viernes, 7 de noviembre de 2008

Cuestión de conceptos

Tengo un cliente que escribe todavía con estilográfica. Le digo que me sorprende que, después de los años, todavía siga manteniendo ese hábito.

-De los tiempos de la escuela, sigo conservando férreamente dos costumbres –me dice-. Una, escribir siempre con pluma. Y otra, llevar los zapatos siempre muy limpios.

No es el caso, pero nunca he confiado demasiado de la gente con los zapatos muy flamantes. Me producen desconfianza las personas que lucen el calzado excesivamente impoluto, como recién comprado. Me parecen una estafa, como esos personajes de película que se levantan de la cama o sobreviven a una bomba con el pelo perfectamente peinado.

Sé que la gente me mira los zapatos cuando voy de corbata y chaqueta. Les llama la atención la incongruencia con el resto de mi aspecto. Mis zapatos son casi siempre los mismos: unos marrones, bastante gastados por el uso, un poco arrugados, casi siempre manchados de polvo y de albero. Nunca me lo dicen, pero sé que piensan: este tipo no se viste por los pies, descuida un elemento esencial de su fachada. Ni imaginan, y tampoco quiero explicarlo, que es justamente lo contrario.

Desde pequeño he llevado los zapatos sucios y viejos, muchas veces hasta rotos. A mi inventario de infortunios biológicos (el labio leporino, una dentadura lamentable, una disposición siempre favorable al catarro y la cruel herencia de una patología cardíaca) hube de sumar, durante los primeros años de mi vida, el hecho de tener los pies planos. Por ello fui obligado a lucir durante mucho tiempo las botas más horrorosas y fuertes que puedan imaginarse. Eran botas con suelas muy gruesas, negras, que parecían prácticamente irrompibles. Durante toda la infancia tuve la esperanza de que conseguiría, a base de patadas a bordillos, paredes y cualquier elemento destrozable, romper de una vez estas botas, y lograr así que mi madre me comprara un calzado normal. Pero aquellas botas, cuando eran dadas de baja por muerte técnica, eran suplidas por modelos similares, igual de irrompibles pero mucho más horrorosos aún por su limpieza, por su horripilante brillo, por su incamuflable aspecto de nuevos.

Lo que recuerdo de aquellas botas, sobre todo, es que siempre parecían demasiado limpias, la suciedad resbalaba por su lomo. Siempre estaban brillantes, ahí, groseramente grandes, llamando la atención como dos marquesinas luminosas en medio de una avenida oscura.

Los pies planos se curaron, pero a mí me ha quedado para siempre una tirria insoportable por el calzado impoluto. En contra de los manuales de civismo, higiene y buena conducta, pienso que el calzado está hecho para mancharse. Es el artículo de vestir consagrado al roce, a sufrir los envites del camino. Es la primera evidencia palpable de que avanzar nos ensucia, nos llena de arena y mierda, pero también nos encurte y nos hace más experimentados.

Esta mañana un cliente me ha mirado repetidamente los zapatos. Habrá pensado: este tío no se viste por los pies. Para qué explicar nada, cómo voy a hacerle entender que no es desidia, que se trata de una cuestión de conceptos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Al corte, por favor

Al final, sólo somos capaces de valorar las buenas cosas por comparación. Y a estas alturas de la película, uno intenta siempre fintar el riesgo de toparse con lo malo, de tener que masticarlo sabiendo que hay otra opción que nos reportaría mayor satisfacción. Ejemplo: por qué voy a tomar jamón envasado al vacío si sé que al corte sabe inconmensurablemente mejor.

Por circunstancias, en los últimos días me he topado con dos novelas de cuya lectura he extraído una experiencia bastante cercana a la de la degustación del ibérico. Confieso que una de ellas jamás la habría leído de no ser porque una jornada completa en casa de la suegra con los niños da para mucho, incluso para leer cualquier cosa. Las dos guardan cierta similitud, las dos se refieren a un periodo histórico similar, pero están tan distanciadas la una de la otra como la noche y el día.

La primera novela es Ciudad de Ladrones, de David Benioff. Y la segunda (bueno, da un poco de, bien, ahí va) es El niño con el pijama de rayas. Al autor no lo recuerdo. Pues bien, ambas parecen construidas desde los mismos cimientos. Ambas son historias simples, que toman como punto de partida cierto planteamiento ingenuo, casi infantil; ambas están escritas con una prosa muy clara, sin rebuscamientos retóricos de ningún tipo; ambas son más bien breves; y ambas se desarrollan en el periodo final de la II Guerra Mundial y tienen la crueldad de los nazis como principal motivo argumental.

La historia de Ciudad de Ladrones es tremendamente divertida. Dos jóvenes presos rusos (un acusado de deserción y un pillastre pillado in fraganti en un supuesto acto de desvalijamiento de un paracaidista nazi) son enviados, como única opción para salvar la vida, a la búsqueda por Stalingrado de una docena de huevos para la boda de la hija de un alto militar soviético. Ahí arranca toda una aventura por la ciudad, pero también al otro lado de la línea enemiga, con condimentos bastante tópicos (nazis despiadados, partisanos valerosos) y también con otros que no lo son tanto (la vivencia con los caníbales urbanos es de lo mejor de la novela). Al final del libro, uno se lleva de él lo que ansía cualquier escritor: que los personajes te revoloteen en la mente durante semanas, que seas capaz de recordarlos como presencias auténticas, casi tanto como tu vecino del quinto.

La historia del pijama de rayas es de sobras conocida. Si tengo que definirlo, diría del libro que es un encadenamiento precipitado de tópicos sobre el exterminio y la invasión alemana, presentado bajo un estilo tan básico que resulta hasta ordinario, y con una portada obvia e incongruentemente efectiva.
Hay, por supuesto, cosas en común, como las hay entre el jamón ibérico envasado y el que se vende al corte. Está la pretensión de sencillez, está el prisma de la ingenuidad, está el manejo de los tópicos del nazismo. Todo lo demás, es decir, lo importante –el sabor-, los aleja.