martes, 29 de septiembre de 2009

Bendita enfermedad

No deja de ser una ironía que la detención de Roman Polanski en Suiza coincida, con una diferencia de apenas tres días, con la muerte en prisión de Susan Atkins, una de las más activas componentes del Clan Manson y responsable directa del salvaje asesinato de Sharon Tate, la mujer del director, que en el momento de su fallecimiento albergaba en su interior a un hijo común que nunca llegó a nacer. Con esta ironía se da cumplimiento a una de las manifestaciones más inquietantes que se contienen en el reciente documental sobre Polanski (Roman Polanski: wanted and desired), en las que aseguraba, creo recordar, que cuando vivía un momento feliz siempre desconfiaba, siempre se mantenía alerta porque le parecía un regalo envenenado. La realidad ha venido, en esta ocasión, a confirmar su sospecha: cuando la muerte de Atkins cierra la puerta simbólica de uno de los recuerdos más tormentosos de su vida, la detención en Suecia abre otra puerta simbólica de ese delito no saldado que le ha acompañado durante treinta años de su vida.

Pocos autores están tan en deuda creativa con su propia biografía como Polanski. Sin duda, toda su filmografía puede interpretarse como una forma eficaz y fértil de exorcizar los propios demonios interiores, demonios que están íntimamente ligados a su propia vida. A pesar de su papel cómico en El baile de los vampiros, siempre que veo una foto de Polanski tengo la misma sensación: la de que detrás de ese rostro vulgar, de ese aspecto de chico del montón, detrás de esos ojos ligeramente achinados como si fuera incapaz de enfocar el mundo, se esconde un espíritu atormentado, esquizoide, enfermo. La biografía de Polanski es a grandes rasgos conocida por todos: experiencia intantil traumática en un campo de concentración, flirteos con las drogas en la juventud, víctima del aturdimiento general de los agitados años del hippismo californiano, inadaptación a la estructura hollywoodiense, fuga de EE.UU. por presunto delito de violación y abuso de una menor. Y ahora, finalmente, detención e inminente extradición para ser juzgado en el país que lo ha reconocido creativamente pero que lo desprecia éticamente.

Para mí Polanski es un grande. Diría, con perdón de Scorsese, que es el más grande de los directores occidentales vivos que nos quedan. Como del cochino, de su filmografía casi todo es aprovechable. Ha hecho muy poco malo (La Novena Puerta), algo mediocre (Oliver Twist) y mucho, mucho bueno. De entre las cincuenta que me llevaría a la tumba, al menos hay cinco que llevan su firma. A bote pronto, sin pensar demasiado, se me ocurren El cuchillo en el agua, Cul-de-Sac, Repulsión, Lunas de Hiel, Frenético. Y me dejo fuera algunas de ésas que siempre salen en todas las quinielas: Rosemary’s Baby, Chinatown, El Pianista…

No lo conozco, no he tomado nunca una copa con él, ni le tengo aprecio en lo personal. Para mí es sólo un creador monumental. Por eso, desde la fría distancia, agradezco que su vida haya sido tan miserable. Que haya conocido tan de cerca el terror, lo absurdo de la vida, el sufrimiento, la maldad. Si él no lo hubiera pasado tan mal en lo personal yo nunca habría tenido acceso a esas obras maestras con las que tradujo al lenguaje del cine su dolor, sus obsesiones, su enfermedad. Espero fervientemente que este golpe de ahora no sea el último; que logre recuperarse y obrar una vez más el milagro del exorcismo cinematográfico. No existen diques para un talento como el suyo. Su enfermedad, gracias al cielo, carece de cura.

viernes, 25 de septiembre de 2009

¿Por qué no?

La que se acaba de liar, al llegar al trabajo. Todo el mundo hablando de la foto de marras. A todo el mundo le parece impresentable. Una falta absoluta de glamour. Un error inadmisible de protocolo. Las hijas de Zapatero vestidas de góticas en una foto oficial.



No sé. A mí me parece cojonudo, qué queréis que os diga. Coño… ¿Por qué no?

Esta mañana me ha caído un poco mejor Zapatero. Me ha parecido, no sé, como el típico padre incapaz de lidiar con el ímpetu adolescente de sus hijas. Me imagino los comentarios sarcásticos del padre en el viaje en avión, los tomas y dacas de la negociación con sus hijas para forzarles a cambiar de ropa. Recurriría incluso a la estratagema de la humillación. Parecéis dos zombis, las hijas de Ozzy Osbourne, seguro que les habrá dicho. O a lo mejor la foto de las narices es cosa de marketing, para levantar cortinas de humo y todas esas cosas tan perspicaces que dicen los teóricos de la conspiración. A mí me parece del carajo. Y la Presidencia de los Estados Unidos es, pienso, la menos capacitada por tradición para hablar de buen gusto.

No sé, estoy desconcertado. En fin, ¿qué os parece?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El poeta nunca muere

Hoy han empezado a abrir la fosa en la que, junto a otros ejecutados, debe estar el cuerpo de Federico García Lorca. Yo amo la poesía de Federico. En buena medida creo que fue su lectura la que me zarandeó, la que me llevó a interesarme por esto de la escritura. Chatarra, mi primera novela, debe de hecho mucho al poeta. Es el homenaje más honesto que pude encontrar, la correspondencia más sincera a todo lo que Lorca me regaló en forma de versos.

Me repugna el modo en que se juega con los huesos del poeta. Andan rifándose la sepultura y jugando a la Gymkhana con los restos de Lorca. Que si está aquí, que si no está. Que si no sé quién lo vio, que si fue más allá, a cien metros. Sé que el asunto contiene mucha ideología: sí, ya sé, los nacionales fueron despiadados y arbitrarios en la administración de justicia, que fue más bien venganza implacable; hubo caza de brujas, pueblos diezmados por el apetito sanguinario de gente sin cultura y arrastrada por un salvajismo telúrico malamente camuflado de ideas. Sé todo eso, y entiendo que las familias de los que están sepultados junto a Lorca quieran recuperar lo que queda de los cuerpos de sus parientes.

Pero Lorca es un poeta. Y qué mejor fin para un poeta que vivir atemporalmente sobre un espacio inconcreto, que ser ajeno a las miserias del cuerpo y las vísceras, que no estar sujeto al límite físico de la mortalidad. Lorca no ha muerto porque no hay cuerpo, él sigue viviendo en su poesía. Y su poesía es patrimonio de todos, y esos dramas de flor de cuchillo que él dejó tatuados sobre las páginas que ya forman parte de nuestro ADN, de la genética andaluza y española, si existió alguna vez eso que llamamos España. A qué tanto remover la mierda, qué beneficio sacaremos de encontrar la rótula de García Lorca, los huesos de su pie izquierdo, un omóplato romo y endeble como un guijarro blando.

Sus restos deberían descansar siempre bajo ese parque que le rinde memoria en Víznar, de manera etérea, como viven los muertos en los cementerios británicos, alegres, felices, mientras sobre la superficie los niños corretean y juegan a la pelota. Qué mayor privilegio, qué mejor manera de redondear un círculo para un poeta que vivir eternamente no sólo en sus versos, sino incluso en el propio hecho de no haberse convertido en cadáver, de haberse fundido de manera anónima en la misma tierra de la que, como quien recolecta tubérculos, sacó sus propios versos. Versos de arena y de sangre. Hay mucho de enfermizo en ese deseo de escarbar, de buscar la momia, como si en realidad, accediendo al hueso, fuéramos a acercarnos más a la verdad. La verdad ya existe, la infamia está en su propio recuerdo, en la manera en que acabaron criminalmente con su voz, en la forma en que destruyeron la belleza. Pero la belleza, y ésa debe ser la moraleja, sigue existiendo, porque nunca pudieron matar al poeta.

Lo siento, pero me puede más el corazón que la ideología. Y mi corazón está con Marguerite Yourcenar, cuando al visitar la zona donde supuestamente fue enterrado Federico, en 1955, dijo aquello tan célebre de: “No cabe más hermosa sepultura para un poeta”. No encuentro una forma más certera de expresarlo.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Nosce te ipsum

Uno hace siglos que renunció a conocer eso que llamamos el interior de las personas. Dudo incluso que ese interior exista, como tampoco me fié nunca del alma, esa palabra tan grandilocuente que hace décadas que entró en franca decadencia literaria, y que a la postre no ha servido más que como excusa para el delirio de los poetas y los místicos. Pero hay algo que he aprendido con el tiempo, y es que es posible, si no conocer, sí pasearse y familiarizarse con las tripas sentimentales y de carácter de la gente a través de un vistazo a lo que comen. A lo que comen y a cómo lo comen; a de qué manera ordenan los alimentos, de qué manera lo preparan y lo conservan. Por eso creo que la forma más eficaz de tener una idea aproximada de cómo es una persona –conocerla del todo, que diría mi madre, nunca se consigue- es echar un vistazo a su frigorífico. Si la lumbre, la chimenea, la mesa camilla es el corazón de la casa, el frigorífico es el cerebro. Allí se evidencia la estructura de cada hogar, la forma en que se aprovisionan, el tipo de consumo, incluso los hábitos.

Durante mis tiempos de Facultad me topé con numerosos frigoríficos de-piso-de-estudiantes. El frigorífico de un estudiante habla como pocos de las personas que lo frecuentan: habitualmente bastante despejado, con abundancia de carne envasada al vacío –predomina la salchicha-, con fuerte presencia de alcohol, y donde la fortaleza se esconde en el congelador: allí es frecuente la comida precocinada, la fritura congelada y el tupperware: remedio instantáneo contra la nostalgia gastronómica del hogar materno.

Con nueve hijos a sus espaldas, nueve hijos que crió ella solita con un único y muchas veces insuficiente sueldo, mi suegra cuenta con el frigorífico más racional que conozco. Abundan en su interior lo que llamamos cariñosamente “cuenquitos”, pequeños recipientes en los que mi suegra introduce cualquier alimento sobrante. Todo el alimento es aprovechado al milímetro, todos los recursos son optimizados, de manera que es difícil pillar a mi suegra desprevenida: rara es la vez que no es capaz de satisfacer el capricho de paladar repentino de alguno de sus nietos.

El frigorífico de mi suegra me ofrece mucha información sobre ella misma. Ella representa para mí el símbolo de la economía doméstica, de la racionalidad adaptada al día a día. Es la hormiga del cuento de La cigarra y la hormiga, la capacidad de supervivencia en el frío invierno. Siempre está ahí para todo lo que necesitan sus hijos, siempre tiene el molde para el asiento del cansancio, el abrazo para la necesidad de enjugar lágrimas. No es una cuestión sentimental, ni de bondad: es su forma racional de entender la maternidad, que también es matriarcado. Dar a cada uno lo que precisa, abastecerlos a todos a través de la racionalidad: la dinámica del “cuenquito”.

Nuestro frigorífico, el de casa, es un puñetero desastre. Cuando lo abres, raro es el día en que no se te cae encima una lata o un paquete de lo que sea. Cada dos por tres, nos vemos obligados a tirar a la basura una bandeja sin abrir de filetes porque se han caducado. De vez en cuando, un tufo insospechado nos avisa de que algo se pudrió en sus entrañas. Es difícil que el zumo abierto de Alicia no acabe derramado sobre la repisa de turno. Aparte de eso, ninguna cosa tiene un sitio fijo. Lo mismo la verdura va a parar a la bandeja primera que a la última; los yogures pueden convivir sin problemas con el jamón york. Miento: sí hay algo que siempre tiene su sitio, y que rara vez falta: botellines de cerveza. Es lo único que Espe y yo siempre sabemos encontrar: en el recipiente para la comida fresca, abajo del todo.

Creo que esta anarquía representa también muy bien nuestro propio carácter. No el de nosotros individualmente, sino como conjunto. Porque somos irremediablemente caóticos. Nos puede la improvisación, la falta de previsión, el desorden. Mi suegra, alguna vez, nos ha reprochado con suavidad –su carácter es incompatible con la vehemencia- esta tendencia a la entropía con la que ella no podría convivir. Sé que se pone de los nervios cuando echa un vistazo a nuestro frigorífico. Mi mujer, Espe, sonríe aunque en el fondo se siente algo fastidiada: es una cosa que, lo sé, a ella le gustaría cambiar de ella misma. Yo me encojo de hombros y le digo que no puedo luchar contra eso, que está en mi condición. Si cambiara el frigorífico cambiaría nuestro propio interior, nuestra alma, y entonces ya no seríamos nosotros.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Oh la la!

Reseñita breve pero intensa sobre La canción... en el ABCDe las Artes y las Letras de esta semana:

Esta novela de Daniel Ruiz García juega con algo que debería ser más frecuente en la temática de nuestra joven narrativa y que, sin embargo, escasea: la deuda con el rock y su manera de enfrentarse al mundo. Conozco pocas, casi ninguna de calidad, salvo dos debidas a Francisco J. Satué, escritas hace años, a las que hay que añadir Deseo de ser punk, de Belén Gopegui; de ahí que estas páginas, plagadas de referencias casi exclusivas al mundo de la canción me hayan llamado la atención. Pero su aportación no es sólo sociológica, sino que mantienen una calidad literaria sobresaliente en este tipo de literatura. Se podría decir que el tono de La canción donde ella vive es demasiado lírico y reiterativo, lo que es cierto, pero también que es lo que conviene a una narración que juega desde el primer momento con la idea del Paraíso, ni que decir tiene que conformado con el espíritu del rock de la década de los sesenta. Además, da una idea del tono del libro la ausencia total de diálogos, en justa coherencia con lo que se quiere contar, pero que nos habla también de cierto coraje ante lo que se lleva.

JUAN ÁNGEL JURISTO

martes, 15 de septiembre de 2009

Arranco

Esta mañana por fin me puse manos a la obra. Me supo extraño al principio, como cuando uno empieza a caminar después de pasar largo tiempo escayolado. Tenía miedo de que el cable que conecta mi cerebro con los dedos no me respondiera, que las ideas y las metáforas no fluyeran como antaño, que se me escaparan las palabras como el líquido en un colador. Pero después de un poco de calentamiento me he metido de lleno, y la primera hora de escritura se me ha pasado volando. Cuando me he dado cuenta ya eran casi las ocho de la mañana, tres horas de ejercicio para la primera jornada no está nada mal. Ya en el trabajo me he sentido rebosante de salud, eufórico, exultante, como cuando era más pequeño y echaba la tarde jugando al baloncesto con los amigos y después, aguijoneado de agujetas, con los pies reventados, me quedaba en los banquitos echando unos litros y bromeando.
Escribir, garrapatear hojas en blanco, trufar de metáforas el vacío, ya no pienso en otra cosa. A lo mejor, si lo pienso, acabo preguntándome lo de El Roto:

lunes, 14 de septiembre de 2009

El lenguaje inmundo

Me ha hecho pensar en ello el maestro Royuela, en un artículo publicado el sábado. Además de ser un asiento para la libertad, la palabra también ha ejercido durante siglos una función indudable de control, de represión, de instrumento para imponer criterios y mantener el statu quo interesado por parte de unos pocos. A través del discurso religioso, a través del discurso político, se han cometido atrocidades siempre camufladas bajo el eufemismo, o directamente de la creatividad lingüística aplicada a la ideología.

A mí, por mi trabajo, me toca lidiar a diario con otro discurso que se impone con fuerza en nuestra sociedad y que marca nuestro ritmo de vida. Hablo del discurso empresarial, una auténtica aberración del lenguaje que muchos ya asumen como una especie de iluminación mística que sirve para justificar cualquier barbaridad. El discurso empresarial, al contrario que, por ejemplo, el político, es más bien poco sutil, de escaso mérito desde el punto de vista creativo. Es un discurso tremendamente hortera, propenso a la sigla o al anglicismo, y por lo demás tan hueco y tramposo como cualquier otro discurso que sólo busca la manipulación.

Me refiero al discurso que utiliza términos de gestión empresarial como la Responsabilidad Social Corporativa o el Desarrollo Sostenible con la misma ligereza y profusión con la que habla de EREs para referirse a los despidos, o ese que esconde detrás de conceptos como optimización de recursos, eficiencia, productividad o liderazgo ese instinto rapaz y felino sobre el que sustenta toda la lógica empresarial del siglo XXI: la de conseguir dinero a cualquier precio, exprimiendo todo lo posible los recursos disponibles, a fin de obtener lo máximo invirtiendo lo mínimo. Todo lo demás, el dinamismo, el liderazgo, la visión estratégica, el compromiso, no son más que camelos, edulcorantes que sirven de adorno para justificar ese inconmensurable culto al dinero que ha transformado definitivamente al capital en nuestra única religión.

Toda religión, incluso la más implacable, está revestida de espiritualidad. En el caso que nos ocupa, la espiritualidad tiene forma de amaneceres de power point y sonido de new age en el altavoz del portátil. Es la espiritualidad que contamina esos correos electrónicos inmundos que de vez en cuando se arrojan sobre nuestras retinas vendiéndonos el equilibrio de conocerse a uno mismo, la magia que se esconde en ser mejores, en ejercer el liderazgo, en tener una visión empresarial, un camino. Es la espiritualidad de esa porquería incipiente que son los libros de autoayuda empresarial, que responden con un lenguaje de Primaria a arcanos indescifrables como de qué forma se puede salir de la crisis, cómo se alcanza la verdadera felicidad, cómo encontrar nuestro propio secreto escondido, todo ello con una estética de corbatas y maletines que resulta tan hedionda e infecta como un vertedero. El sacerdote de esta nueva religión se llama Coach, y a las misas se las denomina sesiones de Coaching. El coach se pasea por los despachos de directivos multimillonarios ofreciendo charlas presuntamente psicológicas y motivadoras (la motivación, otro gran término de esta religión), que se apoyan en extensas bibliografías de libros infames. Los directivos leen estos libros cuando van de vacaciones, o antes de echarse a dormir. En ellos, como evangelios de esta nueva religión, se les alecciona moralmente y se les redefine y reconfigura cerebralmente, a fin de refundar conceptos como bien y mal, que ahora se llaman productivo e improductivo. Estos directivos se convierten en profetas de esta nueva religión, y escriben largas parrafadas en los rotativos salmonados, y gracias al milagro de este nuevo lenguaje son capaces de justificar lo injustificable, y lo peor de todo es que nunca llegan a ser conscientes de sus crímenes. Al final del día duermen tan a gusto, como tú o como yo, sin que ningún desvelo les inquiete, sin que nada usurpe su confortable sueño, si acaso, de vez en cuando, alguna indigestión de ostras.

jueves, 10 de septiembre de 2009

El primer día

Pablo lleva la cara pálida, y el gesto raro, como si no se atreviera a dar la dentellada definitiva a una golosina nueva y desconocida que se le pasea por la lengua. Le miras a la cara y ves su fragilidad, su puñetera condición de ser humano que todavía se está horneando. Está nervioso, no puede evitar morderse las uñas mientras su madre y yo vamos conduciéndole por el pasillo hacia su clase. Por un instante pienso en un corredor, en el corredor que conduce a la infame habitación donde acaban los condenados a muerte, e intento despejar ese fúnebre pensamiento a través de la carcajada falsa. Qué bonita que es tu clase, le decimos, qué guapa que es tu profesora, mira cuántos colores, mira cuántos niños.

Ves a otros padres que, como nosotros, llevan a su hijo por primera vez a clase. Todos parecen desarmados, todos parecen desnudos. Por los ojos les trepa la resignación, una resignación que tiene algo de rabiosa. No saben qué hacer con las manos, ahora están vacías, han dejado de tocar esos trozos de carne satélite que ahora se desperdigan por el aula olisqueándose unos a otros, intuyendo que se enfrentan a un nuevo parto.

Desde lejos Pablo parece aún más frágil. En realidad lo estamos arrojando, ahí, sobre el mundo, sobre esta enorme maquinaria social que ahora se encargará de abarrotarlo de responsabilidades, de normas, de renuncias. Sale de casa para ir a estrellarse contra la realidad, contra un sistema que él nunca pidió, contra un vocabulario que él no creó. Aprenderá a sentarse cuando tenga que hacerlo, a ponerse de pie cuando se lo digan, a esquivar los golpes de los compañeros, a admirar a los ganadores que ilustran los libros de texto y a desdeñar y a despreciar a los perdedores. Se hará un hombre que ya no nos pertenecerá, que será de este mismo sistema sobre el que ahora lo arrojamos como si urdiéramos un sacrificio inevitable.

Uno nunca debería crecer, uno nunca debería hacerse grande.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El margen como espacio creativo

Desde siempre, me han interesado los márgenes. He conservado pilas de apuntes de mis tiempos de Facultad no porque sea interesante lo que contienen, sino porque los márgenes de los folios están acribillados de dibujos que siguen haciéndome gracia. En los márgenes alojé toda la creatividad que los rigores académicos no me permitían. En los márgenes había comienzos de frases de relatos que nunca escribí, había personajes que aparecían recurrentemente a lo largo de las distintas materias, como mascotas reivindicando una trama en la que poder desarrollarse, había caricaturas o escenas imposibles que me venían dictadas por la modorra o la falta de interés hacia la disciplina de turno.

El margen es el límite, el punto de conexión con otra cosa. El margen del folio en blanco era el precipicio hacia la existencia, la frontera con la vida, el balcón desde el que arrojarse desde las palabras hacia el caos imprevisible de esto tan raro y extraño que hemos llamado tiempo y espacio.

En el margen siempre me he sentido muy a gusto. Es algo que valoro creativa y vitalmente. Margen no sólo en el sentido de marginalidad, sino de frontera, de periferia, de suburbio. Lo que está más fuera del núcleo, lo que está en perpetuo roce con otras naturalezas.

Ese sería el emplazamiento natural de mi literatura: el arrabal, lo que queda fuera de la muralla, donde conviven los gitanos y las hogueras, donde no prevalece la rígida ley de la convención, donde todo es inundable, donde la ingeniería y el confort no nos salva del peligro. Donde el arbitrio se quiebra y nos arrastra al desorden, a la improvisación, al movimiento perpetuo, ondulado, sinuoso.

El margen como concepto ha perdido entidad en beneficio de otros conceptos más o menos cercanos: la fusión, la mezcla, la integración. Conceptos que tienen una connotación más optimista y que aluden a apertura, a colaboración, a generosidad. Es el paso siguiente, el salto desde el margen hacia la otra existencia, poner el pie en el otro lado de la frontera. Pero abusamos de la fusión. Abusamos de ella como si fuera un cajón sin fondo en el que cupiera todo. Ponemos el sello de “fusión” a cualquier cosa que huela a mezcla, aunque la mezcla esté trillada, aunque la mezcla sea académica y rígida con el mármol, aunque la mezcla no sea ya más que un nuevo canon. Se pierde la perspectiva de que el paso previo a la fusión es la existencia en el margen, la necesidad de asomarse al borde con riesgo de precipitarse. Para fusionar no basta con mezclar: hay que asumir riesgos, hay que estar dispuesto a perder, hay que convivir y respirar el margen.

Sureño como soy, y pueblerino para más detalle, me expongo más a menudo de lo que me gustaría a todo tipo de manifestaciones que tienen como sustrato de fondo el flamenco. La música flamenca es sin duda una de las que más se ha expuesto y se ha contaminado de eso que llamamos fusión. La fusión está, de hecho, en el propio origen del género, un género espurio, adúltero, telúrico como pocos. En nombre de la fusión flamenca se han cometido crímenes horrendos. Crímenes que constituyen atentados contra el buen gusto, incluso en su acepción más condescendiente. Pienso en la música de El Barrio, y en esa horripilante moda de los sombreros de Chicago años 20 que el tipo ha convertido en su principal seña de identidad. El Barrio se erige como el Joaquín Sabina del “flamenquito”. Rock urbano mezclado con flamenco. O pienso también en todos esos grupos que han asimilado el “concepto Pimpinela” al rollo flamenco: Los Caños, Andy y Lucas, todos esos que se trabajan la historia de letras tipo ama-de-casa-maltratada y que suelen tirar con bastante generosidad de términos como “chiquillos”, “mi princesa”, “preciosa”, y cosas así. No voy a hablar de Camela, el icono del technoflamenco, porque es un grupo que me cae francamente bien aunque es indefendible desde el punto de vista estético. También me incomoda Chambao, y todo ese rollo de flamenquito ibizenco de pie de playa que me resulta excesivamente edulcorado y aséptico, como una conserva al vacío. Y en lo que no me atrevo a entrar siquiera es en esos grupos de sevillanas que hablan de dramas cotidianos propios del realismo sucio pero en formato rociero (antológico el estribillo de la célebre sevillana homofílica del cantaor Juan Valladares: “Mariquita, es bueno y decente/Cristiano y creyente/Y ese mariquita, respeta a la gente”).

La fusión es riesgo. La fusión es tropiezo, asomar la cabeza al margen, hacer piruetas en el límite, jugándose el pescuezo. Por eso siempre he respetado a Enrique Morente: su disco Omega, con Lagartija Nick, me parece el culmen de la experimentación musical en el flamenco, el resultado perfecto de la fusión asumida desde el margen. Por eso siempre me ha gustado Tabletom, porque creo que es un grupo de verdadero flamenco fusión. Y por eso me encandila Tomasito, al que escucho y reescucho en estos días, yendo y viniendo en metro, concretamente su último disco. En Y de lo mío ¿qué? está todo lo que entiendo por una fusión arriesgada, consciente. Una fusión que busca ir más allá, que verdaderamente emborrona fronteras. Una fusión abordada desde el margen, desde la perspectiva del todo o nada. Comulgo con ese planteamiento.

lunes, 7 de septiembre de 2009

viernes, 4 de septiembre de 2009

El insano vicio de la chacina

No todo va a ser jamón. Por eso también está la chacina: divertimento gastronómico barato y sabroso, aunque de segunda división. El relleno por antonomasia del bocata del andamio, nada sutil ni exquisito, pero calórico hasta el colesterol.

A mí me gusta la chacina. Y como todo lo hago compulsivamente, evito comprarla demasiado, porque al final la devoro sin miramientos. Sigo prefiriendo, en todo caso, el ibérico de bellota, la buena caña de lomo, toda esa grasa cuya calidad se demuestra por el color del tocino y por su poder adhesivo: sólo el buen jamón resiste el influjo de la gravedad en un plato bocabajo.

El hábito del consumo frenético, lo confieso, es algo que me pierde. Incluso, a veces, cuando sé que lo que estoy consumiendo no es del todo saludable o ni siquiera apetitoso. Eso, unido a mi pusilanimidad y mi talante más bien poco exigente, me lleva a incurrir en costumbres que desde la estricta objetividad no puedo sino reprobar.

Me pasa, por ejemplo, con los culebrones televisivos. Yo he caído varias veces en ellos, convirtiéndome en un adicto, en un yonqui de la teleserie de turno que incluso buscaba más allá del capítulo diario indagando en Internet, o buscando en las revistas del corazón, o en cualquier otro sitio infame. Está de más la compostura: sí, lo confieso, fue un incondicional seguidor de la serie Betty la Fea, e incluso la defendí públicamente en numerosas ocasiones, e incluso la defendí con argumentos supuestamente intelectuales, cuando la verdad es que era un producto deplorable. Confieso que en dos momentos distintos de mi vida me zampé la serie brasileña Doña Bella íntegramente (aunque debo decir en mi descargo que en ella había una motivación incontestable para un púber como yo lo era entonces: aún recuerdo vívidamente las imágenes de la fulana protagonista en pelota picada cabalgando a lomos de su caballo blanco). También fui un gran seguidor de Falcon Crest. Podría seguir con muchas más, aunque con el tiempo he intentado corregir esta tendencia compulsiva redirigiendo mis gustos hacia propuestas ligeramente más exquisitas. Por ejemplo, no me causa ningún rubor defender mi simpatía por la serie Friends, a la que sigo teniendo por la sitcom más lograda.

Sin embargo, en el fondo uno nunca cambia, y hay situaciones en las que nos vemos expuestos a la chacina. Es el momento en que deberíamos decir “no”, y donde mi debilidad me juega malas pasadas.

Todo esto viene a cuento de la última chacina que aún estoy saboreando, y que me ha ocupado durante las noches de las últimas semanas. Me refiero a la serie Perdidos, de la que he consumido la quinta y –espero- penúltima temporada. Echo la vista atrás y calibro el número de horas que he dedicado a esta ficción. El número de horas en que podría haber estado haciendo otra cosa, y he preferido dedicarlas a la serie de marras.

Perdidos es chacina. Pero una chacina bastante hábil. Diría que es un jamón de pata blanca. Uno toma una, dos lascas, pero a la tercera, después del espejismo visual –ver una pieza en el jamonero siempre seduce-, uno empieza a tener la sensación de estar tomando carne cruda y salada. Porque todo en Perdidos está aparentemente bien hecho. Todo tiene una factura fabulosa, todo parece muy serio, incluso muy pensado. Pero cuando ya lleva consumidas tres temporadas se da cuenta –argh, demasiado tarde- de que todo es un tremendo camelo, de que el jamón que te llevaste a casa no era de bellota sino de pata albina.

Entonces uno descubre que todo es lo mismo, la trampa del tiempo, adelante y atrás, como un tobogán. Entonces uno ve que los personajes no dan más de sí, y que no pueden avanzar más porque casi todos –salvo Locke, y si acaso Ben Linus- son de cartón piedra, burdos estereotipos que interesan muy poco desde el punto de vista dramático (Sawyer el maldito con alma de poeta, Jack el líder con eternos problemas de conciencia, Kate la chica buena a la que la sociedad acabó convirtiendo en delincuente, Harley el friki…). No interesa el drama porque es mucho más interesante la pirotecnia: esas ráfagas musicales tan grandilocuentes con que se cierran las secuencias, esa intriga eléctrica siempre presente en las conversaciones, como si los tipos vivieran eternamente estreñidos, todo ese mesianismo y ese tono pseudoreligioso que acaba resultando hasta empalagoso… Como un gazpacho preparado por un cocinero loco, Perdidos es una mezcla de Regreso al Futuro con la Fuga de Logan y con Robinson Crusoe, con una pizca de Dallas y un ligero pellizco de Vigilantes de la Playa (el torso de Kate con los pezones afilados bajo el minishort blanco, la tabla de chocolate de un Sawyer siempre dispuesto al desprendimiento de camiseta, algún revolcón formato para-toda-la-familia…). Condimentos, en fin, de haute cuisine. A pesar de ello uno persiste, y uno se traga todos los capítulos que caen en sus manos, y uno suplica porque alguien le pase por favor la quinta temporada, y uno la consume religiosamente cuando los niños se acuestan. Y uno despotrica contra la puñetera serie, pero ya está deseando hincarle el diente a la sexta, y terminar de una vez con toda la chacina del plato. Y por fin llegar al final, y cuando uno acabe con todo, cuando uno ya esté anegado de mala grasa y de mala conciencia, decir aquello de: juro que no voy a volver a caer, juro que ésta ya es la última.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La invasión de los cachocarnes

Si fuera cineasta y alguna vez me viera en la tesitura de hacer un remake, me gustaría que fuera de La invasión de los ladrones de cuerpos. Y eso que la última versión de la Kidman, a pesar de la que le llovió de críticas, no me disgustó del todo (aunque me sigo quedando, qué quieren que les diga, con la del 78, con el inigualable Sutherland Sr.) Yo haría una versión muy especial, y absolutamente actual. Hablaría de la invasión de los Cachocarnes, un espécimen que, sin llegar a ser extraterrestre, tampoco es del todo humano. Resulta incluso más animal que humano. Y en los últimos tiempos nos invade y contamina con una insistencia y un ruido verdaderamente irritantes.

El pueblo donde vivo está tomado por los cachocarnes. El cachocarne rural es bastante arquetípico: joven, de unos 20 años, con el pelo normalmente rasurado o bien con peinado moderno, tachuelado en la ceja o en el labio, por lo general tatuado. El cachocarne rural se desplaza en escúter con el tubo de escape trucado si no sobrepasa los 18 años, y a partir de esa edad suele conducir BMW o similar, siempre tuneado, con luces en los bajos. En cuanto a gustos musicales, al cachocarne rural le gusta sobre todo el regetón, aunque también ama El Barrio, El Bicho, y grupos de ese tipo, en plan flamenquito profundo. Al cachocarne es imposible hacerle entrar en razón, ni siquiera es recomendable establecer diálogo con él. Es un tronco de carne para el que el lenguaje sólo es un instrumento de insulto, o como mucho de piropo a la hembra. La hembra, por supuesto, también es cachocarne, pero en su género. Su apariencia exterior es igualmente reconocible: rabillos marcados de ojo, pulseras doradas de dedo, piercings a diestro y siniestro, pantalón estrecho, bajo el que siempre se asoma bragamen tipo tanga, con un corazón o un nombre de macho cachocarne tatuado. El papel de la cachocarne hembra es bastante más pasivo, en el sentido de que se limita a ser una pantalla que responde a los estímulos del cachocarne macho a través de sonrisas, gritos o besos. El cachocarne macho es violento y pendenciero. A un servidor, desde que habita en el pueblo, le han roto el cristal del coche, se lo han rayado, le han escupido en la puerta, cosas así. Un día, en el bar de debajo de mi casa, habitual emplazamiento de concentración de los cachocarnes de mi pueblo, se lió una pelea entre dos cachocarnes. En esta ocasión, al contrario que otras veces, no hubo cabezas abiertas por botellazos, ni paliza a hembra cachocarne, ni un tipo tirado en medio de la carretera sin camiseta y completamente ido; en esta ocasión, a uno de los cachocarnes en litigio, movido por la rabia y la impotencia, se le ocurrió dar una patada al coche que estaba allí aparcado. El coche, ya lo imaginarán, era el mío. Como la Policía estaba presente, al día siguiente fui a un careo con el cachocarne. Mi conversación con el tronco de carne, que ya estaba de resaca y bastante arrepentido, es una de las experiencias vitales más cercanas al surrealismo que he tenido. Descubrí que el cachocarne no era malo, pero tampoco bueno. Que el cachocarne sólo era eso, un pedazo de carne facultado para el balbuceo y para la interjección, capacitado para fornicar, para beber hasta el desmayo, para respirar y para tunear su BMW. Pero no para más.

-Yo también me he emborrachado con tu edad, tío –le explicaba yo, entre la amonestación condescendiente y la voluntad de contemporización, aunque internamente he de confesar que sentía miedo; el cachocarne me sacaba dos cabezas-. Yo también he hecho el cafre, pero nunca me ha dado por putear al prójimo.

-Aro, aro –decía el cachocarne-. Pero es que esa gente se pasaron, yo con esa gente no me junto (sic).

Y yo seguía, engañándome a mí mismo con palabrería, esgrimiendo argumentos que chocaban contra el tronco de carne y me rebotaban una y otra vez la misma contestación:

-Aro, aro. Perdona, quillo.

Al final no lo denuncié. Lo dejé estar porque esperé que algún resquicio de entendimiento penetrara en aquel cuerpo, que por alguna extraña casualidad un día se le encendiera una luz interior, y también porque nos íbamos a tener que ver por el pueblo cada dos por tres. Lo cierto es que el cachocarne me respeta ahora, pero de vez en cuando lo veo por el pueblo haciendo nuevamente de las suyas. O más bien lo escucho, porque esa es otra propiedad del cachocarne: su capacidad para el grito, los decibelios atemperados de su voz, que se dejan sentir en kilómetros a la redonda.

El cachocarne urbano no es muy distinto. Aunque creo que echa más mano de las Nuevas Tecnologías: se mueve mejor con el móvil, y es capaz de escribir un mensaje de esos de t spro a ls 10 dnde spre en menos de tres segundos.

El cachocarne urbano utiliza las amplias avenidas de la ciudad en los horarios de menor afluencia para perpetrar todo tipo de divertimentos. Uno de ellos, que yo he visto con mis propios ojos, es el tironeo. Tirar del bolso de la viandante de turno y arrastrar a la mujer los metros que sea preciso hasta que lo suelte. Cuando vivía en la ciudad, yo también fui víctima de uno de esos tirones: los cachocarnes no consiguieron finalmente llevarse el Discman que portaba en una bolsa sobaquera. Pero hay otro divertimento que los cachocarnes practican en las avenidas que no es estrictamente delictivo. Por ejemplo, el de gritar muy fuerte al pasar junto a una persona o una pareja que camina. O por ejemplo, el de tocarle el culo a la chica que está apostada junto a la acera.
De entre los chistes de cachocarnes, me quedo con uno inolvidable. Un padre está llegando a casa, y escucha el llanto histérico de su hijo adolescente antes de entrar al portal. Va subiendo la casa y no deja de oír los alaridos de su hijo, que pertenece a la comunidad de los cachocarnes. El padre abre la puerta de casa, corre por el pasillo y llega hasta la habitación de la criatura. Allí ve a su hijo, descompuesto, los ojos reventados por el llanto, el rostro fruncido, como presa de un sufrimiento inhumano. Entre sus manos nerviosas porta a duras penas un libro. Su madre está tras él, agarrándole de la frente, como una matrona facilitándole un complicado parto. "¿Qué le pasa al niño?", pregunta el padre. "Nada. Está rompiendo a leer", contesta la madre.

A pesar de todo, el cachocarne puede llegar a convertirse en leyenda. Para eso, necesita una buena planta y alguna hazaña. Leo que a Miguel Carcaño, el asesino confeso de la joven Marta del Castillo, uno de los cachocarnes más egregios que han proliferado en la ciudad hispalense en los últimos tiempos –otro memorable cachocarne es el personaje que se autocuchilló recientemente en las Barbacoas del Ramón de Carranza y que resultó ser autor de aquella inolvidable paliza a un guardia de seguridad en un derbi Sevilla-Betis-, leo que al Carcaño le ha salido una admiradora, que le envía semanalmente decenas de cartas. Le insufla ánimos y le reafirma en su condición de cachocarne víctima y perdedor. Qué quieren que les diga, la estética siempre puede conmigo. Y perdónenme la frivolidad, pero uno compara al tal Carcaño con otros asesinos imbuidos de la mítica de la locura como Charles Manson, Mark Chapman o Harvey Oswald y sólo puede sentir que, hasta en cuestiones de mala sangre, no hemos hecho sino ir a peor.