
Descojonante. Lo cuenta hoy el amigo
Javier Martín-Arroyo en
El País.
Lorca no está en la supuesta fosa común de Alfacar. Ésa por la que se montó un litigio descomunal en el que todas las partes parecían como caníbales tirando a mordiscos y en direcciones contrapuestas de un pitraco.
Desde aquí puedo escuchar las carcajadas. Son las de Lorca, definitivamente convertido en ese demonio del que tan brillantemente habló en su memorable conferencia sobre
Teoría y Juego del Duende. La herencia del
daimon socrático, el espíritu de la poética, un duende brillante y con una dimensión pícara que se ríe del mundo. La búsqueda de la carroña del poeta me hace recordar la primera vez que leí
Poeta en Nueva York. Con cada poema decía: increíble. Ya no puede ir a más. Ya no es posible seguir subiendo. Pero en el siguiente poema, Lorca seguía ascendiendo. Más, y más, y más. Superándose a sí mismo con cada verso, rizando el rizo de la creatividad.
Así ahora. Lorca está reunido con nosotros al pie de una barra de una taberna inmunda. Una taberna de ésas con barra sucia de madera gastada, donde los camareros apuntan las comandas a tiza, y con el suelo emborronado de servilletas y serrín. Lorca está contando un chiste fabuloso, con ese ingenio suyo tan característico, con esa vivacidad tan pura de sus ojos. “Me muero”, dice. “Me fusilan, y van y me entierran. Y ahora me llevo setenta años comiendo larvas, en un sitio que nadie conoce pero que todos se pelean por descubrir, como si estuvieran a la búsqueda sobre un mapa encontrado de una isla del tesoro. Hay varias personas que dedican prácticamente su vida a investigar mi muerte. Cómo me mataron, dónde, con quién. Alguno arriesga incluso su vida. Hay un hombre, un irlandés orondo y muy sonrosado que escribe volúmenes y volúmenes sobre mi vida. Sale en programas, habla siempre muy serio sobre mí, recorre todos los rincones de mi existencia. Después al tipo le va bien y se pone a escribir más libros, sobre aspectos supuestamente desconocidos de mí, sobre mi amistad con mis amigos, sobre mis propios amigos. Todo así, en plan muy sesudo, muy serio”.
“Pero hay más –añade Lorca, sin darnos pausa siquiera para dar un buche a nuestras bebidas-. En el sitio donde supuestamente están mis restos me montan un parque fabuloso, enorme, muy bonito, a la altura de ese otro con el que han rodeado mi casa a las afueras de Granada, en la Huerta de San Vicente. A ese parque llevan a jugar a los niños. Es 'el Parque del Poeta', ya sabéis, todo muy bucólico, todo muy mágico. Y ahora, después de mucho tiempo, se les ocurre que hay que encontrarme. Se monta un cirio de mil demonios, pero al final empiezan a escarbar en la tierra”.
La carcajada es unánime. En la taberna se produce un silencio. Hay expectación.
“Y después de más de cincuenta días excavando, anuncian que nada, ni rastro. No estoy allí, ni yo, ni el maestro escuela, ni el alcalde, ni el banderillero, nadie. Cincuenta años viviendo de esta conjetura, y ahora resulta que me fui, que nunca estuve allí”.
Brindamos con Lorca, festejamos su historia con sonoras carcajadas. Después seguimos bebiendo animados, hasta que al final de la tarde, cuando ya van a cerrar la taberna, nos despedimos diciéndole: “Nos vemos muy pronto”. Tan pronto como cuando vuelvo a casa. Porque él está allí, en mi casa, en medio de la biblioteca del salón, contenido en su estuche de Obras Completas que compré en una librería de saldo de Huelva, y también en la estantería de la entrada, con ediciones diversas que he ido comprando o que me han ido regalando a lo largo del tiempo. Pero también está en Chatarra, mi primera novela, o en el propio cartel del corto homónimo y basado en la novela que preside una de las paredes de mi salón. Está en el baño, en algunos poemas de la antología de Roger Wolfe que me compré en la pasada Feria del Libro Antiguo, y que voy leyendo cada vez que me meto a cagar, está en el libro-crónica que Somerset Maugham dedicó a Andalucía y que tengo siempre a mano en la habitación de Pablo, donde lo voy leyendo mientras sigo con condescendencia sus juegos infantiles con sus juguetes. Está en la taberna de debajo de mi casa, como ingrediente inconsciente en la forma de decorar el bar, mezcla de vanguardia y de tradicionalismo andaluz estilo Julio Romero de Torres. Veo a Lorca cada vez que pongo las noticias, especialmente las de Antena 3, y me cuentan el último caso de violencia de género pasado a cuchillo. En estos días en que ultimo la lectura de lo último de Muñoz Molina, Lorca está dentro del libro, tanto implícita como explícitamente, con toda su poética de la genética española del desencuentro, de la división, del destierro.
No es posible escapar de Lorca. Está en todos sitios, es un daimon altamente invasivo y contaminante. Me río porque lo sabía, sabía que no podía estar en Alfacar, estaba convencido. No hay mortaja que pueda contener su espíritu.