Lo de Abbas Kiarostami en la Mostra de Venecia no tiene nombre. Desconcierta no tanto por la tomadura de pelo como, sobre todo, por lo trillado de la propuesta, porque tiene un insufrible olor a añejo que desconcierta de alguien con el recorrido y el nombre del cineasta iraní.Hablo de Shirin. Una hora y media de filmación reproduciendo primeros planos de mujeres que asisten a un espectáculo. El espectador real de la película sólo ve rostros de mujeres que componen muecas o ligeros fruncimientos faciales frente a lo que están viendo, y que nos llega a través de la voz. El arte dentro del arte, el juego de espejos entre el arte y el público, el metalenguaje, la reflexión sobre la percepción de lo artístico, etcétera, etcétera, etcétera.
No hay un ápice de audacia en esta propuesta. Se trata de planteamientos caducados, oxidados, que huelen a fiambre podrido. Todo esto ya lo inventó Duchamp hace casi un siglo, y le bastó con una pieza de vertedero: en el urinario y en toda la extensa vegetación crítica que ha florecido a su alrededor se resume todo el debate sobre las dimensiones, implicaciones y circunstancias del arte en el mundo contemporáneo.
Claro que él lo hizo con humor, y después tuvo la decencia de no vivir más de ese cuento. Su silencio, amortiguado por su obsesión ajedrecística, es uno de los más enigmáticos y dignos que conozco. De su boca no salió una sola palabra que permitiera a los teóricos tomarse en serio lo de sus readymades. Después empezó todo lo demás; las conservas de mierda de Manzoni aún se guardan con veneración en más de una ilustre alacena.
Para mí, Kiarostami ha perdido todo el respeto. Porque, aunque ingenua de partida, esta aventura arriesgada hay que acometerla cuando se tienen veinte años. Cuando se ha logrado todo y a uno le huele la mierda a flores, es un planteamiento indecente: la marca puede con todo, incluso con el talante pretencioso y desenfocado. A más de uno le he leído que la colección de caritas gesticulantes constituye una indudable muestra de genialidad.
“Vanidad de vanidades, porque todo es vanidad”, que reza el Eclesiastés.


