jueves, 29 de octubre de 2009

En buena compañía

Mi hijo anda obsesionado con Batman y Spiderman. Confieso que yo tengo mucha culpa: desde que casi no tenía dientes le he ido mostrando, de forma paciente y sistemática, de forma cotidiana y casi como quien no quiere la cosa, distintos volúmenes de mi parva colección de cómics, en la que estos dos superhéroes ocupan un lugar preeminente. También le he comprado miniaturas, de éstos y de muchos otros héroes, con los que Pablo juega todos los días, a casi todas las horas. Con algunos de ellos llega incluso a bañarse. Pero desde que tengo TDT y estoy abonado como muchos otros padres a Clan TV, la obsesión por Batman y Spiderman se ha acentuado, merced al hábito recurrente de este canal –y de la mayoría de los de cable- de repetir contenidos de forma machacona. Da igual que el capítulo sea otra vez el de El Espectacular Spiderman contra “El Duende Verde, o el de Batman contra El Pingüino. A Pablo lo que le gusta es ver a Batman y a Spiderman deslizándose por las calles de Gotham y de Nueva York, a Batman y Spiderman dando mamporros, soportando los golpes, llegando al límite de sus fuerzas para ganar al final, para ganar siempre.

Mi padre le compró ayer a Pablo un muñeco blando, de ésos rellenos de espuma, que reproduce a Spiderman en su característica pose fruncida, al acecho de cualquier peligro. Ahora ya tiene a Spidey y a Batman en ese formato (mi padre también le regaló el Señor de la Noche), y anoche se zampó los capítulos de los superhéroes que pasaban por la TDT prácticamente abrazado a sus dos “amigos” (él los llama así, amigos). Esta mañana, al despertarlo, lo primero que ha hecho es preguntarme por ellos. Me he llevado a Pablo al salón, y allí los ha visto, en los sillones, pacientemente sentados, tal y como los dejó la madre anoche. “¿Cómo habéis dormido hoy, amigos?”, ha preguntado.

Desde hace un rato estoy bastante inquieto. Espe me ha llamado comentándome que Pablo se ha llevado a los muñecos en el coche, y ya allí, en el cole, no ha consentido devolvérselos a la madre para que los llevara a casa. Quería jugar con ellos en la clase, y al final hasta la propia profesora ha transigido. Pero resulta que la madre, por despiste, se ha llevado consigo la mochila de Pablo, y cuando se ha dado cuenta ha vuelto al centro. Mientras dejaba la mochila a la profesora, desde la puerta del aula, ha identificado a Pablo, entre sus compañeros, llorando como un descosido.

-Le habrán quitado los muñecos. No querrá compartirlos.

Me ha asaltado una poderosa sensación de desasosiego, porque lo he podido imaginar allí, rodeado de todos sus compañeros, incapaz de contener la avalancha de manos que le exigen el contacto con sus superhéroes, toquetear a sus amigos, incluso destrozarlos y sacarles la espuma.

-No tenía que habérselos llevado –le he dicho a Espe.

-Bueno –ha contestado ella-. Tiene que aprender a darse cuenta de los errores.

Pero a lo mejor no es un error, he pensado. A lo mejor los superhéroes le ayudan a volverse más fuerte, a hacerse más duro, a ganarse el respeto y la simpatía de toda su clase. Al fin y al cabo, son sus amigos, y de entre todos los que tendrá en la vida tened por seguro que ésos nunca van a defraudarle.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Buscadores de flores hermosas

Leo casi de un tirón la novela corta Majarón, de Manuel Moya (Editorial Baile del Sol). Al cerrarlo siento algo parecido a lo que me ocurrió hace tiempo con Hubert Selby Jr., con Montero Glez, con los relatos de Domingo López, con Fernando Vallejo, con cierto Royuela. Que formamos parte de un club escurridizo e inasible, una especie de escuela de sensibilidades compartidas: la escuela de la palabra llena de mierda, que persigue la comunicación urgente como quien dispara en defensa propia. Gusto por la expresividad, por lo poético-aberrante, literatura construida con voces de la calle, obsesión por los jardines de la sordidez donde se ocultan flores hermosas que hay que descubrir. Escuela de escritores destripados, ése podría ser el nombre. Yo sólo soy un aspirante.

jueves, 22 de octubre de 2009

Vaya tela

Joder. La gente ha perdido la vergüenza. La perspectiva de las cosas. El buen gusto. Hay gente que ve cosas así y realmente se emociona. Tengo una compañera que asegura conmoverse cada vez que lo ve. Que se le eriza la piel. Coño, a mí también. Pero de vergüenza.

Esto es lo que tenemos. Y aquí anda uno, intentando decir cosas bonitas, intentando describir la belleza de la vida cotidiana, poner una flor sobre los ángulos oscuros, arañarle color a la grisura, sacar petróleo de las metáforas. Pero después está esto, cosas como este engendro, que a mucha gente le conmueve, y que circula por la red como un fenómeno estético de primera magnitud, como pura poesía.

De verdad que lo pienso: ¿Soy yo el que tiene la lente deformada? ¿Es problema de mi perspectiva? ¿Tengo, como dejó escrito Baroja, la sensualidad pervertida? San Joris-Karl Huysmans, tú que pariste a Des Eissentes, no dejes por favor que nos hagan esto. El mal gusto nos invade, es una puta carcoma.

En fin. Feliz fin de semana a todos.

En qué trabajo, 1

Recuerdo que fue de las últimas veces que lo vi. Durante mucho tiempo había renunciado a entrevistarse conmigo, de manera que todos mis despachos eran con su mano derecha, una de sus concejalas. Pero un día nos llamó, a mi socio y a mí. Acudimos como de costumbre, como particularmente yo había hecho decenas de veces, durante los dos años que duró nuestra relación. Subimos por la imponente escalinata de mármol, avanzamos por el noble pasillo abarrotado de maderas de roble, de porcelanas y de placas conmemorativas, y llegamos hasta el despacho de la Alcaldía.

Allí estaba él. Tenía el semblante severo, y una vaga presión sobre los hombros que le hacía caminar encorvado y parecer algo mayor. Nos pidió que nos sentáramos, ocupó su sillón de Alcaldía, y desde allí, fatigado, con el rostro funerario, como resignado al padecimiento de algún mal, nos lo explicó.

-Os he llamado porque no sé cómo afrontarlo.

Antes de abordar el meollo del asunto dio infinitas vueltas: se perdió en sus propias palabras, formando una enorme madeja de interjecciones y frases incompletas en su boca. Llevaba tres legislaturas como alcalde, era una persona respetada, querida, alguien importante. Pero ahora parecía un espantajo, una marioneta con las extremidades torpes, débiles, inservibles. Un soldado derrotado.

-No puedo salir a la calle –confesó-. Siento pánico a andar por el pueblo. La gente me para, quiere hablar conmigo. Se detienen para saludarme, o para pedirme algo. Pero yo no puedo.

Tardamos en entenderlo, pero al final lo conseguimos. No estaba pidiendo asesoramiento. Simplemente quería que le escucháramos. Se sentía alguien ajeno a su pueblo, a ese pueblo por el que había dado más de una década de su vida. Decía que cogía el coche y prefería hacer muchos kilómetros para tomar un café antes que quedarse allí, junto a los suyos. Le repugnaba caminar por la calle y saberse continuamente observado y analizado. Se pasaba las horas muertas en el interior de su despacho, al que llegaba muy temprano y del que apenas salía. Había crecido en él una aversión enfermiza por la gente, por toda aquella gente a la que supone que debía defender desde su condición de máximo representante del pueblo.

-No puedo –decía, como quien asume que porta una enfermedad incurable, completamente ajeno a nuestros comentarios, mera prestidigitación de lugares comunes de consuelo.

No repitió como alcalde. Al poco su partido inició una cacería interna que dio con sus huesos fuera del sillón. Tenía negocios, se decía que había especulado con suelos, se sospechaba que estaba en el ojo del huracán. Pero lo cierto es que logró salir sin mancha. No lo volví a ver. Es posible que, si lo hiciera hoy, ni siquiera lo saludaría. Pero puedo recordar con precisión su rostro de aquel día, que me asalta de vez en cuando, de forma súbita, cuando tomo café en cualquier cafetería del centro o cuando voy camino de una reunión, o simplemente cuando tiro de la cadena del váter. Pocas veces, o nunca, he visto asomarse a unos ojos el terror de una forma tan nítida.

martes, 20 de octubre de 2009

Esclavo

Tiene la mirada como si hubiera hundido los ojos en un charco, y no sabe qué hacer con las manos mientras habla. Está jugueteando con el papel arrugado del azúcar, como si buscara algún resquicio, como si fuera posible abrir una brecha invisible en medio del papel para hundir la mano, y detrás el resto del cuerpo, para así desaparecer de mi vista, de la cafetería, del resto del mundo. Parece como si la corbata le apretara el cuello hoy más que nunca, como si estuviera a punto de asfixiarle. Me cuenta que él no se lo esperaba, que nadie se lo esperaba.

-El chalé de la playa.

Me dice que probablemente con el chalé de la playa nunca debería haberse atrevido, que probablemente era demasiado. Pero que indudablemente el colegio en el que estudia su hijo es sin duda el mejor de Sevilla, que se dan tortas por entrar, así que, si tuviera que reducir costes, no sería por ahí. Primero vendería eso, el chalé de la playa, y si acaso se plantearía quitarse de en medio el audi. Desde luego ya tiene hablado con su mujer abandonar el Náutico, le dio un disgusto tremendo, dice que ella se puso a llorar, porque qué diría su amiga Mónica, y su amiga Sara, y todo el grupo de las que por las mañanas se reúnen para jugar al pádel.

-Y mi mujer se acordó del cumpleaños de Álex.

Del bueno de Álex, del querido Álex, que la semana que viene cumplirá 6 años y al que ya le había prometido un viaje a Eurodisney para el puente de Todos los Santos, y al que sólo anteayer él le prometía, antes de dormir, que iba a tener la piñata más grande del mundo, una piñata tan grande como todo el piso, como la casa del campo de los abuelos. Y ahora qué va a hacer,

-Y ahora qué hago, Dani –me dice, y aunque estamos muy cerca, y aunque son invisibles, percibo los barrotes, los fríos aceros de la jaula que lo encierra, los grilletes que le atenazan sus manos nerviosas recordándole que él mismo lo ha propiciado, que él mismo ha firmado su propia sentencia de esclavo, vendiendo su vida a un estatus que, ahora que acaban de ponerlo en la calle, después de toda una labranza de años de vida social, de cenas de conveniencia, de hipotecas multimillonarias, de colegios donde su hijo comparte pupitre con los hijos de toda esa gente que cada día sale en las páginas de sociedad de la prensa local, después de tanto esfuerzo y sacrificio, se convierte en una celda implacable, en la que apenas consigue respirar.

lunes, 19 de octubre de 2009

Triste consuelo

Mi hermano y mi cuñada, enfangados como nosotros en el cuidado de su primogénito, aborrecen a Caillou. Lo tienen por un dibujito insulso, estúpido, bobo, que les resulta especialmente insoportable por el contexto del personaje: la familia en la que se desenvuelve el muñequito es tan perfecta como anodina. Es el prototipo de la “ficción educativa canadiense”. Nunca hay un puñetero mal rollo, nunca hay un grito: si la niña pequeña, Rosi, tira al suelo el plato de macarrones, el padre acude como un julai a recoger los restos del suelo, y encima ríe de forma estúpida, como si acabara de someterse a una sesión de lobotomía; si el perro, Gilbert, ha pisoteado un charco y pone el salón perdido de huellas, la madre sólo suelta un “¡Oh, Gilbert!” con menos fuelle que el pedo de un clic; si Caillou coge una pataleta porque esa tarde no lo llevan al circo, sus papás le acarician la espalda y, con una suavidad exasperante, le tranquilizan y convencen sin necesidad de una mala voz. Caillou, además, es el típico niño al que uno colgaría de los cojones: redicho, pijo, intentando aparentar más edad de la que tiene, predispuesto a la ejecución de cualquier tarea, insoportablemente asertivo. El niño que todo el mundo sufre en su comunidad de vecinos y al que a uno le gustaría plantarle un sopapo alguna vez en su vida.

Hubo un tiempo en que yo consumía cine de forma compulsiva. Me acuerdo de que, cuando vivíamos de alquiler en el antro de La Juncal, Espe y yo solíamos perpetrar “maratones de cine”, en los que éramos capaces de chuparnos tres películas de una tacada. Recuerdo con gran nostalgia, por ejemplo, aquel día en que nos tragamos en un solo día las versiones extendidas de la trilogía de El Señor de los Anillos que Espe me había regalado por navidades. O aquella otra vez en que también nos zampamos toda la saga de El Padrino de una larga sentada.

No soy ningún tonto cuando veo cine. Quiero decir, que tengo el gusto bastante bien educado. Manejo tendencias y escuelas, distintas épocas, autores. No soy un entendido, pero he expuesto mis retinas a muchas horas de buen y mal cine y al final tanto entrenamiento tiene que dar sus frutos. Es por eso, y también por cierto interés por la bibliografía cinematográfica, por lo que se puede decir que me manejo con más o menos solvencia en esto del cine, por lo menos en el producido hasta los años 80. Es por eso que me gusta “el cine que habla de cine”, las intertextualidades, los homenajes velados, etc. Me he vuelto también mucho más exigente con los guiones, que al cabo me parecen casi lo más difícil del cine. Y en general he refinado mucho mi paladar, que ya no se muestra dispuesto a saborear cualquier cosa.

Creo que en materia de bazofia cinematográfica, como en cualquier producto de consumo, existen categorías. La más miserable es la categoría de las “películas Scottex”: películas para limpiarse el ojete y luego tirar de la cadena. Verlas produce una sensación parecida a la de cagar, concretamente a la de cagar diarrea: se consume, no deja ningún poso, y uno se enfrenta al rigor del olor a través del sarcasmo o de la ironía. Siempre queda, frente a tamaño espectáculo, verbalizar la jugada: dedicarse a criticar la interpretación de la protagonista, o lo trillado de la puesta en escena de la secuencia de suspense de turno, o el chiste idiota del personaje que va de gracioso. Para las películas Scottex viene muy bien el aderezo del alcohol, porque te ayuda a perder un poco de perspectiva y a ser un poco más condescendiente con el olor. Después de las películas “Scottex” están las películas “Clínex”. No se trata exactamente de mierda, sino más bien de excrecencias, nada para tener demasiado en cuenta. También es algo de usar y tirar, y no deja ningún poso. En el tercer estadio estarían las películas “Durex”, que sí provocan cierto regocijo, que sí te pueden dejar mácula, aunque tampoco impregnan en exceso. Está el gusto pasajero de ver, el placer que reporta una hora y media de diversión. Más allá del “Durex” empieza las categorías de “lo bueno”, pero para llegar a “lo bueno” antes tienes que haberte tragado mucha porquería, antes tienes que haber olido mucha pestilencia y haber contemplado muchas heces repugnantes.

En los últimos tiempos mis dotes como buscador de obras interesantes, como rastreador de películas que merecen un hueco en los anaqueles de mi salón, se han ido relajando. Todas mis horas de exposición al televisor están consagradas, en su mayor parte, a los dibujos animados. Dibujos entre los que se sitúa, en primer lugar y con diferencia del resto, Caillou. Caillou es la venganza de mis hijos contra mí, la primera tentativa de ese anhelo freudiano de matar al padre. En cierta manera, es la venganza del Séptimo Arte contra Daniel Ruiz García. Yo, el catador exquisito, el despotricador de obras vulgares, ése al que sus amigos pusieron el epíteto de “Dani el de las películas raras”; yo, el tipo que se sobrecoge ante una secuencia que le parece brillante y que es capaz de detener una película de consumo compartido para volver a ver una misma escena con una absoluta falta de respeto al resto de la concurrencia; yo, que me he visto obligado decenas de veces a ir solo al cine porque mi pareja o algún amigo se refería a la oferta en cuestión como “otra de tus películas”; yo, que me he quedado hasta las tantas de la madrugada esperando en La 2 el pase de una peli de Satyajit Ray o de Jarmush o incluso de alguna obra temprana de Cassavettes; yo, que he sido capaz de montar en cólera e irme a la cama porque mi mujer –con todo su derecho- insistía en apretarse un bodrio diabético de Meg Ryan o de Julia Roberts; yo, en fin, me veo ahora apretado contra las cuerdas y en la tesitura de enfrentarme diariamente al consumo indiscriminado de capítulos de Caillou.

Quizá por eso poco a poco me he visto obligado a derivar mi perspicacia cinematográfica hacia el análisis de los dibujitos de marras. Hasta el punto de que, si no disfrutar, sí desde luego he convertido su análisis en una experiencia llevadera. Algo así como cuando nos invitan a una fiesta indeseable y acabamos cogiéndole el gusto al considerarla un escaparate de interés antropológico. Y vista con un poco de mala leche, la serie no tiene desperdicio. Así, por ejemplo, hay un personaje, el mejor sin duda de la serie, que oportunamente se llama Sr. Hinkel (sí, sí, igual que “hincar”), y que vive junto a Caillou. Es un viejo que vive solo en su gran casa, y que tiene una inquietante simpatía por Caillou y sus amigos. Su aspecto es verdaderamente siniestro. Hay un memorable capítulo en el que el Sr. Hinkel aparece detrás de un seto. El personaje mira a los niños, que juegan en el patio de su casa, y dice: “¡Ah! Hola, niños. ¿A que no sabéis que tengo aquí?” Lo que tiene “aquí”, detrás del seto, justamente a la altura de la cintura, resulta ser, ejem, una caja de cartón. En otro capítulo, el Señor Hinkel se lleva a Caillou a una granja. “¿Quieres ver cómo toman leche los cabritillos, Caillou?”, pregunta. El tono del señor Hinkel resulta escalofriante.

La serie está plagada de frases estimulantes. Así, Caillou tiene una compañera de guardería, Sara, que es oriental. La niña invita a Caillou a cenar con su familia. La china tiene una hermana, que obviamente también es china. Cuando está de vuelta, ya en la cama, la madre de Caillou pregunta al niño: “¿Qué tal lo pasaste hoy en el Barrio Chino con tus amiguitas, Caillou?”.

Y también hay cosas que no se ven. Elipsis que para una mente calenturienta como la mía resultan inquietantes. Por ejemplo, los padres de Caillou salen a cenar y los niños se quedan con una cuidadora. Una chica joven, guapa, moderna. Cuando vuelven de la cena, veo que el padre lleva el rostro muy contento, y la corbata ligeramente desabrochada. Vamos, que va muy puesto. Entonces el padre se ofrece alegremente a llevar a la cuidadora adolescente a su casa. “¡Vamos! –le dice, con ese correcto tono que usan en los dibujos-. Te llevaré a casa”. Y la joven se va con el padre de familia borracho en el coche. Ahí empieza lo que no se ve en la serie. Tampoco se ve la fiesta de disfraces que los padres montan un día en el salón, y a la que no están invitados los hijos. “¡No podéis bajar!”, le regaña la madre a Caillou. Uno puede imaginar qué tipo de fiesta de disfraces para adultos se está organizando en la planta baja.

Cosas de este tipo, la “Historia oculta de Caillou”, es lo que me permite no asquearme cada noche antes de que los niños se duerman, y perder los escrúpulos, esos escrúpulos que, en realidad, me convierten en un tipo algo estúpido. Decididamente, voy a animar a mi hermano y mi cuñada a que se apunten a ponerle a mi sobrino la serie. Tengo que convencerlos de que si lo ven desde esta perspectiva resulta un ejercicio mucho más creativo y estimulante que cualquier película de arte y ensayo. En fin: el que no se consuela es porque no quiere.

viernes, 16 de octubre de 2009

Pasar por allí


Casualidades de la vida: llevo un par de días reescuchando los primeros discos de Nirvana, especialmente Bleach. Estoy con Iggy Pop, quien considera que éste es su disco preferido de la banda. Y hoy viene un reportaje en el EP3 conmemorativo del 20 aniversario de la publicación del disco.

Carajo, he pensado. 20 años. Cómo nos hacemos viejos, puñeta. Por entonces yo tenía 13, y sólo dos años más tarde, con 15, me convertí en un grunge. Porque ahora, en la distancia, pienso en mi yo de los 15 años y me veo la pinta, esa pose rebelde, esa querencia por la ropa rota y las camisetas destintadas, ese gusto por lo desmañado, por lo sucio, y llego a la conclusión de que mi tribu urbana fue la del grunge. El grunge de la rabia, del odio, del litroneo incívico, ligeramente más amable que el punk –éste ya me cogió lejos por edad-, mucho más pijo que el heavy –nunca lo fui, entre otras cosas, porque siempre aborrecí los pantalones de pitillo-, pero también mucho más romántico, más melancólico, con esa melancolía tan propia de ciertas canciones de Nirvana. Después, claro, descubrí a Sonic Youth y a los Pixies, y me di cuenta de que no habían descubierto la pólvora, y que en el tramo entre los Zeppelin, los Black Sabbath, los Stooges y etcétera, y Nirvana y otros grupos como Pearl Jam o los Weezer había un tramo desconocido para mí, un germen localizado –qué raro- en Nueva York, en Boston, y que a fin de cuentas lo de Seattle era tan sólo una marca.

Fui muy fan de Nirvana. Era de los que llevaba camisa de cuadros por fuera, camiseta raída, pantalón corto, deportivas viejas. Era de los que lucía melenas imposibles (mi cabellera se pareció durante mucho tiempo a la de Julius Erving), y de los que se dejaba la barba, que por aquel entonces se parecía más bien a un amasijo ralo de alambres. La cerveza siempre fue un credo para mí, y la bebía como una pose, y después, cuando me emborrachaba, me encantaba escuchar música a todo volumen. Ignoro la cantidad de veces que pude escuchar, en el walkman, el Nevermind. Siempre iba con los cascos en las orejas, y con el cuerpo encorvado, con la mochila del instituto al hombro. Recuerdo que el padre de mi buen amigo Víctor, al verme pasar, me llamaba “el colgado”. Era un auténtico colgado, no hay duda. Mi hermana pequeña Berta aún recuerda con cierto ridículo cuando, en una fiesta de fin de curso de su colegio, aparecí por allí disfrazado como una especie de Angus Young rústico: pantalón de colegial, botas altas y la obligada camisa de montañero, debajo de la cual asomaba una camiseta interior de manga larga. Un tipo algo friki, con una pinta parecida a los que hoy figuran en la portada del EP3: un grupillo de pequeños niñatos inflamados de vanidad y con una perpetua cara de estreñidos.



Ese fui yo durante mucho tiempo. Bastantes años después leí la completa biografía que Charles R. Cross dedicó a Cobain y descubrí algo que siempre había imaginado: que el mito viviente de Seattle, que el último maldito del rock, no había sido, en realidad, mucho más que un gamberro, zarandeado por unas circunstancias familiares miserables y con un poco de suerte, cuyo principal mérito fue saber beber de los charcos adecuados y tener buen oído para la melodía y buena garganta para materializar en forma de sonidos su rabia. Aun así, no hay más que leer cualquier biografía de los Beatles para descubrir que los de Liverpool tampoco eran unos lumbreras, sino más bien gente que pasaba por allí en el momento propicio. Imagino que al final todo se reduce a eso, a pasar por allí, a cruzar Abbey Road en el instante justo. Hay, supongo, mucho de suerte, de carambola, en todo lo que tiene que ver con la expresión artística. Ser conscientes de eso ayuda a poner las cosas en su sitio, y a no sentirse un iluminado. Y no perder los papeles y acabar haciendo tonterías como, no sé, pegarse un tiro con una Remington M-11 calibre 20.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Patria

Por favor no se lo digáis, pero esta mañana, cuando ella todavía dormía, esperando el rebuzno cruel del despertador dispuesto a abrir las tripas a un nuevo día, cuando aún se revolvía en su calidez soñolienta, completamente ajena a las miserias de este lado del mundo, por favor no se lo digáis, pero esta mañana la he mirado en silencio y he sentido que es ahora cuando la quiero más que nunca. Hemos recorrido tantos días juntos, hemos roto tantos almanaques, hemos agotado tantas tardes de sonrisas y llanto; hemos gastado tantas suelas de zapatos, hemos soportado juntos tantas aciagas resacas, tantas pérdidas, tantas decepciones, gente que viene y se va, gente que no es como imaginábamos, momentos en los que creímos morir, instantes en los que volvimos a nacer. Hemos visto tantas cosas juntos que mirarla ahora, en el silencio y la semioscuridad de la habitación, que mirarla ahora, observar nuestra cama, la forma tan extraña que tiene de dormitar, castañeteando ligeramente los dientes como a punto de lanzar una réplica, me parece como si en cierto modo me mirara yo mismo en el espejo, como si observara la fachada de mi propia casa. Ella es mi hogar, el sitio donde está mi verdad –si es que algo así existe-, el vientre del que partieron mis dos hijos hacia el mundo. Ella es la hoguera que siempre crepita, la caña que garantiza la verticalidad de mis ramajes caprichosos, tendentes a la curva, a perderse en florituras, en lo confuso. Hoy hace cuatro años que nos casamos, y bastantes más desde que nos conocimos y empezamos a salir. Será un día tan normal como cualquier otro: día de briega y deslome con los niños para ella, día de perderme entre papeles y llamadas insulsas de teléfono para mí. Hasta que llegue la tarde y el metro arrastre otra vez mis huesos molidos hasta casa, para seguir luchando, pero esta vez en el hogar, esta vez junto a ella y a las carcajadas y el olor a leche y miel de mis hijos. No habrá ningún regalo de aniversario, no habrá sorpresa ni fuegos artificiales, si acaso después de dormir a los niños beberemos cerveza y nos contaremos anécdotas nimias arrancadas del día, si Pablo lloró o no al entrar en el cole, si ya se cortó la diarrea de Alicia, si ha llamado mi madre, y al final, derrengados, como dos montañeros coronando una nueva cima, nos iremos a la cama y nos acostaremos abrazados, muy pegados el uno al otro. Y tocar su piel, acariciarla, sentir el pálpito de su pecho, será como pasar la mano por la cal de la fachada de casa, agrietada, expuesta al frío y a las inclemencias, con algunos desconchones y garabatos, pero a fin de cuentas donde habito, donde soy más yo, el lugar en el que mejor me siento, adonde me gustaría que me sorprendiera la muerte. A eso que llaman amor yo lo llamo patria.

martes, 13 de octubre de 2009

Ni gota

Es del TBO. Le dan el Nobel a Barack Obama no por lo hecho, sino por lo que tiene que hacer en defensa de la Paz. No hay por dónde cogerlo. Dicen que Obama está algo inquieto, porque el premio le exige mucha responsabilidad. Ahora, con el Nobel en la mano, le toca demostrar que lo merece (¿ein?).

Se premia a un tipo que permite cosas como Guantánamo. Al que le cuesta dar el paso para incorporar políticas de integración de homosexuales. Que se sube al trono de un chiringuito con vistas al mundo, desde donde hace y deshace como si jugara al Risk. Y a semejante tipo, que no tiene más mérito que un buen equipo de asesores, un bufete de buenos escritores de discursos y la coyuntura de ser el primer negro en subirse al carro de la presidencia, cogen y le conceden el Nobel de la Paz.

Para ponerse a mear y no echar ni gota, vaya. De todas formas no deja de tener cierta lógica. A fin de cuentas, el galardón lleva el nombre del individuo que inventó la dinamita.

viernes, 9 de octubre de 2009

Hay que tomárselo en serio

El otro día coincidí con un par de blogueros que de vez en cuando se pasan por aquí: eran Fran G. Matute y Porerror, que contribuyen a esto del universo blogger con dos propuestas realmente frescas e interesantes. Pues bien, cabe decir que a uno sólo lo había visto una vez y fugazmente, y al otro sólo lo conocía por su blog. Y lo cierto es que, en apenas un par de minutos, tanto yo como supongo ellos teníamos la sensación de conocernos desde hacía mucho tiempo. No es para menos: a través de sus blogs, igual que ellos a través del mío, he ido conociendo sus gustos, sus disgustos, sus anécdotas personales, en fin: su sensibilidad. Es por ello que no necesitamos excesivas palabras para sentirnos en sintonía (las cervezas fueron sólo un condimento).

Esto que leéis de vez en cuando los que os asomáis por aquí pretende ser algo así como un dietario, como la ruta de paranoias de alguien que ha convertido la palabra en su principal residuo de supervivencia subjetiva, en su forma de tomar posición frente a la realidad que le circunda. Es por ello, y porque a lo largo de mi vida he parido tres libros y he obtenido algunos premios, por lo que, supongo, mi blog podría entrar dentro de esa espuria categoría que se denomina “blog literario”. Lo cierto es que el único punto en común que encuentro entre los blogs que pertenecen a este club es que los autores son escritores con libro publicado, a pesar de que hay mucho, y muy bueno, dentro de los blogs de gente que no ha publicado, y que en no pocos casos atesoran mucha más calidad que los manufacturados por los supuestos literatos (a las evidencias de Fran G. Matute y Porerror me remito).

Sea como fuere, y por mera curiosidad, en todo este tiempo de contacto con Internet y de eclosión del fenómeno blog he tenido ocasión de realizar muchas visitas a blogs de escritores. Escritores, huelga decirlo, mucho más serios que yo, con mucha más trayectoria y premios y reseñas elogiosas en los medios de prestigio. Y al cabo de ese desmañado proceso de investigación, he llegado a algunas conclusiones que dejan muy mal a la mayoría de los escritores. Porque la principal conclusión que he extraído es que los escritores no suelen tomarse muy en serio esto de los blogs. Siguen considerando que la palabra en papel tiene mucho más crédito, y por tanto conceden una importancia absolutamente secundaria al formato digital frente a lo que vomitan sobre sus libros o sus columnas de prensa. Además de esto, hay otra observación que me parece especialmente grave: en lugar de contribuir a acercar a los autores con los lectores, creando la posibilidad de un diálogo directo –una de las indudables virtudes de este formato-, muchos blogs de escritores no hacen sino perpetuar este distanciamiento, que en no pocas ocasiones obedece a la vanidad del escritor y a su incapacidad para asumir que alguien de la calle pueda hacer críticas a lo que uno escribe. Así, es realmente triste comprobar cómo hay comentarios que los lectores dejan en post de escritores sin que nunca hallen contestación. Me parece lamentable, como también el hecho de que haya muchos célebres –y no tan célebres- escritores que impidan la posibilidad de hacer un comentario a las entradas. ¿Qué sentido tiene mantener un blog si no hay forma de que el lector establezca un diálogo con el autor? ¿Realmente contestar a una observación supone una rebaja para el escritor? ¿Tan bien le huele la mierda al célebre novelista, tan floreada es la caca del afamado poeta, tan sublime es la ñorda del agudo dramaturgo? El mismo desprecio me merecen esos escritores que mantienen un blog como un mero depósito promocional de sus colaboraciones en el periódico local de turno o de las reseñas de sus libros. Es sencillamente impresentable que un escritor alimente su blog únicamente con el artículo que dos días antes ha publicado en El Correo de la Conchichina, y no ofrezca contenidos adicionales. El blog es una cosa, pienso, para tomársela muy en serio, porque implica una responsabilidad: la de ser considerado con la gente que gasta su tiempo en leerte. Y eso conlleva algunos compromisos que me parecen ineludibles como la aportación de contenidos exclusivos, la periodicidad y una actitud siempre dispuesta a la comunicación.

Particularmente, tengo un credo: cualquier comentario merece una respuesta. Porque dejar un comentario lleva implícito en la mayoría de los casos un interés por lo que escribes, y un deseo de saber más, de matizar lo dicho, o simplemente de que sepas que hay alguien ahí. Detrás de un comentario no respondido hay un lector defraudado, un lector a la que se la sudan tus prejuicios y la deformación de tus pituitarias que te llevan a creer que cagas flores. Si escribes, amigo escritor y blogger, escribes, ya sea en un libro, en un periódico o en un papel higiénico. Y si escribes es porque pretendes establecer una comunicación. Y vas al váter igual que cualquier otro, y tienes defectos como cualquier otro, no eres un elegido sino simplemente alguien con oficio. Y alguien con oficio puede meter la pata, andar flojo un día, menos brillante otro, pero siempre teniendo claro que no está ahí porque refulja como un cochino sagrado, ni porque sea un elegido. Está ahí porque ha venido a contar cosas, a juntar palabras, a explicar su mundo con voluntad de comunicación.

De todas estas cosas, aunque de forma mucho más comedida, hablo en un reportaje sobre blogs literarios que se emite este domingo en El Público Lee, en Canal Sur 2, a partir de las 19.30 h. Los que andéis por el sur y os encontréis a esa hora frente a la tele podéis darle al botón y ver al menda. Sale más gordo que de costumbre: peleándome con la báscula, en eso andamos.

lunes, 5 de octubre de 2009

Eso es literatura

Cuando me falla el oído, cuando escribo frases que parecen como de mármol, diálogos abigarrados y poco veraces; cuando releo el momento en que dos personajes hablan y me cuesta trabajo deslizarme por el diálogo, cuando percibo falta de naturalidad, envaramiento, entonces me someto a la mejor terapia que conozco para recuperar el nervio: me escapo a pegar el oído a algún sitio concurrido, un sitio con ruidos, con camareros nerviosos que piropean a limpiadoras, con tontos del barrio que reciben insultos malintencionados de borrachos, con parejas de trabajadores que dilatan la hora del café discutiendo sobre el partido de fútbol de la víspera. Para escribir hay que inundarse de vida. Y hay dos lugares donde la vida abarrota el ambiente, donde es imposible escapar de conversaciones, de ruidos, de carcajadas, de gritos. Uno es el mercado de abastos. Y otro, el bar de una estación. En ambos sitios, la vida no se respira, la vida te invade como un vaho sofocante. La vida te zarandea exigiéndote participación, movimiento, palabra. Son sitios construidos sobre conversaciones, pero conversaciones llanas, populares, simples. Ese tipo de conversaciones que, bien plasmadas, otorgan a la literatura la condición de experiencia vital y no de papel caduco. Cada vez me cuesta más leer novelas que son como fósiles, como naturalezas muertas, como bodegones. A una novela le exijo que me zarandee, que me escupa, que me grite como la pescadera que exalta la frescura de los boquerones o como la ama de casa a la que piso sin querer un juanete. La literatura tiene que sudar vida para que sea algo creíble. Lo otro es mármol, es pintura distanciada, más o menos preciosa, más o menos perfecta, pero enferma por su falta de pálpito, muerta.

En estos días sigo avanzando en la lectura de uno de mis principales descubrimientos literarios de los últimos años. Me refiero a Somerset Maugham, cuya literatura no deja de sorprenderme. Anoche, azuzado por el insomnio, me zampé de una tacada Lluvia, y a las dos de la mañana no pude resistirlo y me lancé sobre El velo pintado. Somerset Maugham es todo lo que a mí me gustaría ser como escritor. Su pintura de personajes es deslumbrante. Su forma de poner a hablar a los personajes es fabulosa. Uno lee los diálogos de Maugham e imagina que está poniendo la oreja en un andén, o bien en el bar de la plaza de abastos. Se hablan con conversaciones de 1950 que parecen de ahora. Y eso es por su oído, por su prodigiosa capacidad para componer situaciones y conversaciones que están abarrotadas de vida. Maugham no es un gran virtuoso con las metáforas, no persigue grandes hallazgos formales. Pero su literatura es orgánica, tiene pulso, está tan viva como una lonja del puerto, como una taberna en una mañana de sábado. Qué prodigio de tipo, eso sí que es convertir la vida en literatura, eso sí que es escribir como se vive: respirando a través de las palabras, convirtiendo la narración en un ser vivo; más o menos agraciado, más o menos atractivo, pero inflamado de palabras bajo las que corre, como en nuestras venas, la sangre. Eso para mí es escribir, a eso le llamo yo literatura.

jueves, 1 de octubre de 2009

Ite Missa Est

Ayer me tocó asistir a una misa. Hacía tiempo que no me tragaba una, lo confieso. En las bodas, que es cuando he tenido más ocasiones en los últimos tiempos, suelo seguir invariablemente una táctica. Espero a la llegada de la novia: me pongo cerca del pasillo central, que se me vea. Y cuando empieza la liturgia, el ejercicio físico (levantarse, sentarse, mover la mandíbula para orar, hacerse crucigramas en el pecho), salgo pitando hacia el bar más próximo. Ojo, no es una desconsideración, ni siquiera falta de interés: allí, en el bar, brindo como el que más, elogio las bondades del traje de la novia, ensarto las bromas necesarias sobre el nerviosismo del novio, deseo toda la felicidad del mundo a la pareja: participo, en fin, y a mi modo, de la ceremonia de la boda, del ritual social del apareamiento, de la vida en común, de las declaraciones de la renta conjuntas. Lo mío también tiene sin duda mucho de religioso: no hay cáliz como el vaso congelado de cerveza, ni lágrimas más sinceras que las que provoca el primer buche frío.

Después de tanto tiempo sin pisar en serio una Iglesia, sin seguir con atención una misa, ayer me sorprendió mucho cómo ha cambiado todo en torno a la ceremonia. Todo era sospechosamente cercano. Siempre me desagradó y me aburrió el atiborramiento de mármol en las iglesias: ese eco apabullante de la voz del párroco, como marcando distancias, esa quietud de los cristos y las vírgenes en el altar, sumidos en un inquietante sueño del que más vale no despertarlos, el titileo triste de las velas eléctricas que se mueven como bailarinas aburridas a cambio de monedas, la cara gris y acartonada del voluntario que pasa el cepillo… Confieso que hay algo que no soporto: ese momento que yo no sé precisar dentro de la liturgia en que hay que darle la mano o un beso al que tienes al lado, independientemente de que sea un psicópata o una mujer maltratada. Siempre me violentó esa manera tan forzada de tener que mostrar mi afecto al compañero de banca, una solidaridad absolutamente fingida y burocrática que me produce un embarazo y una repulsión casi física.

En la misa de ayer, sin embargo, todo era hermandad y solidaridad a raudales. Delante de mí había una fila de chavales de 14 o 15 años que rezaban el Padrenuestro con las manos enlazadas, toda la fila entera, y con los rostros sonrientes, sagradamente bucólicos. Toda la ceremonia estaba aderezada por las canciones de un grupo de jóvenes, sin duda vinculados a la parroquia, que con guitarras y voces con más buena intención que talento entonaban clásicos del pop adaptados a letras cristianas. Pude identificar el Hey Jude de los Beatles, el Blowing in The Wind de Dylan, alguna que no pongo en pie de Simon & Garfunkel. Todas ellas despedazadas, por supuesto, por una ejecución lamentable y, sobre todo, por unas letras que movían al espeluzno. Me hacían pensar, no sé si la habéis visto, en esas oraciones de prealmuerzo de la familia ultracatólica a la que va a parar la chica protagonista de la película Palíndromos de Todd Solondz (peli, por cierto, absolutamente recomendable). Parecía, no sé, como si en cualquier momento el cura y los acólitos fueran a desnudarse y a abrazarse entre ellos en pelota picada. Pero lo peor estaba por venir. Porque en el momento ese tan incómodo de los saludos, de “darse la paz”, la gente no sólo se daba la mano o se besaba, sino que se abrazaba, saltando literalmente entre las bancas, se sonreían, se pellizcaban las mejillas, como en una puñetera orgía de hippies en un viaje de tripis. Y de fondo, entretanto, la música: otra horrenda adaptación de algún clásico folk metido con calzador en el dudoso zapato de la lírica cristiana. Por encima de esta bonhomía, de este buen rollismo, todo me pareció desagradablemente agresivo, salvaje, no sé, comercial, en sintonía con los tiempos. En lugar de tener que acercarse al altar y tomar la hostia al pie, el párroco y los acólitos se distribuyeron estratégicamente por distintos puntos de la Iglesia, e iban repartiendo hostias a diestra y siniestra. Por poco me meten una en la boca, porque no esperaban a que el fiel la buscara: la hostia te llamaba a la lengua.

Hay sin duda mucha agresividad en ese gesto. Una agresividad que es simbólica de la situación en que se encuentra la Iglesia, supongo, esa empresa que, con la crisis, también se ve venir los números rojos. Imagino los concilios internos en las conferencias episcopales, el tipo de mensajes que se lanzarán: hay que hacer un apostolado más agresivo. Hay que optar por el marketing directo. Una adaptación de ese principio consabido del marketing político que considera al ciudadano como consumidor: convertir al fiel en un buen cliente.

Padezco una alergia incontrolable por los púlpitos, por las ceremonias, por la religión católica. Pero puestos a elegir, prefiero que vuelva la coherencia: una misa distanciada como Dios manda, en el que uno habla y los demás escuchan, como mucho un poco de órgano, pero por el Santísimo, nada de manos entrelazadas, nada de carcajadas idiotas y de abrazos y de actos terroristas contra la música pop. Y por supuesto, un bar siempre muy cerca, y a ser posible con tanque de salmuera.