
De la tercera época de
Woody Allen, sigo quedándome con
Balas sobre Broadway. Entre otras razones, la principal está en su desenlace: la justicia poética que encierra el hecho de que el mafioso de la película, el inolvidable asesino e impasible
Chezz Palminteri, sea en verdad el auténtico genio creativo, el artista absoluto, capaz de redondear con pasmosa naturalidad la trama más enquistada para, a continuación, arrojar a alguien maniatado y con los bolsillos llenos de piedras al fondo de un pantano.
El debate sobre las licencias que cabe conceder al genio viene de largo. Por la genialidad se han disculpado muchas brutalidades, muchos comportamientos miserables y mezquinos. En algunos casos, estos comportamientos han quedado sencillamente diluidos, o incluso, en un alarde de cruel obscenidad, no han hecho sino aumentar el prestigio del genio de turno. Los cachorros de Seattle no dudaron en encumbrar a
William Burroughs y toda su obra, convirtiendo el balazo en la cabeza a su esposa en un galón más de una curiosa biografía consagrada a figurar en los altares del
underground –como con casi todo, el tiempo acaba dando a cada uno su sitio, y la obra del americano hoy no alcanza mucho más allá de la anécdota-. Confundimos a profetas y artesanos con genios, y somos sumamente generosos con esa palabra, que en lo que a mí respecta le queda demasiado grande a casi todo el mundo.
A
Phil Spector no. El pasado lunes, un jurado californiano le declaró culpable de la muerte de
Lana Clarkson, una camarera, aspirante a actriz, que el turbulento productor invitó a su mansión a pasar la noche. Irá al trullo, con una condena que no bajará de los 18 años. Cocainómano, medio esquizofrénico, violento y feroz, la contribución de Spector a la Historia del pop es casi tanto como lo que significa el concepto de catedral para la arquitectura.
Procedente de una familia de inmigrantes judíos y criado en el Bronx, Spector descubrió algo en lo que hasta entonces nadie había caído, y que revolucionó el invento de la música popular: se puede ser tan creativo en la mesa de mezclas de un estudio como parapetado tras una guitarra o una buena garganta. Consiguió algo que sólo ha estado al alcance de muy pocos: un verdadero sonido, un sello sonoro autóctono, que contagiaba todo lo que tocó como productor. Es el mítico “muro de sonido”, que sacó a la música pop de la prehistoria y la incrustó, al cabo, en la era de la alta fidelidad.
Muchos trabajaron y padecieron a Spector. La pica está en la Década Prodigiosa, los años 60, donde Spector manufacturó lo que más tarde han sido considerados los singles perfectos. Todos ellos están recogidos en el entrañable pack
Phill Spector: Back to Mono, sencillamente imprescindible para todos los que amamos este invento de la música. El culmen de su obra está en
River deep, mountain high, del turbulento tándem
Ike-Tina Turner (después de aquella cumbre, la pareja nunca volvería a volar tan alto). Más tarde, otras colaboraciones memorables, aunque cada vez más manchadas de locura; entre ellas hay que destacar la de los
Rolling Stones y, sobre todo, la de los
Beatles, en contra del propio
McCartney. En
Let it Be, el judío exprimió todo el sonido exprimible de un grupo que estaba en las últimas (McCartney, tozudo como siempre, pretendería 35 años más tarde sacar el álbum desnudo, sin los adornos de Spector; el resultado,
Let it Be... Naked, merece poco más que una mueca). La locura definitiva sobreviene con
Los Ramones (1978,
Do you remember rock and roll radio). Spector, febril, iracundo, reprende a la banda de
Joey con pistola en ristre, amenazando al grupo por no ajustarse al sonido que le dicta su cabeza. A partir de aquí, la desgracia: acusaciones de violencia, escándalos encadenados, y por último, la condena. Resulta irónico que nunca llegara a colaborar con el otro gran genio de la producción y de la música pop aún vivo, ese chiquillo que merodeaba por los alrededores del estudio de grabación de Spector, llegándole incluso a suplicar insistentemente una colaboración, como quien mendiga unas migajas.
Brian Wilson, el alma de los
Beach Boys, tuvo que conformarse con manufacturar un puñado de producciones propias que hoy se consideran míticas.
El final de Spector será patético. Y mucho me temo que llegaremos tarde a reconocer en todo su alcance la contribución que ha hecho a la Historia de la música popular. Mientras eso llega, recomiendo vivamente cualquier recopilatorio de las
Ronettes, con la voz de
Ronnie Spector, esposa y víctima del productor, vibrando suave y a la vez intensamente en los tímpanos. Esas caricias al oído constituyen el mejor homenaje posible para esa rara y escasa categoría que un día retrató Woody Allen, la de los genios asesinos.