viernes, 24 de abril de 2009

La canción, 1

Quién lo iba a decir: diez años emborronando folios como un descosido, encadenando novelas de forma febril, atiborrándome la existencia de palabras y de sueños de alta literatura, chocándome y volviéndome a chocar una y otra vez con el cruel muro de la indiferencia, con las puertas cerradas de las editoriales y de los premios literarios, cuando no con la autoexigencia, con la severa institutriz que habita en mi cerebro y que me sugiere implacable que casi todos los intentos, que casi toda la inversión de horas robadas al sueño y de devaneos con la prescindible fantasía acaben en la papelera, en el olvido más miserable. Quién iba a decir que después de tanto intento fracasado, tanto ensayo no superado, tanto gastar días y horas en esta estúpida obsesión, acabaría, en un intervalo de apenas medio año, con la publicación de dos nuevas novelas. Porque el hecho es que así va a ocurrir: cuando todavía estoy digiriendo la partida del hogar de Perrera, el próximo día 16 de mayo, en plena Feria del Libro de Sevilla, certificamos socialmente el nacimiento de una nueva novela.

Se llama La canción donde ella vive, y la publica Calambur. Es la novela más ambiciosa, y también la más descabellada que he escrito. Muy pronto, por aquí, más de la nueva criatura.

miércoles, 22 de abril de 2009

Los libros nos eligen

“Tú no eliges a las mujeres. Ellas te eligen a ti”. Es un tópico, algo machista, pero haciendo la traslación al universo del libro es un aforismo que, en mi caso, suele funcionar bastante. Hay días en que los anaqueles de las librerías parecen cobrar vida. Imagino que tiene que ver con cierta disposición anímica, o incluso física: quizá es el cansancio, después de arrastrarte por la ciudad de reunión en reunión, soportando el peso cada vez más fastidioso de la corbata como un macaco abrazado al cuello; quizá es el mero ansia de hundirte entre las páginas de algún océano literario verdaderamente puro y estimulante, que te haga olvidar las miserias del trabajo, la falta de respeto de algún cliente nervioso, la grosería de la vida precipitada y anónima que desborda las calles como si realmente todo se dirigiera hacia un fin. Es en esos momentos cuando se me desata el apetito, una suerte de pulso adictivo que me conduce sin remisión hacia el interior de la librería que orillo de regreso a la oficina.

A veces los libros nos ignoran. Paseas por las calles de novedades, o por las hileras de libros de bolsillo, y ninguno te hace el más mínimo ademán. Suele importarte un bledo, porque la mayoría te parecen rameras vulgares de pechos colgosos a las que visitar sería un favor, un acto de clemencia. Pero por lo general te hastía la falta de exuberancia, la ausencia de pasión: ojeas las primeras líneas y raramente encuentras más que hueso, o si acaso carne neumática, silicona que huele a mentira.

Sin embargo, en ocasiones ocurre. Se obra el milagro del guiño irresistible. El otro día lo tuve, la acompañé a casa y no me defraudó. Encontré en ella lo que cualquiera busca en una buena novela: compañía de la buena, de la que no logras separarte por más que quieras, a la que desearías entregar todas las horas de un día, con la que robas minutos a tu propio trabajo, con la que engañas a tu pareja, con la que, miserable, sueñas que no termine nunca el placer, ese baile con la página que te transporta al espejismo de lo eterno.

Tentación, del húngaro János Székely, es un libro enorme. Una recomendación de primera fila para los tiempos que corren. Porque habla sobre todo de la pobreza, de la miseria humana, del hambre. Un hambre que no tiene ecos estéticos de estampa en sepia, como en Dickens y la tradición del realismo social del XIX, sino que es más bien seca, contundente, como una pedrada en el cráneo. La novela plantea la infancia y adolescencia de Béla, un joven bastardo que se cría en una singular casa de acogida dominada por el terror y el odio de una ramera metida a institutriz, y que más tarde se traslada a vivir a la casa de su madre en el Budapest de entreguerras, donde entra a trabajar como botones de un hotel y donde se enfrenta a todo tipo de vicisitudes. El hambre, sin embargo, es el verdadero protagonista de toda la historia. Un hambre que te desbarata el estómago, que te produce vértigo y que te lleva a comprender actitudes que desde la frialdad cualquiera reprobaría. Hay personajes inolvidables, como el de Miguelindo, el padre del protagonista, que regresa después de años de ausencia, un retrato psicológico redondo, fruto de una mezcla prodigiosa de brutalidad y sentimentalismo. Y la historia está escrita con un pulso acojonante. Dudo mucho de que haya gente que, empezándola, no la haya terminado. Y estamos hablando de casi 800 páginas.

Así que ahora toca relamerse y volver a desgastar las suelas por las calles, de reunión en reunión, a la espera de un nuevo guiño. El momento peor suele venir ahora, cuando, después del placer, toca asumir que el próximo encuentro seguirá teniendo el regusto de esas otras páginas, el olor de esa otra novela que ya abandonó la cama, dejando su molde sobre las sábanas revueltas. Qué fastidio que lo bueno siempre se acabe.

lunes, 20 de abril de 2009

Amigos que respiro

Me lo han preguntado en más de una ocasión, de forma sincera, porque les produce bastante extrañeza: por qué un tipo como tú, que al parecer se maneja con desenvoltura en cuestiones culturales, con ciertas sensibilidades, conversación, en fin, lo que se dice alguien leído, sólo se rodea de gente ágrafa, algunos de ellos con verdadera aprensión a los libros, a los que no les interesan por lo general las cuestiones de carácter intelectual.

La verdad es que tengo pocos amigos intelectuales. Por narices, por mis aficiones, por contexto y escenarios compartidos, sí he tenido bastante contacto con gente muy puesta, gente que hablaba como si leyera notas al pie, con discursos trufados de referencias. Durante mis tiempos de facultad me vi arrastrado a encuentros de cenáculos literarios bastante curiosos desde el punto de vista antropológico. Era gente que parecía, no sé, como salida de secuencias de películas de Aristarain o de Woody Allen, algunos tremendamente oscuros y malditos, por lo general bastante atormentados por su condición de iluminados, verdaderos rimbauds y baudelaires revolcándose en el lodo de la puerca diosa poética. También me crucé con parroquia bastante flemática, que abordaba cada conversación como una partida de ajedrez, todo el rato obsesionada por cuidar de su reina, vigilando con sigilo y aparente desdén cada nuevo movimiento… Aquello me cansó pronto. No me va la esgrima intelectual más de lo preciso, prefiero la acción aunque sea como espectador. Aún conservo algunos de estos amigos, pero ahora que lo pienso ninguno de ellos es enteramente lo que podría denominarse un intelectual.

Siempre he huido de las tertulias literarias, me cansa el regodeo retórico, el onanismo hecho palabras, el final siempre es el mismo: el puro ombliguismo, ser más listo que el de al lado. Los que escribimos, admitámoslo, somos gente demasiado vanidosa. Conmigo basta para mi grupo de amigos.

Sobre todo me divierte observar, aspirar cada vivencia, capturar detalles como si mis ojos fueran polaroids. Por eso siempre he preferido a la gente de acción. Gente que cuenta cosas, a la que le pasan cosas, pero cosas de verdad, sin artificios retóricos diferentes a los que les dicta el instinto o el ingenio, sin grandilocuencias de postales de souvenir literario de París o NY. Me lo paso en grande con ellos. Son mis amigos, uno que vende móviles, otro que oposita a bombero, otro que fabrica cemento, uno fontanero, uno que se busca la vida donde puede, otro que acaba de quedarse en el paro… Me cuentan historias divertidas, tristes, algunas descabelladas. Hacen cosas que me parecen disparates, o simplemente viven, sin adornar su cotidianidad de excesiva parafernalia o palabrería. Es la gente con la que me siento más a gusto, y con las que disfruto de un espejismo: que la vida imita a la literatura, a la verdadera literatura.

Hay muchos sitios en los que, acomodaticio como soy, me siento a mis anchas. Se me puede llevar, que diría mi madre, a cualquier sitio: en todo lugar encuentro un detalle, un resquicio, una rendija de aire, que me proporciona el oxígeno necesario. Pero donde mejor me encuentro es entre mis amigos ágrafos, amigos que a lo mejor no me cuentan nada, con los que quizá sólo comparto una cerveza en silencio, pero a los que respiro, y eso me basta.

miércoles, 15 de abril de 2009

Genios asesinos

De la tercera época de Woody Allen, sigo quedándome con Balas sobre Broadway. Entre otras razones, la principal está en su desenlace: la justicia poética que encierra el hecho de que el mafioso de la película, el inolvidable asesino e impasible Chezz Palminteri, sea en verdad el auténtico genio creativo, el artista absoluto, capaz de redondear con pasmosa naturalidad la trama más enquistada para, a continuación, arrojar a alguien maniatado y con los bolsillos llenos de piedras al fondo de un pantano.

El debate sobre las licencias que cabe conceder al genio viene de largo. Por la genialidad se han disculpado muchas brutalidades, muchos comportamientos miserables y mezquinos. En algunos casos, estos comportamientos han quedado sencillamente diluidos, o incluso, en un alarde de cruel obscenidad, no han hecho sino aumentar el prestigio del genio de turno. Los cachorros de Seattle no dudaron en encumbrar a William Burroughs y toda su obra, convirtiendo el balazo en la cabeza a su esposa en un galón más de una curiosa biografía consagrada a figurar en los altares del underground –como con casi todo, el tiempo acaba dando a cada uno su sitio, y la obra del americano hoy no alcanza mucho más allá de la anécdota-. Confundimos a profetas y artesanos con genios, y somos sumamente generosos con esa palabra, que en lo que a mí respecta le queda demasiado grande a casi todo el mundo.

A Phil Spector no. El pasado lunes, un jurado californiano le declaró culpable de la muerte de Lana Clarkson, una camarera, aspirante a actriz, que el turbulento productor invitó a su mansión a pasar la noche. Irá al trullo, con una condena que no bajará de los 18 años. Cocainómano, medio esquizofrénico, violento y feroz, la contribución de Spector a la Historia del pop es casi tanto como lo que significa el concepto de catedral para la arquitectura.

Procedente de una familia de inmigrantes judíos y criado en el Bronx, Spector descubrió algo en lo que hasta entonces nadie había caído, y que revolucionó el invento de la música popular: se puede ser tan creativo en la mesa de mezclas de un estudio como parapetado tras una guitarra o una buena garganta. Consiguió algo que sólo ha estado al alcance de muy pocos: un verdadero sonido, un sello sonoro autóctono, que contagiaba todo lo que tocó como productor. Es el mítico “muro de sonido”, que sacó a la música pop de la prehistoria y la incrustó, al cabo, en la era de la alta fidelidad.

Muchos trabajaron y padecieron a Spector. La pica está en la Década Prodigiosa, los años 60, donde Spector manufacturó lo que más tarde han sido considerados los singles perfectos. Todos ellos están recogidos en el entrañable pack Phill Spector: Back to Mono, sencillamente imprescindible para todos los que amamos este invento de la música. El culmen de su obra está en River deep, mountain high, del turbulento tándem Ike-Tina Turner (después de aquella cumbre, la pareja nunca volvería a volar tan alto). Más tarde, otras colaboraciones memorables, aunque cada vez más manchadas de locura; entre ellas hay que destacar la de los Rolling Stones y, sobre todo, la de los Beatles, en contra del propio McCartney. En Let it Be, el judío exprimió todo el sonido exprimible de un grupo que estaba en las últimas (McCartney, tozudo como siempre, pretendería 35 años más tarde sacar el álbum desnudo, sin los adornos de Spector; el resultado, Let it Be... Naked, merece poco más que una mueca). La locura definitiva sobreviene con Los Ramones (1978, Do you remember rock and roll radio). Spector, febril, iracundo, reprende a la banda de Joey con pistola en ristre, amenazando al grupo por no ajustarse al sonido que le dicta su cabeza. A partir de aquí, la desgracia: acusaciones de violencia, escándalos encadenados, y por último, la condena. Resulta irónico que nunca llegara a colaborar con el otro gran genio de la producción y de la música pop aún vivo, ese chiquillo que merodeaba por los alrededores del estudio de grabación de Spector, llegándole incluso a suplicar insistentemente una colaboración, como quien mendiga unas migajas. Brian Wilson, el alma de los Beach Boys, tuvo que conformarse con manufacturar un puñado de producciones propias que hoy se consideran míticas.

El final de Spector será patético. Y mucho me temo que llegaremos tarde a reconocer en todo su alcance la contribución que ha hecho a la Historia de la música popular. Mientras eso llega, recomiendo vivamente cualquier recopilatorio de las Ronettes, con la voz de Ronnie Spector, esposa y víctima del productor, vibrando suave y a la vez intensamente en los tímpanos. Esas caricias al oído constituyen el mejor homenaje posible para esa rara y escasa categoría que un día retrató Woody Allen, la de los genios asesinos.