lunes 21 de diciembre de 2009

La vida, vaya chiste (silencio indefinido)

Mejor no tomarse nada en serio, mejor no gastar tiempo ni esfuerzo en decir tanto. Para qué, para quién. Arremangarse y dedicarse con empeño a la tarea de vivir. No es poca cosa.

Estaré un tiempo callado. Me apetece un poco de silencio. Me despido con un chiste descomunal.



Sí, sí, leéis bien: el Ulises de James Joyce. Y parece que va por las últimas páginas. Fijaos con qué atención sigue el texto.

Un abrazo a todos, gracias por vuestra atención. Volveremos a vernos por aquí cualquier día de éstos.

viernes 18 de diciembre de 2009

Ja, ja, ja...

Descojonante. Lo cuenta hoy el amigo Javier Martín-Arroyo en El País. Lorca no está en la supuesta fosa común de Alfacar. Ésa por la que se montó un litigio descomunal en el que todas las partes parecían como caníbales tirando a mordiscos y en direcciones contrapuestas de un pitraco.

Desde aquí puedo escuchar las carcajadas. Son las de Lorca, definitivamente convertido en ese demonio del que tan brillantemente habló en su memorable conferencia sobre Teoría y Juego del Duende. La herencia del daimon socrático, el espíritu de la poética, un duende brillante y con una dimensión pícara que se ríe del mundo. La búsqueda de la carroña del poeta me hace recordar la primera vez que leí Poeta en Nueva York. Con cada poema decía: increíble. Ya no puede ir a más. Ya no es posible seguir subiendo. Pero en el siguiente poema, Lorca seguía ascendiendo. Más, y más, y más. Superándose a sí mismo con cada verso, rizando el rizo de la creatividad.

Así ahora. Lorca está reunido con nosotros al pie de una barra de una taberna inmunda. Una taberna de ésas con barra sucia de madera gastada, donde los camareros apuntan las comandas a tiza, y con el suelo emborronado de servilletas y serrín. Lorca está contando un chiste fabuloso, con ese ingenio suyo tan característico, con esa vivacidad tan pura de sus ojos. “Me muero”, dice. “Me fusilan, y van y me entierran. Y ahora me llevo setenta años comiendo larvas, en un sitio que nadie conoce pero que todos se pelean por descubrir, como si estuvieran a la búsqueda sobre un mapa encontrado de una isla del tesoro. Hay varias personas que dedican prácticamente su vida a investigar mi muerte. Cómo me mataron, dónde, con quién. Alguno arriesga incluso su vida. Hay un hombre, un irlandés orondo y muy sonrosado que escribe volúmenes y volúmenes sobre mi vida. Sale en programas, habla siempre muy serio sobre mí, recorre todos los rincones de mi existencia. Después al tipo le va bien y se pone a escribir más libros, sobre aspectos supuestamente desconocidos de mí, sobre mi amistad con mis amigos, sobre mis propios amigos. Todo así, en plan muy sesudo, muy serio”.

“Pero hay más –añade Lorca, sin darnos pausa siquiera para dar un buche a nuestras bebidas-. En el sitio donde supuestamente están mis restos me montan un parque fabuloso, enorme, muy bonito, a la altura de ese otro con el que han rodeado mi casa a las afueras de Granada, en la Huerta de San Vicente. A ese parque llevan a jugar a los niños. Es 'el Parque del Poeta', ya sabéis, todo muy bucólico, todo muy mágico. Y ahora, después de mucho tiempo, se les ocurre que hay que encontrarme. Se monta un cirio de mil demonios, pero al final empiezan a escarbar en la tierra”.

La carcajada es unánime. En la taberna se produce un silencio. Hay expectación.

“Y después de más de cincuenta días excavando, anuncian que nada, ni rastro. No estoy allí, ni yo, ni el maestro escuela, ni el alcalde, ni el banderillero, nadie. Cincuenta años viviendo de esta conjetura, y ahora resulta que me fui, que nunca estuve allí”.

Brindamos con Lorca, festejamos su historia con sonoras carcajadas. Después seguimos bebiendo animados, hasta que al final de la tarde, cuando ya van a cerrar la taberna, nos despedimos diciéndole: “Nos vemos muy pronto”. Tan pronto como cuando vuelvo a casa. Porque él está allí, en mi casa, en medio de la biblioteca del salón, contenido en su estuche de Obras Completas que compré en una librería de saldo de Huelva, y también en la estantería de la entrada, con ediciones diversas que he ido comprando o que me han ido regalando a lo largo del tiempo. Pero también está en Chatarra, mi primera novela, o en el propio cartel del corto homónimo y basado en la novela que preside una de las paredes de mi salón. Está en el baño, en algunos poemas de la antología de Roger Wolfe que me compré en la pasada Feria del Libro Antiguo, y que voy leyendo cada vez que me meto a cagar, está en el libro-crónica que Somerset Maugham dedicó a Andalucía y que tengo siempre a mano en la habitación de Pablo, donde lo voy leyendo mientras sigo con condescendencia sus juegos infantiles con sus juguetes. Está en la taberna de debajo de mi casa, como ingrediente inconsciente en la forma de decorar el bar, mezcla de vanguardia y de tradicionalismo andaluz estilo Julio Romero de Torres. Veo a Lorca cada vez que pongo las noticias, especialmente las de Antena 3, y me cuentan el último caso de violencia de género pasado a cuchillo. En estos días en que ultimo la lectura de lo último de Muñoz Molina, Lorca está dentro del libro, tanto implícita como explícitamente, con toda su poética de la genética española del desencuentro, de la división, del destierro.

No es posible escapar de Lorca. Está en todos sitios, es un daimon altamente invasivo y contaminante. Me río porque lo sabía, sabía que no podía estar en Alfacar, estaba convencido. No hay mortaja que pueda contener su espíritu.

jueves 17 de diciembre de 2009

Caspa


Muy postmoderno, sí señor. Indudablemente kitsch, con un punto improvisado, urgente, compuesto a partir de baraturas de tienda de chinos. Pero con gran potencia alegórica, muy trianera, barrio donde, cómo no, se ha tomado la imagen. Lo mejor, sin duda, la mirada de Baltasar a Melchor, que es quien corta la cuerda. Me atrevo a asegurar que esa postura es puramente casual, propiciada por una mera circunstancia física de ángulos y contrapesos. Pero parece premeditada. Baltasar está mirando a Melchor como si reprobara su acción, sintiéndose un poco solidario con el intruso que pretende subir al balcón, consciente de su condición de inmigrante, de advenedizo, de extranjero, al que delata el color de su piel.

No podemos saber si la performance está acompañada por alguna musiquilla de ésas que traen incorporados los juegos de luces que venden en los chinos, pero si es así la composición resulta redonda.

miércoles 16 de diciembre de 2009

Grupo Salvaje

Aún no ha comenzado, y ya siento la fatiga. Me refiero al carrusel de ingestiones pesadas, de borracheras, de ruido, de alegría forzada que sobrevienen con la Navidad, en la que lo que menos importa es la propia Navidad y lo que más esa predisposición a la celebración, el talante abierto a levantar el vaso y abrir la boca a la menor ocasión, sometiendo al cuerpo a un trabajo aberrante de gimnasia tóxica. A mi mujer y a mí nos ha cogido con el biorritmo cambiado, y es por ello que esta Navidad hemos decidido ser más antipáticos que nadie. Pensamos quedarnos la noche del 24 y del 31 en casa, con los niños dormidos bien temprano y disfrutando de cualquier bolacho televisivo, mucho mejor si es de Capra.

Entre todos los padecimientos que uno se ve obligado a asumir durante estas fiestas navideñas, además del ensordecedor y desagradable ruido de los petardos a cualquier hora, de la siempre complicada deglución de las 12 uvas, del desembolso descomunal de dinero en juguetes y de los padecimientos visuales de unas fiestas que cada vez se vuelven más estéticamente horrendas –creía que lo había visto todo con los tres Reyes Magos subiendo por cuerda a los balcones, pero no: ahora, por mi pueblo, se lleva lo de colocar pañuelitos en las fachadas de 2x2 con una imagen de un niño Jesús que parece arrancado de un Belén-, en mi caso yo debo sufrir un particular calvario: el Encuentro Anual del Grupo Salvaje.

Ayer mi hermano me preguntó por el encuentro. Y tuve que decirle la verdad: aún no sé nada. No hay día fijado, sólo algunos indicios, llamadas de los miembros del grupo con la boca caliente, voluntad de perpetrar el encuentro cualquier día impensado de las fiestas.

El Grupo Salvaje es un conciliábulo, un extraño club, del que uno no puede escapar. Pertenece a él casi desde la cuna, desde la infancia. Es el grupo de los amigos de mi barrio, con los que aprendí a hacer putadas, con los que me desollé centenares de veces las rodillas, junto a los que me enamoré la primera vez, con los que me introduje en el arte de la masturbación. Primeras borracheras, aventuras temerarias, gamberradas que poco a poco fueron deslizándose casi a la delincuencia.

Hoy el Grupo Salvaje está bastante desmembrado. Hay de todo entre sus miembros. Algunos de ellos son leyenda en el barrio. Uno ha estado a punto de entrar más de una vez en chirona. Otro se quedó medio colgado con los tripis. Individualmente son bombas, pero todos juntos parecen una verdadera banda terrorista.

Con el Grupo Salvaje me veo abocado a pillar una borrachera de órdago. Eso es lo mínimo. Lo peor es que acaben dándonos una paliza en un bar, o que tengamos un accidente de coche, o que demos con nuestros huesos en Comisaría. Nunca se sabe dónde acabará uno cuando va con el Grupo Salvaje. Quizá por eso he ido poniendo meses de distancia entre cada encuentro, consciente de que, en cualquier caso, siempre hay una Reunión Anual inevitable. La reunión de Navidad.

Mi mujer lo sabe. Consiguió a fuerza de reproches fundados que renunciáramos a perpetrar las reuniones el mismo día 31. Las cenas de Nochevieja se habían convertido en algo más bien patético. Pero es consciente de que cualquier día mi teléfono sonará, y detrás de la llamada habrá un día y una hora. Será la reunión del Grupo Salvaje. Inevitablemente, sin que yo lo quiera, y menos aún con un biorritmo cambiado como el que padezco, nos echaremos a la calle. Una vez más, habrá pelea.

martes 15 de diciembre de 2009

En buenas manos

Me gustó estar ayer en el Club de Lectura de la Fundación de la Escuela de Aparejadores de Sevilla para hablar de La canción… Y me gustó porque me sentí muy a gusto, al lado de lectores de a pie, esos lectores cotidianos que uno contempla al viajar en metro, o al pasear por el parque. Lectores despojados de retórica, que no se pierden en excesivas divagaciones de carácter teórico, sino que simplemente están interesados en leer historias que les conmuevan, que estén bien contadas y que les hablen de cosas y de personajes curiosos o con los que puedan identificarse.

En la charla, que resultó muy animada, pude comprobar también algo que me produce una extraña sensación, mezcla de zozobra y de alivio. La novela ya no es un niño, y no tengo que estar pendiente de que no se tropiece, de que alguien le haga daño, de que me venga llorando y yo tenga que aplicarle esparadrapos y mimos. La novela se deja acariciar por otras manos, susurra a otros oídos, cuenta su historia a personas distintas, que la acogen con más o menos entusiasmo. Algunos criticaron la aspereza y la excesiva plasticidad de algunos pasajes, cosa que no me incomodó, que incluso secundé, desde la distancia de lector, de un lector aventajado pero lector al fin y al cabo. Otros alabaron el estilo, la forma de contar, los pasajes más filosóficos en los que el personaje reflexiona sobre el amor, sobre la vida, sobre la amistad, sobre la muerte. Carmen, la amiga Carmen, a la que me siento extrañamente unido, se mostró una vez más incondicional de la novela, con argumentos extraídos, arrancados del propio libro, después de una segunda lectura en la que la novela, al parecer, le ha gustado todavía más. Me dio la impresión, no sé, de que La canción... le pertenece ya más a ella que a mí, que es más suya que mía, porque a fin de cuentas ella no padeció los dolores de su parto pero la disfruta con la naturalidad de quien goza de un plato sin tener conciencia del proceso de cocinado. Encuentra matices como degustadora que a mí me están vetados como gourmet.

Los lectores del Club de Lectura me hicieron recomendaciones que yo anoté, y que prometo leer al dedillo. Son lectores apasionados, a los que les mueve el brillo de un buen párrafo, la reacción de un personaje, la forma de resolver una escena. Todo ello bajo el prisma de su propia vivencia cotidiana, urbana, callejera. Son los lectores que cualquier autor desearía tener, por encima de las estúpidas vanaglorias de la crítica literaria más especializada y técnica, que se parece más bien a una partida de ajedrez. En la calle se juega a los bolos, en la calle se corre en bicicleta, hay ruido. En la calle se lee como se respira, como se huele un mal olor, como se moja quien no tiene paraguas y se abraza quien tiene frío.

Salí del Club de Lectura muy contento y confortado. En casa me esperaba Espe junto a los niños, pero allí dejaba a otro niño, un niño que definitivamente se ha hecho grande. Está en las mejores manos.

lunes 14 de diciembre de 2009

Día tonto

Pero también están esos otros momentos de ensimismamiento, de enroscarse sobre uno mismo como quien se guarece del frío o de la lapidación, apretujado, fruncido, como si a través del temblor uno pudiera replegarse en la propia carne, hundiendo la piel en las tripas, haciéndose ajeno a los olores, a los colores, a la palabra. Nada que contar, nada que decir, dejar pasar la vida como un insecto, sólo concentrado en cumplir con el tránsito de las horas, a la espera de la fulminación definitiva, esa que nos conducirá quién sabe dónde.

No se puede opinar de todo, no se puede saber de nada a ciencia cierta, así que mejor dejarse llevar, allá donde el viento nos arrastre, sin más certeza que el latido del siguiente segundo. La palabra nos construye de forma mentirosa, es una embustera que nos arroja sobre el compromiso de lo dicho. Pero sobre la palabra está la vida, la huella de nuestros pasos sobre el tiempo que ya nunca vuelve. El latido.

Al final, vivir es arrancarle trozos de intensidad a la vida, morder de su abrigo ajado los botones más brillantes y masticarlos, haciéndonos trizas los dientes, provocando el sangrado de las encías. La palabra, pienso, cuando me encuentro como hoy, fruncido, replegado, solipsista, es sólo cartón piedra, vano aliño para este tobogán, para este dejarse llevar que es la existencia.

viernes 11 de diciembre de 2009

No se presenta

Durante mucho tiempo consideré que la expresión “ser un hombre” resultaba demasiado añeja, con un indudable componente machista, no sé, algo de otro tiempo. Ser un hombre, pensaba entonces, es como ser una mujer, o como ser un perro o una perra, no mucho más que cualquier otra cosa, con la diferencia de que, frente a un objeto, representaba a un sujeto.

En la época de la contestación adolescente me ofendía escuchar esa expresión, “ser un hombre”, en la boca de nadie. Me parecía, sin entenderlo muy bien, tremendamente casposa, incluso reaccionaria. Pensaba que aquél que era capaz de gritar sé un hombre a otra persona podía ser capaz, en una situación extrema, de agarrar por los huevos a otro y arrojarlo temerariamente sobre cualquier desgracia. La expresión tenía un tufo castrense del que siempre desconfiaba, como desconfié siempre de todos aquellos que se soliviantan por una bandera o por los colores de un equipo o en general por cualquier dogma que exija una cierta dosis de fe.

Ahora que soy padre, ahora que intento construir un proyecto familiar; ahora que intento sacar malamente adelante esto que es mi vida y la de los que me rodean; ahora que pienso obsesivamente en que sería capaz de todo por darle un trozo de pan a mis hijos, porque no pasaran una mala noche de frío, porque no les faltara el cariño, en estos tiempos en que toca apretar los dientes y que biológicamente coinciden con el periodo de madurez más o menos asumida, vuelvo sobre la dichosa expresión, “ser un hombre”. Descubro, al desempolvarla, que ha perdido parte de los significados antiguos, y que ahora se reviste de otras connotaciones mucho más personales y vigorosas. Ser un hombre, pero no desde la perspectiva del género sino simplemente desde su sentido humano, es obrar conforme a una responsabilidad, de acuerdo con un compromiso, con una voluntad en la que por encima de todo pesa el cariño hacia los que me rodean y un sentido moral. Intentar, a fin de cuentas, ser una buena persona, así, sin más, un hombre que pasó por el mundo y que intentó en la medida de sus posibilidades hacer el bien y obrar consecuentemente sin joderle la vida a nadie, y sin pensar que uno es el puñetero ombligo del mundo. La vida es corta, de acuerdo, pero vivirla intensamente no implica desolar todo lo que encontramos a nuestro paso convirtiéndolo en terreno baldío, sino aplicar esa intensidad al ejercicio cotidiano de respirar cada día, intentando extraer de cada olor todas las vidas que en sí mismo contiene. Pero así, de forma sencilla, sin excesivos aspavientos. Como un hombre.

En días como el de hoy pienso en la dichosa expresión. Y me da por imaginar cómo hubiera reaccionado el maestro ante semejante situación.