jueves 4 de febrero de 2010

Boston Medical Group

Recuerdo que cuando escuchaba aquella canción de Ska-P de los años 90, El Vals del Obrero, siempre me sorprendía la exageración de Pulpul, el cantante, al afirmar irónicamente lo afortunado que se sentía por sumar el número 4 millones en la cifra nacional de parados.

Hace tiempo que hemos superado esa cifra, y seguimos. Cada día hay nuevos EREs, encubiertos y sin encubrir, cada día nos enteramos de un nuevo cierre de empresa, de un teléfono de centralita que nadie coge, de un tipo que ya no puede hacer nada por ti porque ya no está donde estaba.

Los periódicos están muertos, los medios están muertos, las empresas de publicidad están muertas, no saben cómo salir de ésta. Les han asestado un golpe mortal. Abres cualquier periódico, cualquier revista, y cada vez llevan más páginas de autopromoción; se parecen a Televisión Española.

La única publicidad que sigo viendo en los periódicos, a páginas completas, las únicas cuñas de radio que escucho con cierta recurrencia, los únicos que parecen estar aflojando dinero e invirtiendo en publicidad son las clínicas ésas que te ayudan a empalmarte. “Si tu vida sexual está bien, lo demás no importa”. Tengo la frase taimada en el córtex, y la veo en todos lados. Hoy, sin ir más lejos, el anuncio ocupaba toda la contra de un gratuito, al salir del metro. Sólo unos cien metros más allá, en dirección a mi trabajo, hay una oficina de empleo. Una masa bastante considerable de gente hacía cola a sus puertas. Me han parecido, por sus caras, que venían a exigir algo. Les faltaban sólo las antorchas, y hubiera imaginado que allí dentro se escondía Frankenstein, y que en realidad venían sólo a acabar con el monstruo, a despedazarlo.

Hacen falta muchos anuncios de ésos todavía. La situación, desde luego, empalma muy poco.

miércoles 3 de febrero de 2010

Lo que somos

Varias semanas obsesionado con un proyecto laboral. Un mastodonte con vocación de vampiro, que me chupa la sangre, el pensamiento y el sueño. Siempre con la cabeza en ese otro sitio, en El Proyecto, que hay que sacar adelante como sea, que hay que domesticar a cualquier precio.

Deberían colgar de los huevos al artista que se inventó esa porquería del “estrés positivo”. La obsesión por el trabajo, por el Proyecto, por los plazos, por la entrega de los materiales, me lleva a no ser yo, a no estar en mí, a no estar al cien por cien con los míos. Sólo eso en el horizonte, el Proyecto, el puñetero Proyecto.

Hace dos o tres semanas estuvimos con él, el alcalde, uno de los principales artífices del Proyecto. Un tipo con pinta de honrado, entregado a su pueblo, convencido de la bondad de la iniciativa. Cincuenta y poco, una persona querida por su pueblo, con apariencia y con entrañas decentes. He conocido a muchos alcaldes y el olfato ya raramente me engaña.

Esta mañana me desayuno con la noticia. Un fulminante infarto de miocardio se ha llevado al alcalde por delante. El Proyecto se tambalea, la Gran Iniciativa que ocupa todo mi desvelo, que me obsesiona extendiendo la jornada laboral durante las 24 horas, que me enerva y me agria el carácter, se mantiene en vilo por unas horas, como un monstruo que dormita, mientras rinden homenaje al alcalde muerto.

No somos nada. Peor que eso. Somos mierda.

martes 2 de febrero de 2010

Fundamentos de gimnasia

Últimamente me lo he preguntado bastante, a raíz de dos novelas de reciente lectura. Pero… ¿qué es escribir bien? Las dos novelas sólo tienen un par de cosas en común: que son endemoniadamente largas (en torno a las 1.000 páginas) y que versan sobre momentos más o menos recientes de la Historia de España. Me estoy refiriendo a La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, y El día del Watusi, de Francisco Casavella. Sólo se parecen en eso, ya que entre ellos hay un verdadero océano en lo que al planteamiento literario se refiere.

Soy incondicional de Muñoz Molina, así que diré de entrada que, puestos a tachar en una casilla, me quedo con La noche de los tiempos. Ya lo dejé dicho por aquí, me parece el mejor escritor vivo en lengua castellana. Pero tengo decir igualmente que El Día del Watusi me ha entusiasmado. Para mí son dos modelos de escritura, una escritura, la de AMM, perfecta, pulida al detalle, impecable en el acabado. Y la de Casavella justamente lo contrario: irregular, desbocada, desenfrenada, excesiva.

Envidio a Muñoz Molina su dimensión apolínea, la perfección que exuda su estructura narrativa. Es, no sé, como un Miguel Ángel, con un talento incontestable para labrar la forma perfecta. Pero también me maravilla la desprejuiciada querencia de Casavella por el estilo anárquico, desmañado, donde todo es exagerado, desfigurado, amorfo. La de Casavella es una escritura callejera, de chico listo que se curtió en la calle, entre quinquis y gente de mala vida. Se me representa como un Dionisos salvaje, como un Hefesto puñetero, un jorobado deforme que tiene el secreto del fuego y que goza del privilegio de mojar con Afrodita, la más maciza del Olimpo.

La pulsión contrapuesta de la tragedia nietzscheana también se da en la literatura. Los dos libros que comento son un buen ejemplo de ello. Casavella no escribe excesivamente bien. Pero hay mucha gente que escribía muy mal y parió grandes novelas. Porque la novela no es un ejercicio de perfección. Porque no existe la novela perfecta. El resultado de Casavella, además, gusta. Acabamos amando ese estilo sucio, esa forma de contar sin mesura, donde no hay intención de esconder la suciedad, los bultos, los restos de retal. Hefesto no es un dios fino, pero tiene la magia de la fragua, y mucho oficio. Y puestos a elegir, Apolo siempre me pareció un Dios petulante.

En el medio camino debe estar la clave. Quedarse ahí, suspendido entre las dos márgenes, apoyado sobre uno y sobre otro renglón. Como quien practica gimnasia sobre paralelas, capaz de perpetrar piruetas perfectas, pero también dispuesto a la rabia, al movimiento heterodoxo, a la rareza.

viernes 29 de enero de 2010

I heard the news today, oh boy


Dicen que justo después de acribillar a Lennon a las puertas del Dakota, David Chapman abrió su macuto y tomó El guardián entre el centeno. Lo abrió plácidamente y leyó, esperando la llegada de la Policía Federal, mientras el ex Beatle se desangraba unos metros más allá.

Anoche me enteré y un latigazo me percutió el cuerpo. Busqué en vano por todas las estanterías el dichoso libro. Debe ser el libro que he comprado más veces y el que más veces he regalado. De hecho, descubrí que ya no tengo ninguno.

En un tiempo en que todo es literatura especular, en una época en la que los libros hablan de otros libros que hablan de otros libros, repitiendo de forma aburrida la dinámica de las matrioschkas, se nos va uno de los pocos escritores refractarios, antirreflectantes que nos quedaban. La orilla de la literatura americana que siempre me ha interesado, la de Carver, la de Chinaski, que es también, y sobre todo, la de Hemingway. El viejo cazador describió al padre de Caulfield como un escritor “de talento infinito”. Era consciente de la hermandad que los unía.

Coincide su muerte con un tiempo de lectura de novelas que se me caen de las manos. Novelas presuntuosas, que pretenden hacer pasar por perspicacia lo que es pura mediocridad. Libros que no dicen nada, escritos para la galería, sin pálpito, sin vida. Vacíos.

Me has vuelto a arrancar las ganas, maestro. Precisamente tú, el Rey del Escondite.

lunes 21 de diciembre de 2009

La vida, vaya chiste (silencio indefinido)

Mejor no tomarse nada en serio, mejor no gastar tiempo ni esfuerzo en decir tanto. Para qué, para quién. Arremangarse y dedicarse con empeño a la tarea de vivir. No es poca cosa.

Estaré un tiempo callado. Me apetece un poco de silencio. Me despido con un chiste descomunal.



Sí, sí, leéis bien: el Ulises de James Joyce. Y parece que va por las últimas páginas. Fijaos con qué atención sigue el texto.

Un abrazo a todos, gracias por vuestra atención. Volveremos a vernos por aquí cualquier día de éstos.

viernes 18 de diciembre de 2009

Ja, ja, ja...

Descojonante. Lo cuenta hoy el amigo Javier Martín-Arroyo en El País. Lorca no está en la supuesta fosa común de Alfacar. Ésa por la que se montó un litigio descomunal en el que todas las partes parecían como caníbales tirando a mordiscos y en direcciones contrapuestas de un pitraco.

Desde aquí puedo escuchar las carcajadas. Son las de Lorca, definitivamente convertido en ese demonio del que tan brillantemente habló en su memorable conferencia sobre Teoría y Juego del Duende. La herencia del daimon socrático, el espíritu de la poética, un duende brillante y con una dimensión pícara que se ríe del mundo. La búsqueda de la carroña del poeta me hace recordar la primera vez que leí Poeta en Nueva York. Con cada poema decía: increíble. Ya no puede ir a más. Ya no es posible seguir subiendo. Pero en el siguiente poema, Lorca seguía ascendiendo. Más, y más, y más. Superándose a sí mismo con cada verso, rizando el rizo de la creatividad.

Así ahora. Lorca está reunido con nosotros al pie de una barra de una taberna inmunda. Una taberna de ésas con barra sucia de madera gastada, donde los camareros apuntan las comandas a tiza, y con el suelo emborronado de servilletas y serrín. Lorca está contando un chiste fabuloso, con ese ingenio suyo tan característico, con esa vivacidad tan pura de sus ojos. “Me muero”, dice. “Me fusilan, y van y me entierran. Y ahora me llevo setenta años comiendo larvas, en un sitio que nadie conoce pero que todos se pelean por descubrir, como si estuvieran a la búsqueda sobre un mapa encontrado de una isla del tesoro. Hay varias personas que dedican prácticamente su vida a investigar mi muerte. Cómo me mataron, dónde, con quién. Alguno arriesga incluso su vida. Hay un hombre, un irlandés orondo y muy sonrosado que escribe volúmenes y volúmenes sobre mi vida. Sale en programas, habla siempre muy serio sobre mí, recorre todos los rincones de mi existencia. Después al tipo le va bien y se pone a escribir más libros, sobre aspectos supuestamente desconocidos de mí, sobre mi amistad con mis amigos, sobre mis propios amigos. Todo así, en plan muy sesudo, muy serio”.

“Pero hay más –añade Lorca, sin darnos pausa siquiera para dar un buche a nuestras bebidas-. En el sitio donde supuestamente están mis restos me montan un parque fabuloso, enorme, muy bonito, a la altura de ese otro con el que han rodeado mi casa a las afueras de Granada, en la Huerta de San Vicente. A ese parque llevan a jugar a los niños. Es 'el Parque del Poeta', ya sabéis, todo muy bucólico, todo muy mágico. Y ahora, después de mucho tiempo, se les ocurre que hay que encontrarme. Se monta un cirio de mil demonios, pero al final empiezan a escarbar en la tierra”.

La carcajada es unánime. En la taberna se produce un silencio. Hay expectación.

“Y después de más de cincuenta días excavando, anuncian que nada, ni rastro. No estoy allí, ni yo, ni el maestro escuela, ni el alcalde, ni el banderillero, nadie. Cincuenta años viviendo de esta conjetura, y ahora resulta que me fui, que nunca estuve allí”.

Brindamos con Lorca, festejamos su historia con sonoras carcajadas. Después seguimos bebiendo animados, hasta que al final de la tarde, cuando ya van a cerrar la taberna, nos despedimos diciéndole: “Nos vemos muy pronto”. Tan pronto como cuando vuelvo a casa. Porque él está allí, en mi casa, en medio de la biblioteca del salón, contenido en su estuche de Obras Completas que compré en una librería de saldo de Huelva, y también en la estantería de la entrada, con ediciones diversas que he ido comprando o que me han ido regalando a lo largo del tiempo. Pero también está en Chatarra, mi primera novela, o en el propio cartel del corto homónimo y basado en la novela que preside una de las paredes de mi salón. Está en el baño, en algunos poemas de la antología de Roger Wolfe que me compré en la pasada Feria del Libro Antiguo, y que voy leyendo cada vez que me meto a cagar, está en el libro-crónica que Somerset Maugham dedicó a Andalucía y que tengo siempre a mano en la habitación de Pablo, donde lo voy leyendo mientras sigo con condescendencia sus juegos infantiles con sus juguetes. Está en la taberna de debajo de mi casa, como ingrediente inconsciente en la forma de decorar el bar, mezcla de vanguardia y de tradicionalismo andaluz estilo Julio Romero de Torres. Veo a Lorca cada vez que pongo las noticias, especialmente las de Antena 3, y me cuentan el último caso de violencia de género pasado a cuchillo. En estos días en que ultimo la lectura de lo último de Muñoz Molina, Lorca está dentro del libro, tanto implícita como explícitamente, con toda su poética de la genética española del desencuentro, de la división, del destierro.

No es posible escapar de Lorca. Está en todos sitios, es un daimon altamente invasivo y contaminante. Me río porque lo sabía, sabía que no podía estar en Alfacar, estaba convencido. No hay mortaja que pueda contener su espíritu.

jueves 17 de diciembre de 2009

Caspa


Muy postmoderno, sí señor. Indudablemente kitsch, con un punto improvisado, urgente, compuesto a partir de baraturas de tienda de chinos. Pero con gran potencia alegórica, muy trianera, barrio donde, cómo no, se ha tomado la imagen. Lo mejor, sin duda, la mirada de Baltasar a Melchor, que es quien corta la cuerda. Me atrevo a asegurar que esa postura es puramente casual, propiciada por una mera circunstancia física de ángulos y contrapesos. Pero parece premeditada. Baltasar está mirando a Melchor como si reprobara su acción, sintiéndose un poco solidario con el intruso que pretende subir al balcón, consciente de su condición de inmigrante, de advenedizo, de extranjero, al que delata el color de su piel.

No podemos saber si la performance está acompañada por alguna musiquilla de ésas que traen incorporados los juegos de luces que venden en los chinos, pero si es así la composición resulta redonda.