viernes, 29 de agosto de 2008

Qué poca vergüenza

Lo de Abbas Kiarostami en la Mostra de Venecia no tiene nombre. Desconcierta no tanto por la tomadura de pelo como, sobre todo, por lo trillado de la propuesta, porque tiene un insufrible olor a añejo que desconcierta de alguien con el recorrido y el nombre del cineasta iraní.

Hablo de Shirin. Una hora y media de filmación reproduciendo primeros planos de mujeres que asisten a un espectáculo. El espectador real de la película sólo ve rostros de mujeres que componen muecas o ligeros fruncimientos faciales frente a lo que están viendo, y que nos llega a través de la voz. El arte dentro del arte, el juego de espejos entre el arte y el público, el metalenguaje, la reflexión sobre la percepción de lo artístico, etcétera, etcétera, etcétera.

No hay un ápice de audacia en esta propuesta. Se trata de planteamientos caducados, oxidados, que huelen a fiambre podrido. Todo esto ya lo inventó Duchamp hace casi un siglo, y le bastó con una pieza de vertedero: en el urinario y en toda la extensa vegetación crítica que ha florecido a su alrededor se resume todo el debate sobre las dimensiones, implicaciones y circunstancias del arte en el mundo contemporáneo.

Claro que él lo hizo con humor, y después tuvo la decencia de no vivir más de ese cuento. Su silencio, amortiguado por su obsesión ajedrecística, es uno de los más enigmáticos y dignos que conozco. De su boca no salió una sola palabra que permitiera a los teóricos tomarse en serio lo de sus readymades. Después empezó todo lo demás; las conservas de mierda de Manzoni aún se guardan con veneración en más de una ilustre alacena.

Para mí, Kiarostami ha perdido todo el respeto. Porque, aunque ingenua de partida, esta aventura arriesgada hay que acometerla cuando se tienen veinte años. Cuando se ha logrado todo y a uno le huele la mierda a flores, es un planteamiento indecente: la marca puede con todo, incluso con el talante pretencioso y desenfocado. A más de uno le he leído que la colección de caritas gesticulantes constituye una indudable muestra de genialidad.

“Vanidad de vanidades, porque todo es vanidad”, que reza el Eclesiastés.

martes, 12 de agosto de 2008

Noche de verano

Lo mejor del verano en un pueblo de la sierra es el cielo nocturno: la sensación de que las estrellas se lo comen a uno, y de que en realidad hay una red firme que encadena a todos los astros fabricando una cúpula que parece tener pálpito propio, como un puñado de precarias luces de verbena temblando por la vibración de una orquesta. También me gustan los gritos de alegría en medio de la noche, el eco de las carcajadas que resuenan en el valle como si procedieran de algunas de las montañas que nos cercan.

Estuvimos en la sierra con los amigos. Comíamos y bebíamos en una larga mesa que sólo estaba protegida del cielo por un toldo de juncos. Hicimos barbacoa, sangría, contamos chistes y también historias de miedo. Éramos más de una docena, todos juntos allí, en el campo, enfrentándonos al silencio de la sierra con nuestra ansiedad por disfrutar del verano, de la noche de verano. Nuestros hijos, nueve en total, dormían en las habitaciones de arriba, y nosotros jugábamos abajo a ser niños contando y recontando historias, con el chiste y la carcajada a la vuelta de la esquina, emborrachándonos del aire puro de la sierra y también de abundante cerveza y de vino.

Hay una noche de verano en todos nosotros, es una noche que nadie olvida, la noche que mantenemos enmarcada en nuestro recuerdo como la mejor de las noches posibles. Es una noche adolescente, que nunca termina, adonde no llega la vigilancia de los mayores, donde se cantan canciones y se ríe y se disfruta de la caricia y de lo prohibido. Es la noche del vértigo del primer beso, la noche en que rompemos las reglas, la noche en la que sin saberlo rozamos lo eterno y somos capaces de huir de nuestra propia condición de seres finitos y caducos.

El otro día, en la sierra, todos perseguíamos esa noche, la buscábamos sin ser conscientes, con una mezcla de euforia y nostalgia, con los amigos de siempre, ajenos a las inclemencias del minutero. En eso consiste la felicidad, supongo, en una terca repetición de tentativas por volver a nuestra noche eterna de verano.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Momento Lacan

Una vez, iba de viaje con un directivo que conducía un flamante BMW. El coche era todo un lujo, el salpicadero tenía más botones que el ascensor del Empire State Building. Un coche verdaderamente imponente.

Hablamos de coches. Yo le comenté que a mí, lo de tener un vehículo caro, no era algo que me llamara especialmente la atención.

-Con un coche así –me dijo-, eres verdaderamente alguien en la carretera. Los otros coches te respetan de manera especial.

Aparte de ver en aquello un ejemplo bastante gráfico de la dinámica capitalista, el argumento nunca me convenció. No me parece que tener uno u otro coche imponga más o menos en la carretera, y genere por ello un mayor respeto.

Pero he comprobado que la creencia de aquel directivo está bastante generalizada. Y no sólo entre gente que duerme sobre colchones de euros. También entre fontaneros y electricistas y gente que va al tajo en botines y con bocadillo de choped.

En mi pueblo, los jóvenes rivalizan por hacerse con el coche más vistoso y caro. El BMW es el rey. El dependiente de una panadería que queda muy cerca de mi casa tiene un BMW negro y reluciente, descapotable, que saca a pasear todas las tardes, como si fuera un purasangre.

Los paseos por las tardes con los coches caros por mi pueblo es un ritual. Pasan, pitan, suben la música reaggeton hasta el colmo de lo audible, incluso se insultan. Todo es un juego de ostentación, de visibilidad, de destacar por encima del resto.

Mi teoría es que el coche, para todos esos jóvenes que se desloman haciendo mezclas o limpiando desagües o empalmando cables a fin de pagar las letras de su capricho pero también para los altos directivos que mueven contratos multimillonarios a cuatro ruedas de ciudad en ciudad, es una cosificación de sus penes; es la materialización de su aspiración masculina: lo que en realidad les gustaría exhibir entre las piernas. Grandes máquinas musculadas y de impecable diseño, rugientes, veloces, afiladas.

Los jóvenes gustan de adornar sus coches con pegatinas en forma de rayos, grafías tribales, el nombre de sus novias. Muchas veces se juntan debajo de mi casa. Se acercan al bar de abajo, piden botellines y se detienen junto a sus cacharros, observándolos de cerca, limpiándoles las motas de polvo, sinceramente ensimismados con sus coches.

Otras veces comparten sus coches: dejan que otros los toquen, los acaricien, digan guau, cuántos caballos, joder, qué motor, cosas así. Después aceleran, y todos celebran la furia de sus aparatos con sonidos guturales, y también con insultos autóctonos y de nuevo cuño, que sólo podréis encontrar en mi pueblo.

-Ioputa
-Aricona.
-Muertostós.

Anoche vi una imagen bastante sugerente; era una postal muda, pero llena de significado; una postal de Cartier Bresson en versión rústica. Uno de los chavales estaba apeado de su BMW, con la puerta del acompañante abierta. En ella, permanecía sentada una muchacha, con seguridad la novia del joven. El chaval tenía un botellín de cerveza en la mano, y estaba pasando revista al coche. Se detenía frente a los faros, acercaba la cabeza a la luna trasera, palpaba una falsa abolladura en una de las puertas. Me fijé en la joven. Estaba acicalada, preparada para el baile y la fiesta. En lugar de eso, se observaba las uñas pintadas con aburrimiento. Por un instante, desplegó el espejo del acompañante, y comenzó a mirarse el rostro. Mientras repasaba con rigor las aplicaciones de su rímel, regalaba muecas inconscientemente lascivas al coche. Me pareció como si en realidad estuviera seduciendo al BMW.
Ni el chaval, ni la novia, ni por supuesto el coche daban el tipo para Cartier Bresson. Pienso en Shepherd y Bridges en La última película, pienso en las rondas nocturnas de American Grafitti, incluso en las carreras ilegales de Rebelde sin causa. La realidad siempre acaba pareciéndome un espectáculo estético deprimente.

martes, 5 de agosto de 2008

Dostoievski y la fiebre

Indudablemente, cada lectura tiene su momento: depende del clima, de la meteorología y sobre todo del estado de ánimo y del biorritmo de cada uno. Particularmente, prefiero el verano para lecturas más bien ligeras: novelas cortas, libros de relatos, literatura de género, cómic... También suele ser un buen tiempo para las relecturas o para saldar viejas cuentas.

Acabo de salir (todavía ando renqueando) de una faringitis bastante seria y jodida, que me ha obligado a guardar cama y a sudar fiebres de hasta 39 grados. En este estado febril, no sé por qué me dio por Dostoievski. Lo cierto es que había leído Crimen y Castigo hace mucho tiempo, cuando era un adolescente. En aquel tiempo, la novela me absorbió: me pareció como un bosque retorcido, plagado de sombras y de recovecos, asfixiante, sin salida. Después he leído bastantes libros del ruso, y la sensación siempre ha sido parecida: una mezcla de pesadez, como si el libro fuera un yunque de acero, y de fortaleza estoica, como si sosteniendo ese yunque estuviera haciendo un loable sacrificio por el que al final obtuviera una gratificación espiritual. Algo cercano a lo que debe ser la experiencia masoquista.

Sin duda fue la fiebre lo que hizo que me detuviera en el libro, lo que hizo que lo arrastrara conmigo hasta el fondo de la casa, hasta mi lecho sudado y contagiado de efluvios febriles. Y así empecé a releer, después de muchos años, Crimen y Castigo. Eran las primeras horas de la enfermedad, y el paracetamol no lograba doblegar la fiebre. Y mecido por los 38 y los 39 grados fui avanzando en la lectura de las peripecias de Raskolnikov, solo, separado de la familia por la puerta infranqueable, y sin otro consuelo para mi garganta que el agua natural.

En jornada y media la fiebre se fue evaporando, y el caudal de páginas de Crimen y Castigo fue achicándose hasta que el domingo, a última hora, Raskolnikov se abrazaba a Sonia y certificaba su resurrección y su aceptación definitiva como hombre moral.

He descubierto que, si ante cada libro hay un estado de ánimo que hace más fértil su lectura, en el caso de Dostoievski el estado de ánimo ideal es el de la fiebre. El propio estilo del ruso es febril: los grandes monólogos, la forma de describir con abundantes reiteraciones, el uso enfático del lenguaje. Por no hablar de los ambientes, donde abunda la penuria, la sordidez, los bajos instintos. Y las pesadillas: a veces, la realidad se confunde con el sueño, con sueños obsesivos, feos, desagradables, cargados de fúnebre poesía. Los personajes de Dostoievski me parecen caricaturas grotescas, hombres de trazos exagerados, como los disfraces de una fiesta macabra. Me los imagino con rostros pintados por Goya. Todo es exagerado, excesivo. Una expresión habitual de los personajes, para mostrar su desprecio hacia algún estímulo, es decir: “¡Yo escupo!”. Es fabuloso, absolutamente tremendo, y sobre todo muy gráfico: el malestar de los personajes es orgánico, procede de su propia saliva, de su sudor; es escatológico.

Crimen y Castigo es una novela de tesis. Es una novela con un sentido muy religioso: los guiños cristianos son indudables, hasta el punto de que puede leerse como una particular Pasión de un particular Jesucristo. Pero sobre todo, para mí, es una novela que retrata a la perfección un estado de ánimo: el de la fiebre, el del aturdimiento, el de la confusión, el de la ebriedad y el tormento. Algo que no se me hubiera ocurrido leer ni por asomo en verano. Pero como instrumento para combatir la fiebre, es único.

Por fin salgo a la calle. Empiezo a reponerme, y vuelvo a lo ligero. Sólo te ahorcan una vez, de Dashiel Hammett.