
Si fuera cineasta y alguna vez me viera en la tesitura de hacer un
remake, me gustaría que fuera de
La invasión de los ladrones de cuerpos. Y eso que la última versión de la
Kidman, a pesar de la que le llovió de críticas, no me disgustó del todo (aunque me sigo quedando, qué quieren que les diga, con la del 78, con el inigualable
Sutherland Sr.) Yo haría una versión muy especial, y absolutamente actual. Hablaría de la invasión de los Cachocarnes, un espécimen que, sin llegar a ser extraterrestre, tampoco es del todo humano. Resulta incluso más animal que humano. Y en los últimos tiempos nos invade y contamina con una insistencia y un ruido verdaderamente irritantes.
El pueblo donde vivo está tomado por los cachocarnes. El cachocarne rural es bastante arquetípico: joven, de unos 20 años, con el pelo normalmente rasurado o bien con peinado moderno, tachuelado en la ceja o en el labio, por lo general tatuado. El cachocarne rural se desplaza en escúter con el tubo de escape trucado si no sobrepasa los 18 años, y a partir de esa edad suele conducir BMW o similar, siempre tuneado, con luces en los bajos. En cuanto a gustos musicales, al cachocarne rural le gusta sobre todo el regetón, aunque también ama
El Barrio,
El Bicho, y grupos de ese tipo, en plan
flamenquito profundo. Al cachocarne es imposible hacerle entrar en razón, ni siquiera es recomendable establecer diálogo con él. Es un tronco de carne para el que el lenguaje sólo es un instrumento de insulto, o como mucho de piropo a la hembra. La hembra, por supuesto, también es cachocarne, pero en su género. Su apariencia exterior es igualmente reconocible: rabillos marcados de ojo, pulseras doradas de dedo, piercings a diestro y siniestro, pantalón estrecho, bajo el que siempre se asoma bragamen tipo tanga, con un corazón o un nombre de macho cachocarne tatuado. El papel de la cachocarne hembra es bastante más pasivo, en el sentido de que se limita a ser una pantalla que responde a los estímulos del cachocarne macho a través de sonrisas, gritos o besos. El cachocarne macho es violento y pendenciero. A un servidor, desde que habita en el pueblo, le han roto el cristal del coche, se lo han rayado, le han escupido en la puerta, cosas así. Un día, en el bar de debajo de mi casa, habitual emplazamiento de concentración de los cachocarnes de mi pueblo, se lió una pelea entre dos cachocarnes. En esta ocasión, al contrario que otras veces, no hubo cabezas abiertas por botellazos, ni paliza a hembra cachocarne, ni un tipo tirado en medio de la carretera sin camiseta y completamente ido; en esta ocasión, a uno de los cachocarnes en litigio, movido por la rabia y la impotencia, se le ocurrió dar una patada al coche que estaba allí aparcado. El coche, ya lo imaginarán, era el mío. Como la Policía estaba presente, al día siguiente fui a un careo con el cachocarne. Mi conversación con el tronco de carne, que ya estaba de resaca y bastante arrepentido, es una de las experiencias vitales más cercanas al surrealismo que he tenido. Descubrí que el cachocarne no era malo, pero tampoco bueno. Que el cachocarne sólo era eso, un pedazo de carne facultado para el balbuceo y para la interjección, capacitado para fornicar, para beber hasta el desmayo, para respirar y para tunear su BMW. Pero no para más.
-Yo también me he emborrachado con tu edad, tío –le explicaba yo, entre la amonestación condescendiente y la voluntad de contemporización, aunque internamente he de confesar que sentía miedo; el cachocarne me sacaba dos cabezas-. Yo también he hecho el cafre, pero nunca me ha dado por putear al prójimo.
-Aro, aro –decía el cachocarne-. Pero es
que esa gente se pasaron, yo con esa gente no me junto (sic).
Y yo seguía, engañándome a mí mismo con palabrería, esgrimiendo argumentos que chocaban contra el tronco de carne y me rebotaban una y otra vez la misma contestación:
-Aro, aro. Perdona, quillo.
Al final no lo denuncié. Lo dejé estar porque esperé que algún resquicio de entendimiento penetrara en aquel cuerpo, que por alguna extraña casualidad un día se le encendiera una luz interior, y también porque nos íbamos a tener que ver por el pueblo cada dos por tres. Lo cierto es que el cachocarne me respeta ahora, pero de vez en cuando lo veo por el pueblo haciendo nuevamente de las suyas. O más bien lo escucho, porque esa es otra propiedad del cachocarne: su capacidad para el grito, los decibelios atemperados de su voz, que se dejan sentir en kilómetros a la redonda.
El cachocarne urbano no es muy distinto. Aunque creo que echa más mano de las Nuevas Tecnologías: se mueve mejor con el móvil, y es capaz de escribir un mensaje de esos de t spro a ls 10 dnde spre en menos de tres segundos.
El cachocarne urbano utiliza las amplias avenidas de la ciudad en los horarios de menor afluencia para perpetrar todo tipo de divertimentos. Uno de ellos, que yo he visto con mis propios ojos, es el tironeo. Tirar del bolso de la viandante de turno y arrastrar a la mujer los metros que sea preciso hasta que lo suelte. Cuando vivía en la ciudad, yo también fui víctima de uno de esos tirones: los cachocarnes no consiguieron finalmente llevarse el Discman que portaba en una bolsa sobaquera. Pero hay otro divertimento que los cachocarnes practican en las avenidas que no es estrictamente delictivo. Por ejemplo, el de gritar muy fuerte al pasar junto a una persona o una pareja que camina. O por ejemplo, el de tocarle el culo a la chica que está apostada junto a la acera.
De entre los chistes de cachocarnes, me quedo con uno inolvidable. Un padre está llegando a casa, y escucha el llanto histérico de su hijo adolescente antes de entrar al portal. Va subiendo la casa y no deja de oír los alaridos de su hijo, que pertenece a la comunidad de los cachocarnes. El padre abre la puerta de casa, corre por el pasillo y llega hasta la habitación de la criatura. Allí ve a su hijo, descompuesto, los ojos reventados por el llanto, el rostro fruncido, como presa de un sufrimiento inhumano. Entre sus manos nerviosas porta a duras penas un libro. Su madre está tras él, agarrándole de la frente, como una matrona facilitándole un complicado parto. "¿Qué le pasa al niño?", pregunta el padre. "Nada. Está rompiendo a leer", contesta la madre.
A pesar de todo, el cachocarne puede llegar a convertirse en leyenda. Para eso, necesita una buena planta y alguna hazaña. Leo que a Miguel Carcaño, el asesino confeso de la joven Marta del Castillo, uno de los cachocarnes más egregios que han proliferado en la ciudad hispalense en los últimos tiempos –otro memorable cachocarne es el personaje que se autocuchilló recientemente en las Barbacoas del Ramón de Carranza y que resultó ser autor de aquella inolvidable paliza a un guardia de seguridad en un derbi Sevilla-Betis-, leo que al Carcaño le ha salido una admiradora, que le envía semanalmente decenas de cartas. Le insufla ánimos y le reafirma en su condición de cachocarne víctima y perdedor. Qué quieren que les diga, la estética siempre puede conmigo. Y perdónenme la frivolidad, pero uno compara al tal Carcaño con otros asesinos imbuidos de la mítica de la locura como Charles Manson, Mark Chapman o Harvey Oswald y sólo puede sentir que, hasta en cuestiones de mala sangre, no hemos hecho sino ir a peor.