Tengo un cliente que escribe todavía con estilográfica. Le digo que me sorprende que, después de los años, todavía siga manteniendo ese hábito.-De los tiempos de la escuela, sigo conservando férreamente dos costumbres –me dice-. Una, escribir siempre con pluma. Y otra, llevar los zapatos siempre muy limpios.
No es el caso, pero nunca he confiado demasiado de la gente con los zapatos muy flamantes. Me producen desconfianza las personas que lucen el calzado excesivamente impoluto, como recién comprado. Me parecen una estafa, como esos personajes de película que se levantan de la cama o sobreviven a una bomba con el pelo perfectamente peinado.
Sé que la gente me mira los zapatos cuando voy de corbata y chaqueta. Les llama la atención la incongruencia con el resto de mi aspecto. Mis zapatos son casi siempre los mismos: unos marrones, bastante gastados por el uso, un poco arrugados, casi siempre manchados de polvo y de albero. Nunca me lo dicen, pero sé que piensan: este tipo no se viste por los pies, descuida un elemento esencial de su fachada. Ni imaginan, y tampoco quiero explicarlo, que es justamente lo contrario.
Desde pequeño he llevado los zapatos sucios y viejos, muchas veces hasta rotos. A mi inventario de infortunios biológicos (el labio leporino, una dentadura lamentable, una disposición siempre favorable al catarro y la cruel herencia de una patología cardíaca) hube de sumar, durante los primeros años de mi vida, el hecho de tener los pies planos. Por ello fui obligado a lucir durante mucho tiempo las botas más horrorosas y fuertes que puedan imaginarse. Eran botas con suelas muy gruesas, negras, que parecían prácticamente irrompibles. Durante toda la infancia tuve la esperanza de que conseguiría, a base de patadas a bordillos, paredes y cualquier elemento destrozable, romper de una vez estas botas, y lograr así que mi madre me comprara un calzado normal. Pero aquellas botas, cuando eran dadas de baja por muerte técnica, eran suplidas por modelos similares, igual de irrompibles pero mucho más horrorosos aún por su limpieza, por su horripilante brillo, por su incamuflable aspecto de nuevos.
Lo que recuerdo de aquellas botas, sobre todo, es que siempre parecían demasiado limpias, la suciedad resbalaba por su lomo. Siempre estaban brillantes, ahí, groseramente grandes, llamando la atención como dos marquesinas luminosas en medio de una avenida oscura.
Los pies planos se curaron, pero a mí me ha quedado para siempre una tirria insoportable por el calzado impoluto. En contra de los manuales de civismo, higiene y buena conducta, pienso que el calzado está hecho para mancharse. Es el artículo de vestir consagrado al roce, a sufrir los envites del camino. Es la primera evidencia palpable de que avanzar nos ensucia, nos llena de arena y mierda, pero también nos encurte y nos hace más experimentados.
Esta mañana un cliente me ha mirado repetidamente los zapatos. Habrá pensado: este tío no se viste por los pies. Para qué explicar nada, cómo voy a hacerle entender que no es desidia, que se trata de una cuestión de conceptos.
