miércoles, 23 de julio de 2008

Sobre el tomate y el arte

Mi amigo P. compra los tomates en una huerta que está en medio del campo, muy cerquita de su casa. Me he llevado para casa dos kilos. Ayer noche inicié la cata: crudo, bien lavado y con un poco de sal; el buen tomate no necesita más aderezo.

Aún recuerdo mi comunión en esto del tomate, del verdadero tomate. Fue en el pueblo de mi amigo Jjo. El padre lleva desde hace años un negocio de cebadero de cerdos. 200 o 300 cerdos que el padre se encarga de sobrealimentar, para que lleguen bien hinchados a la matanza. Allí vive el olor más nauseabundo que podáis imaginar. Tanto, que es necesario desprenderse de la camiseta nada más salir, aunque el olor todavía sobrevive durante mucho tiempo en las narices.

A escasos 100 metros del cebadero, donde todavía resisten los efluvios de la peste a cochino, el padre de Jjo mantiene un huerto doméstico: tomates, verduras y hortalizas que crecen en un terreno rebosante de abono.

Iba con Jjo y su padre paseando por el campo. Entonces me dijo:

-Ahora vas a probar el mejor tomate que hayas tomado nunca.

Se acercó a la mata; arrancó casi de la tierra un tomate polvoriento y amorfo como una concatenación de tumores imposibles. Era feo, casi desagradable a la vista: como un rostro de Archimboldo.

-Toma, prueba –me dijo, extendiéndome el fruto. Lo limpié con la manga y le pegué un buen bocado.

Joder. Eso sí era un tomate. Qué sabor. Qué zumo. Qué textura.

Desde entonces, ando rebelado con los grandes almacenes a los que casi siempre me veo obligado a comprar; cada vez que paso por las secciones de frutería, me invade cierto sentimiento de ciudadano estafado, cierta sensación de indefensión frente a un delito contra el que no me queda sino transigir.

¿A qué mierda sabe el tomate de una gran superficie? ¿Qué anodino sabor se esconde bajo esas impecables pieles? Eso no es tomate. Es sólo ilusión de tomate. Es una estafa, un sucedáneo fabricado por la biotecnología y la transgenética, un engendro imposible. Como las patatas fritas sabor jamón, o como cualquier producto que comete un ultraje contra el verdadero producto al que representa usurpándole su apariencia.

El verdadero tomate, el tomate que hay que tomar crudo, es un tomate informe, casi siniestro en su forma, desmesurado, de presencia monstruosa. Nada que ver con esa contención, con esa amable estética del tomate de supermercado. Siempre impecable, siempre mentiroso, como un diplomático de segunda.

En el tomate, prefiero la exageración, lo extraño, lo original: bajo su apariencia rara, casi subversiva, esconde sabores tan auténticos como la tierra que la hace crecer.

En la literatura, en la música, en general en el arte, siempre estoy expectante de encontrar la rareza. Hay joyas debajo de la desmesura, de lo extraño, de lo original. Lástima que casi siempre esa rareza sea impostada. Sea una rareza de supermercado, fabricada en serie, siguiendo parámetros similares al del tomate que acabo llevándome tristemente a casa.

lunes, 21 de julio de 2008

Lo que Tomine nos enseña

Entre las distintas disciplinas artísticas, hay indudablemente corrientes, estilos y escuelas que por sus propios planteamientos están más capacitadas para cruzar fronteras y amalgamarse. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el cine negro y la novela negra: nadie sabe bien qué vino antes, si el uno o la otra, pero conviven de manera cordial y se retroalimentan a la perfección; las adaptaciones al cine de las novelas criminales nos han regalado muchos momentos felices.

El trasvase de la pintura al cine se remonta a los propios orígenes de la experiencia cinematográfica. Un trasvase que incluso superó las dificultades propias del periodo de los –ismos y de las complicaciones de figuración de la experiencia abstracta. Ahí queda el legado del primer Buñuel o de Jean Cocteau, o, por ir con los tiempos, de Greenaway, el mejor pintor de películas que ha parido el cine. El desarrollo de las Nuevas Tecnologías, además, ha contribuido a hacer posible cualquier representación de lo pintado. La convivencia entre el arte en su sentido más clásico y el cine ha terminado convirtiéndose casi en una fusión, como demuestran las propias tendencias del arte postmoderno, y fenómenos como las videocreaciones, las instalaciones o el happening.

El caso del cómic puede ser probablemente el más controvertido. A medio camino entre la literatura y el cine, no es ni una cosa ni la otra, y cuando el cómic se convierte en experiencia cinematográfica o en literatura el resultado casi siempre defrauda.

He leído mucha literatura minimalista en los últimos años. Desde los tiempos en que me emborraché con Bukowski, el estilo punzante y lacónico siempre me ha interesado, mucho más como lector que como juntador de palabras. Así, encuentro deliciosos los cuentos de Hemingway, la literatura simple de Chéjov, la colección de relatos de Carver.

Ayer volví a sacar de mi estantería el volumen de historietas de Adrian Tomine. Me refiero a Rubia de Verano. Después de repasar uno de los cuentos gráficos, estuve pensando en que con seguridad no hay mejor forma de expresión para lo que cuenta Tomine que el cómic. Tomine es un narrador a la altura del mejor Carver. Y consigue algo adicional a lo que conseguía él: mostrar detalles que resultan indescriptibles con palabras. Y encima de todo ello, soporta su narración sobre un estilo de dibujo de pura línea clara. Qué mejor forma que esa para llevar al cómic lo cotidiano, lo mínimo, lo anónimo.

Probablemente, las historietas de Tomine nos demuestren que el cómic es la forma perfecta de expresión para el minimalismo literario. Es una forma perfecta de proporcionar información, de contar todo lo que se quiere sin limitación, manteniendo fidelidad con el ejercicio de estilo narrativo. La senda de Tomine nos demuestra también que es muy sugerente traspasar las fronteras, rebasar las categorías, hundirse en el lodo de la impureza y la contaminación estilística.

martes, 15 de julio de 2008

Segundo Premio

Gané un premio. Pensé que el certamen sería fácil, era la primera edición, allí cerca, en mi pueblo, así que le dije a Espe:

-¿Por qué no? A ver si las vacaciones nos salen gratis.

Así que desempolvé una de mis novelas (es antigua, emite chirridos en las juntas, tiene defectos de construcción, pero le tengo cariño; con ella aprendí oficio), la adecenté como pude y la presenté al certamen.

Hace un mes me llamaron. Había quedado segundo. Segundo Premio, dotado con placa y sin un duro. Me pillé un buen cabreo, para qué os voy a mentir. Prefiero que no me den nada a quedar segundo.

-Tú eres un ingenuo –me dijo mi hermano-. ¿Un premio de ese tipo? El Primer Premio está dado. Fijo.

Con la mosca detrás de la oreja, y por no resultar descortés, me planté en el acto de entrega. Allí conocí al Primer Premio. No era ningún primo hermano de un concejal, ni el sobrino del director de la Casa Municipal de la Cultura, qué va. Se llama Miguel Ángel Carcelén. Ha publicado más de 30 títulos, y tiene una vocación verdaderamente insultante. El tipo había venido desde Toledo hasta Sevilla a por el premio. Después del acto (23.00 h.) cogió el coche de regreso a su tierra.

-Ésta que me han premiado es la sexta o séptima vez que la presento. Yo no paro de presentar todo lo que escribo. Me habré presentado a más de 1.000 certámenes –me confesó.

Me pareció un tipo encantador, una persona honestísima. Tenía una pinta incamuflable de seminarista, de buena persona, de onegeísta. En su blog he visto que el tipo ha ganado un número incontable de certámenes. Y ahí sigue, sin desfallecer nunca, enviando aquí y allá y ganando cuando puede y resignándose cuando le toca.

Gente así me parece encomiable. Y me anima bastante en esto tan desagradecido de juntar palabras. A fin de cuentas, ¿qué voy a esperar yo, que apenas me muevo, que apenas escribo, que gasto todas mis energías en quejarme?

-¿Se te ha pasado el cabreo? –me preguntó Espe cuando volví del acto.

Pero no podía estar cabreado. Gente como Miguel Ángel Carcelén no se lo merecía. Y a fin de cuentas, a pesar de que las vacaciones han acabado costándome el dinero, no está mal figurar como El Autor Local. Probablemente podría hacer carrera como Cronista de la Villa.

* Imagen de portada de Una semana en el motor de un autobús, el mejor disco de Los Planetas. La primera canción es Segundo Premio.

lunes, 14 de julio de 2008

Literatura nutritiva

Pienso que como las grandes discusiones, como el sabor de una loncha de buen jamón o incluso como el primer buche de la primera cerveza de la mañana de domingo, el regusto es lo que eleva cada experiencia al terreno de lo verdaderamente placentero. Y el regusto en el caso de la Literatura siempre es cosa de tiempo: dejar asentar la lectura en la cabeza y el paladar, de forma que se expanda silenciosamente por tus recovecos y te nutra. Hay libros que te reconfortan instantáneamente: eres consciente, incluso en el momento de su lectura, de que su recuerdo se mantendrá imborrable durante mucho tiempo, asociado a una experiencia verdaderamente estimulante. Pero hay otros muchos libros que sólo encajan una vez leídos, porque sin saber muy bien, de manera casi sibilina, se apropian de un pedazo invisible de nuestra conciencia, y nos acompañan para siempre en forma de idea o experiencia.

Hace poco lo recomendaba en un medio con el que colaboro. Se trata de Los Príncipes Valientes, primera novela de Javier Pérez Andujar. Han pasado las semanas, y el recuerdo de la novela se ha hecho fuerte dentro de mí. En estos días de playa y familia, en los que me he empantanado con algunas lecturas desiguales, el recuerdo caprichoso de este título, aparentemente menor, frágil, casi anecdótico, me sacude con el sutil y elegante ímpetu de los libros inolvidables.

El libro habla de lo que hablan todos los buenos libros: la aventura, el camino, el círculo, el regreso a la infancia.