Mi amigo P. compra los tomates en una huerta que está en medio del campo, muy cerquita de su casa. Me he llevado para casa dos kilos. Ayer noche inicié la cata: crudo, bien lavado y con un poco de sal; el buen tomate no necesita más aderezo.Aún recuerdo mi comunión en esto del tomate, del verdadero tomate. Fue en el pueblo de mi amigo Jjo. El padre lleva desde hace años un negocio de cebadero de cerdos. 200 o 300 cerdos que el padre se encarga de sobrealimentar, para que lleguen bien hinchados a la matanza. Allí vive el olor más nauseabundo que podáis imaginar. Tanto, que es necesario desprenderse de la camiseta nada más salir, aunque el olor todavía sobrevive durante mucho tiempo en las narices.
A escasos 100 metros del cebadero, donde todavía resisten los efluvios de la peste a cochino, el padre de Jjo mantiene un huerto doméstico: tomates, verduras y hortalizas que crecen en un terreno rebosante de abono.
Iba con Jjo y su padre paseando por el campo. Entonces me dijo:
-Ahora vas a probar el mejor tomate que hayas tomado nunca.
Se acercó a la mata; arrancó casi de la tierra un tomate polvoriento y amorfo como una concatenación de tumores imposibles. Era feo, casi desagradable a la vista: como un rostro de Archimboldo.
-Toma, prueba –me dijo, extendiéndome el fruto. Lo limpié con la manga y le pegué un buen bocado.
Joder. Eso sí era un tomate. Qué sabor. Qué zumo. Qué textura.
Desde entonces, ando rebelado con los grandes almacenes a los que casi siempre me veo obligado a comprar; cada vez que paso por las secciones de frutería, me invade cierto sentimiento de ciudadano estafado, cierta sensación de indefensión frente a un delito contra el que no me queda sino transigir.
¿A qué mierda sabe el tomate de una gran superficie? ¿Qué anodino sabor se esconde bajo esas impecables pieles? Eso no es tomate. Es sólo ilusión de tomate. Es una estafa, un sucedáneo fabricado por la biotecnología y la transgenética, un engendro imposible. Como las patatas fritas sabor jamón, o como cualquier producto que comete un ultraje contra el verdadero producto al que representa usurpándole su apariencia.
El verdadero tomate, el tomate que hay que tomar crudo, es un tomate informe, casi siniestro en su forma, desmesurado, de presencia monstruosa. Nada que ver con esa contención, con esa amable estética del tomate de supermercado. Siempre impecable, siempre mentiroso, como un diplomático de segunda.
En el tomate, prefiero la exageración, lo extraño, lo original: bajo su apariencia rara, casi subversiva, esconde sabores tan auténticos como la tierra que la hace crecer.
En la literatura, en la música, en general en el arte, siempre estoy expectante de encontrar la rareza. Hay joyas debajo de la desmesura, de lo extraño, de lo original. Lástima que casi siempre esa rareza sea impostada. Sea una rareza de supermercado, fabricada en serie, siguiendo parámetros similares al del tomate que acabo llevándome tristemente a casa.


