantalla de ordenador.

jueves 2 de febrero de 2012

The End


Ahora sí, por fin, la meta. La carrera de palabras más larga y extenuante de mi vida: dos años y medio de camino en solitario. Quise tomar atajos, pero era estúpido intentar engañarme a mí mismo. Aunque el camino era más largo, no había otro modo de llegar a la meta. Mi proyecto más personal, el más ambicioso, también el más arriesgado. Hoy tiene el punto final que merecía.

Y así me encuentro hoy: derrengado, vacío de palabras, feliz.

lunes 23 de enero de 2012

Poder

Suelo cruzarme habitualmente de camino al trabajo con alguien que en otro tiempo fue muy poderoso. Presidió una entidad financiera, a la que desde mi empresa prestamos numerosos servicios de comunicación durante algunos años. En los tiempos en que él fue presidente de aquella entidad, de aquel gigante omnipresente en las grandes ciudades de toda Andalucía, nunca llegó a parecerme del todo una persona. Estaba siempre en la sombra, desdibujado por una especie de aureola conformada por un séquito de guardaespaldas, asesores y pelotas de diverso calibre. Nunca llegué a mantener una conversación en firme con él, más allá de un saludo o un comentario forzado por las circunstancias y la casualidad. Aun así, por los numerosos mentideros y escondites por los que chorreaba la información y la mala baba dentro de la estructura de aquel tremendo gigante empresarial, supe de algunas obsesiones, querencias y aficiones más o menos reprobables del presidente. En aquel tiempo era intocable. Ejercía con mano firme su poder, y aunque de apariencia afable generaba a su alrededor cierto miedo. Toda su agenda era diseñada y ejecutada con celo, cuidando al milímetro cada detalle. Vi a más de uno sufrir un ataque de llanto o simplemente romperse debido a un mero comentario del presidente dirigido hacia él o hacia algún asunto de su competencia. Al presidente le gustaba una determinada marca de whisky, y le gustaba tomarlo de una determinada forma. Ay de ti si no acertabas con la marca, y mucho peor con no prepararlo como a él le gustaba. El cortejo del presidente, una prolongación de su mano compuesta de una masa indeterminada y fluctuante de hombres de confianza, cuidaba porque todo llegara hasta él del modo en que a él le gustaba. Aunque debía medir poco más de un metro 60, cuando paseaba por los pasillos de su empresa, o incluso cuando lo hacía por la calle, la sensación era la de ver pasar un gigante. Su presencia resultaba inhumana. El poder no era un atributo, más bien él mismo era una materialización posible de poder, una de sus realizaciones.

Ahora que lo veo por la calle, con sus vaqueros muchas veces algo desgastados, con la camisa un tanto arrugada, portando un periódico, o con bolsas del supermercado, sé que no lo merece, pero lo único que puedo sentir por él es compasión, pena. Me sorprendió descubrirlo un día esperando en una parada de autobús, él, que pasó media década contemplando el mundo a través de los cristales ahumados de un vehículo blindado. Lo veo y pienso en un animal viejo, en un león anciano con las uñas romas y la dentadura podrida. Pocas cosas hay tan tristes como alguien que ha tenido ocasión de paladear con deleite el poder y que, de un segundo para otro, se ve con la boca abierta y la ambrosía volando hacia otra boca. Una vez que son apeados del trono, se convierten en enfermos. Parece como si con el poder se llevaran algo más de sus cuerpos, los vaciaran de algún modo. Y te los encuentras, así, caminando por la calle, desgarbados, con la mirada perdida, como supervivientes de un accidente, sin que sepas muy bien, al verlos, si realmente deseaban sobrevivir a ese poder, o les hubiera gustado quedar congelados para siempre en sus estampas pretéritas de gloria. Y casi siempre los ves solos, o parecen solos aunque estén rodeados de gente. Porque en los tiempos de gloria y aplauso, era difícil que estuvieran solos, pero ahora la soledad parece más bien una muestra del carácter, un rasgo inherente a su nueva personalidad.

Los hay que, una vez apeados, intentan seguir la estela de ese poder. Ya les pasó su tiempo, pero aun así se aferran a la estela, intentando mantener su cuota de gloria. Éstos son los peores. Acumulan tanto resentimiento, tanta vanidad por los tiempos pasados, que pierden del todo la perspectiva. En lo profesional, son incapaces de resultar útiles. Están castrados, el poder acabó con ellos, con todo rastro de capacidad profesional, de discernimiento objetivo. Pero el perro viejo puede retirarse y no hacer ruido o volverse rabioso. Sobre todo cuando el perro viejo no lo es en realidad tanto: he visto a muchos políticos que accedieron jóvenes a altos cargos de responsabilidad y que acaban siendo expulsados de la primera línea cuando todavía les queda lejos la cincuentena. Cuidaos de ellos, son los más peligrosos. Quieren morder pero están desorientados: la ceguera que proporciona el brillo del poder les impide identificar hasta muy tarde –muchos ya no lo consiguen nunca- el objeto de sus mordidas. Se convierten en animales torpes, con un punto de demencia temeraria realmente dañino.

Me cruzo con ese hombre que una vez fue poderoso casi todos los días. A menudo nos sostenemos por un instante la mirada, pero nunca nos saludamos. No me reconoce, es imposible, pero tengo la sensación de que si hubiera compartido algunos ratos a solas con él tampoco me reconocería. La mirada, esa que en otro tiempo me pareció robusta, como de acero, ahora resulta vacía, esquilmada, como una tienda en liquidación, como un edificio descuartizado por una bomba. Se está muriendo, pienso, ese hombre todavía vive pero desde que abandonó el poder se muere un poco cada día, lenta, gris, dolorosamente. Debe resignarse: no existe tratamiento para ese cáncer, es tan viejo como el mundo desde que lo habitan los hombres.

jueves 19 de enero de 2012

Querido maestro de mierda

Vuelvo a leer Viaje al fin de la noche, después de transcurridos más de quince años desde la primera lectura, y siento el mismo puñetazo, el mismo derrumbamiento, la misma rendición ante una prosa que no parece forjada con palabras. Es más bien una tremenda figura de barro poblada de recovecos y accidentes, como las figuras casuales que uno construye con la arena mojada de la playa. Me reencuentro con el testimonio de Bardamu y encuentro cosas que sólo intuí en la primera lectura. Pero también reconozco que es ahí, en esa voz, en ese tono, en esa forma de contar como quien da latigazos, como quien esputa, donde nació mi deseo de ser escritor, mi propia vocación y mi forma de entender el acto creativo de la escritura.

Viaje al fin de la noche no parece de este mundo. Y no lo parece, sobre todo, por la forma mesiánica de su tono, de un mesianismo malvado, despreciable, pero al mismo tiempo hermoso, verdadero. Leyendo las confesiones de Bardamu me vuelvo malicioso, recupero parte de ese espíritu que se me ha suavizado con los años: el del cinismo, la rebeldía, el anarquismo de la negación y la sublimación de la individualidad.

También me aplasta su forma de entender el lirismo, un lirismo siempre oxidado, sucio, poblado de cachivaches, de hierros, de chatarra. Leer a Céline es demorarse con la contemplación de los resortes y bujías de un desguace, debajo de un cielo rojo, bajo un atardecer preñado de nubes cariadas.

El texto impone su propia lógica, es la sublimación del escritor como demiurgo: nos conduce con estructuras abigarradas, a veces con apariencia endeble, precaria, otras veces rotundas, pero siempre salimos airosos, porque Céline tiene ritmo, y ese ritmo puede con la lógica de las asociaciones, con la concisión expositiva, con la propia palabra: muchas frases resultan tan ensimismadas que no hay forma de comprenderlas si recurrimos a analizarlas con criterio intelectual. Céline es un escritor intuitivo, y es esa intuición la que nos derrumba. Como en los mejores momentos de Moby Dick, hay que respirar profundo, porque el lirismo demencial nos embelesa con su música sin que sepamos entender muy bien la letra, pero tenemos la música, tenemos las notas, y eso es suficiente.

Me aplasta Céline, pero a la vez me da fuerzas, en cierto modo posibilita mi propio reencuentro, me recuerda las razones por las que –todavía- sigo escribiendo.

Así que lo tengo decidido. Pienso sacar un plotter de su retrato, y colgarlo en el cabecero de mi escritorio. Así podré tenerlo bien cerca, mirarlo de frente, para recordar en todo momento por qué he acabado aquí, trajinando con letras que nunca me llevarán demasiado lejos. Y también para decirle, siempre que quiera, qué grande eres, Destouches, qué hijo de la gran puta, qué bien lo contaste todo, querido maestro de mierda.

jueves 12 de enero de 2012

Reír entre los escombros

Salimos después de 17 días de la pesadilla de las agujas, los termómetros, el lamento por los dolores en el costado, las noches en vela, el frío, la incertidumbre, la enfermedad, y regresamos los cuatro por fin a casa. Alicia se negó en banda a desmantelar el árbol de Navidad aduciendo que aún no habían venido los Reyes Magos. Y es cierto: aún no han venido, como tampoco llegó el Fin de Año. Eso llegará mañana por la noche, cuando por fin, como les hemos prometido, los tres muñecos que tantas veces observamos trepando las fachadas a través de las lunas del coche en los odiosos recorridos diarios al hospital salten al balcón y atiborren el salón de regalos.

Todavía llevo esos regalos en el coche, escondidos en el capó, después de que los comprara el mismo día en que Pablo ingresó por primera vez. Desde entonces no he tenido fuerzas o espíritu para subirlos a casa. Pero mañana, de madrugada, todos acabarán allí, convirtiendo el salón en una juguetería improvisada.

También mañana, después de preparar el escenario, Espe y yo celebraremos el Fin de Año. Tengo todavía en el frigorífico un par de latas de uvas sin piel y sin pipa de hace un año, pero he mirado la caducidad y no prescriben hasta 2015. Así que pondremos –ya lo he pensado- el portátil en el salón y buscaremos en Youtube alguna retransmisión televisiva reciente de Fin de Año. Puesto que no es más que una convención, por qué no poner, qué se yo, la retransmisión del año, por ejemplo, 82, o del 92, el año de la Expo y de los Juegos Olímpicos. Si no hay vídeos de aquel entonces, elegiré la que más me repela, alguna verdaderamente hortera y repugnante. Una de la era Berlusconi en Telecinco puede estar bien. Nos ayudará a adquirir la perspectiva lisérgica que el momento precisa, nos infundirá esa alegría cínica que le viene bien a nuestros cuerpos, ahora que la enfermedad ha pasado de largo y todavía tenemos la sonrisa nerviosa instalada en nuestros rostros.

Y brindaremos, claro, con champán. Celebraremos la entrada de este año perro que tiene a todos ojerosos, cabizbajos, meditabundos, cenizos. El año de la gran incertidumbre, de echar los restos del esfuerzo, de los dientes apretados y la puerta con vistas al abismo. Será el primer Viernes 13 de este año 2011, la primera efeméride popular del año consagrada al terror, que nosotros intentaremos vivir como una Nochevieja que llega con retraso pero sobre todo como la Gran Gala de celebración de una alegría imprevista. La alegría que nos infunde sentirnos saludables y vivos en medio de un montón de escombros.

miércoles 28 de diciembre de 2011

Miedo

De todos los regalos que me llegan a la empresa por Navidad, el que más aprecio es una caja de tres botellas de vino que manda un cliente al que prácticamente no conozco. Ni siquiera es un cliente, es alguien al que en otro tiempo le hice algunos trabajos. Alguien poderoso, con el que nunca llegué a cruzar palabra, al que realicé algunos trabajos bastante burocráticos y grises. Pero mi nombre debió quedar ahí, en las bases de datos del Departamento de Administración de su empresa, y la incompetencia profesional me ha permitido mantenerme en ella, agazapado entre las líneas de una tabla de Excell de clientes y proveedores que imagino inmensa, y recibir cada Navidad la correspondiente caja de vinos acompañada de un aséptico christmas firmado por el presidente de la empresa, el cliente a quien probablemente haya hecho el trabajo más gris, insulso y plano de toda mi vida.

No me importa la felicidad ni el éxito de ese cliente. Si dejara de existir ni siquiera creo que lo lamentara. Pero anoche brindé por él al llegar a casa. Anoche me emborraché con su vino. Este año la tabla de Excell con la que preparan las bases de datos de los regalos navideños ha debido desbarajustarse, porque en esta ocasión me ha llegado un rioja de mayor calidad, Reserva del 2006, también tres botellas.

Anoche, sí, me emborraché, y brindé por mi cliente desconocido, pero no estaba alegre. Sólo quería borrar de mi cabeza la soledad, la sensación de miedo, el sentimiento de habitar una piel extraña, un cuerpo que no debía estar allí, sino en el Hospital, junto a mi hijo.

Todavía recuerdo sus gritos por el dolor en el costado, la forma de levantarlo de la cama y sentir una masa pesada y blanda, pero sobre todo caliente. El viaje nocturno al Hospital, con el sonido del acordeón empotrado en su pecho resonando entre baches. El llanto sincero, tan distinto de ese otro que sólo persigue satisfacer los caprichos. Recuerdo su mirada de pavor al saber que la extracción de sangre era inminente, el modo en que observaba el tubo de plástico implantado con esparadrapo en su brazo, su insistencia en volver a casa, sólo quebrada por su fiebre de 40 y su cansancio. La sala de espera de pediatría en la madrugada, donde sólo estamos él y yo: él despatarrado, durmiendo a duras penas, frunciendo continuamente el rostro, devorado por un dolor que desconoce, que desconozco, al que necesito poner nombre; yo observando con atención sus gestos, resoplando e incluso dándome pellizcos para evitar los recreos de mi mente por conjeturas innombrables. A las 3 de la mañana lo pasan a observación, se quedará aquí toda la noche, pero estaremos juntos. La analítica no revela nada, pero la fiebre sigue siendo alta, y está el dolor en el costado. No duermo, permanezco a su lado, vigilando la fiebre, aferrado a su pequeña mano de dedos diminutos y perfectos, controlando su respiración agitada, como atravesada por clavos.

El día siguiente no es mejor. Siguen haciendo pruebas, pero no dan con la tecla. La segunda radiografía no revela nada, pero tampoco la ecografía del costado. La fiebre sigue arriba, roza otra vez el pico de los 40. Me siento indefenso, miro a Espe y compruebo que ella también lo está. Apenas pensamos en su hermana Alicia, a la que hemos dejado en casa de la abuela. Sólo queremos que se acabe el dolor, que termine la fiebre. Sólo queremos recuperar nuestra estructura de edificio capaz de dar un cobijo sólido a nuestro hijo. Sólo queremos dejar de parecer niños, tener respuestas, seguridad, que la voz no tiemble.

Vuelvo a casa por la noche. La casa está fría y sola, pero tengo demasiado sueño para pensar. Ceno algo rápido y me acuesto. La noche pasa volando, aunque antes de perder la conciencia todavía tengo ocasión de intercambiar con Espe media docena de mensajes de móvil. La fiebre sigue arriba, el dolor en el costado también.

Pero al día siguiente todo cambia. Es a media mañana, yo estoy en el trabajo. El nuevo médico dice que la radiografía no lo revela, pero que está convencido de que se trata de neumonía. Le hace un análisis de orina y allí aparece el neumococo. Bingo. A partir de ahí, antibióticos.

Salgo del trabajo, le llevo al Hospital un cómic de Spiderman contra el Duende Verde. Está irritable, cansado, dolorido: lleva tres días sin dormir bien. Me pide que le lea el cómic, pero al instante desiste. Tiene fatiga, apenas come. Sólo quiere ver Clan TV. Me da la mano, le digo tranquilo, tranquilo, el antibiótico ya va a empezar a hacer efecto, te va a doler menos. Pero tarda demasiado. Por eso la tarde es correosa, incómoda, trufada de llantos, resoplidos, cambios de postura, sofoco.

Los abuelos vienen, la tía Berta viene, intentan ayudar, transmitirle alivio. Pero el pobre está cansado, irritado, no quiere estar allí. Habla por el móvil con su hermana, con su primo, desea volver a la rutina, acabar con ese dolor y con los sueros intravenosos, que han dejado de tener gracia.

A media tarde, sin embargo, cuando se va el sol, se amodorra. La fiebre ha empezado a bajar, algo esperable a partir del tercer chute de antibióticos. Y desde las ocho se queda dormido. De vez en cuando se despierta quejándose, pero vuelve a dormir. Por fin descansa, y Espe y yo lo miramos con alivio. Respira bien, tiene diagnóstico y parece certero, se recuperará pronto.

Espe hará la segunda noche en el Hospital, me dice que tengo que trabajar al día siguiente y que si me quedo no aguantaré en la oficina. Yo me callo, pero lo pienso: pero es que no quiero volver. No quiero estar en casa sabiendo que él está aquí.

Porque la casa está fría. Porque hay demasiado silencio, y el pasillo tiene eco. El niño, en el Hospital, sigue durmiendo, así que Espe va a aprovechar para echar una cabezada sobre el sofá. En la cocina intento comer algo, y veo la caja de vinos de mi cliente desconocido. Saco una botella, decido emborracharme. Vuelvo al salón con la botella. En la tele todo es un festival de promoción navideña. Anuncios de juguetes, sonrisas de niños, adelanto de las galas especiales de Fin de Año con baño de champán y lentejuelas, declaraciones del nuevo ministro de Economía en las que habla de recesión sin hablar de recesión. Imágenes que se pasean por mis ojos como si estuvieran muy lejos, como se observan las luces de la ciudad nocturna desde una colina. Porque yo no estoy allí, porque en realidad estoy a los pies de la cama del Hospital, tocándole los pequeños y perfectos dedos a Pablo. Por eso bebo, me emborracho, e incluso brindo por mi cliente desconocido. No estoy contento, si acaso tranquilo, porque el dolor se acabará pronto. No bebo por felicidad, sólo necesito borrar de mi cuerpo este frío, la sensación de miedo, el sentimiento de habitar una piel que no debería estar acariciando este vino.

miércoles 14 de diciembre de 2011

Pobres hombres regresando borrachos a casa

Vuelvo a recuperar el pulso. Después de unos meses bastante ajetreados en lo doméstico –hicimos y convivimos con una aparatosa obra en casa, con reparación de muros y pintura integral-, disfruto por fin de un pequeño cubículo, usurpado al espacio del dormitorio de matrimonio, que hace las veces de despacho y espacio para escribir. Ya no tengo que escribir, como he venido haciendo en los últimos años, desde que Alicia me arrebató la habitación donde guardaba mis bártulos, en la mesa comedor del salón. Tengo un espacio propio, aunque es pequeño, pero muy acogedor. Me recuerda bastante a la habitación del piso alquilado en el Juncal, donde parí, en una mesa escritorio que parecía robada de un parvulario, tanto Perrera como Moro. La habitación era prácticamente igual de pequeña, pero esta de ahora es totalmente mía. La he atiborrado de libros, estrujando hasta el límite las estanterías que hasta antes de la obra andaban diseminadas por todo el piso. Sólo hay una pared desnuda, pero en ella me gustaría colocar algún retrato, no sé, de Flaubert o de Céline, de Dostoievski o de Maugham, quizá uno de Bukowski con su cara de perro sarnoso, para que me mire directamente a los ojos, de forma admonitoria, como un hermano mayor previniéndome de las tentaciones de flaqueza.

Levantarme temprano, cuando todos duermen todavía. Hacerme el café con el silencio de fondo de la noche perezosa. Atravesar el pasillo arrullado por el sonido de las respiraciones de mis hijos y mi mujer y atrincherarme en el cubículo, que ya se ha caldeado un poco gracias a la estufa. Saludar al Batman gigante, ese que le trajeron los Reyes Magos a Pablo el año pasado pero que tuve que desalojar de su habitación porque se cagaba de miedo por las noches, y sentarme delante de los folios en blanco. Sólo los folios, un boli bic negro, los renglones de ayer y el vacío de esta mañana. Sólo yo y esto de dentro, y el fraseo, las imágenes, las ganas de llenar ese vacío del papel de historias, de gestos, de imágenes que muchas veces florecen, como flores inesperadas, tras una maraña de rectificaciones y tachaduras. Después de dos horas, que transcurren con asombrosa rapidez, escuchar el móvil despertador de Espe, y saber que ha llegado el momento de que empiece propiamente el día: despertar a los niños, vasos de leches y tostadas, la radio, vestirse, las prisas. Echar a correr hacia el metro, y después la reglamentaria caminata: bajarme dos paradas antes, para que el frío matutino y los tres cuartos de hora de andanza me despejen del todo, y acaben por hacerme olvidar todo lo que ocurrió dos horas antes, de forma que parezca que acabo de despertar, y que me levanté con el traje laboral ya puesto.

Ahora que vuelvo a esta rutina, pienso que no soy nada sin ella. Nunca los tiempos han sido tan aciagos, nunca la sensación de incertidumbre me ha resultado tan intensa, sin embargo necesito este espejismo de estabilidad. A eso han ayudado los niños, y no sólo en los aspectos creativos, como le comentaba a mi buen amigo Cora en una reciente entrevista. Los niños te obligan a la rutina, y en mi caso eso es bueno, porque es en la rutina donde más me centro y me considero más productivo.

En su biografía de Tolstoi, E. J. Simmons describe así un día cualquiera en la vida del escritor ruso:

“Toda la familia se reunía para desayunar, y las ocurrencias y las bromas del señor hacían la conversación alegre y animada. Al final se levantaba y pronunciaba estas palabras: “Ya es hora de trabajar”, y desparecía en su estudio, normalmente llevándose con él un vaso de té bien cargado. Nadie osaba molestarlo. Cuando salía a primeras horas de la tarde era para hacer ejercicio, por lo general una caminata o un paseo a caballo. A las cinco regresaba para la cena, comía con voracidad, y cuando había saciado el apetito divertía a todos los presentes con vívidas narraciones de cualquier acontecimiento ocurrido durante su paseo. Después de cenar se retiraba a su estudio a leer…”.

Tolstoi, además de un fabuloso escritor, era un gran aristócrata, así que su actividad literaria no se vio nunca entorpecida por la ordinariez de tener que buscarse el sustento diario. Pero la exposición de su cotidianidad como una adición rutinaria de hábitos, en los que la escritura, la lectura y la caminata ocupan un papel preponderante, me parece bastante convincente, y como plan de jubilación resulta todo un modelo.

Como aspiración de conducta, el Carpe Diem siempre ha gozado de gran prestigio. Es rutilante e inflamable, resulta enormemente seductor. Pero de un tiempo a esta parte comulgo más con el Aurea mediocritas de Horacio. Para los griegos, la mediocritas era también un atributo de la belleza. Mi cuerpo me pide una vida rodeada de aurea mediocritas, porque es ahí donde me siento más cómodo y feliz. Este espíritu, sin embargo, me abraza en un muy mal momento. Se acercan inexorablemente las fiestas navideñas, con su bacanal de comidas de empresa, excesos etílicos y gastronómicos, ruido y encuentros sociales ineludibles. No soy uno de esos que reniegan por pose de la Navidad, me suelen resultar divertidas, pero percibo que las fiestas han degenerado en los últimos tiempos hacia un punto de mal gusto insoportable. Resulta difícil salir indemne de esa artillería de adornos navideños en las tiendas de chinos, de papanueles y reyes magos de polispán escalando ventanas, de inmigrantes disfrazados de Santa Claus en las farolas, de anuncios gritones de juguetes en la tele, de infames hilos musicales en los centros comerciales y hasta en el metro con voces de querubín y campanillas, de hordas de compradores que construyen colas kilométricas en los cajeros de los hipermercados. Hay pocas cosas tan tristes como un hombre trajeado a media tarde, o ya de noche, que vuelve en el Metro de la preceptiva comida de empresa, y que no puede controlar la cogorza. Con su corbata descolgada del cuello desabotonado, parece un animal que se estuviera muriendo, toda la alegría que desplegó durante la jornada se ha desinflado y ahora es sólo un pobre hombre que vuelve borracho a casa. En eso, pienso, hemos convertido la Navidad: en un ritual de pobres hombres volviendo borrachos a casa.