
Mi hermano y mi cuñada, enfangados como nosotros en el cuidado de su primogénito, aborrecen a
Caillou. Lo tienen por un dibujito insulso, estúpido, bobo, que les resulta especialmente insoportable por el contexto del personaje: la familia en la que se desenvuelve el muñequito es tan perfecta como anodina. Es el prototipo de la “ficción educativa canadiense”. Nunca hay un puñetero mal rollo, nunca hay un grito: si la niña pequeña, Rosi, tira al suelo el plato de macarrones, el padre acude como un julai a recoger los restos del suelo, y encima ríe de forma estúpida, como si acabara de someterse a una sesión de lobotomía; si el perro, Gilbert, ha pisoteado un charco y pone el salón perdido de huellas, la madre sólo suelta un “¡Oh, Gilbert!” con menos fuelle que el pedo de un clic; si Caillou coge una pataleta porque esa tarde no lo llevan al circo, sus papás le acarician la espalda y, con una suavidad exasperante, le tranquilizan y convencen sin necesidad de una mala voz. Caillou, además, es el típico niño al que uno colgaría de los cojones: redicho, pijo, intentando aparentar más edad de la que tiene, predispuesto a la ejecución de cualquier tarea, insoportablemente asertivo. El niño que todo el mundo sufre en su comunidad de vecinos y al que a uno le gustaría plantarle un sopapo alguna vez en su vida.
Hubo un tiempo en que yo consumía cine de forma compulsiva. Me acuerdo de que, cuando vivíamos de alquiler en el antro de La Juncal,
Espe y yo solíamos perpetrar “maratones de cine”, en los que éramos capaces de chuparnos tres películas de una tacada. Recuerdo con gran nostalgia, por ejemplo, aquel día en que nos tragamos en un solo día las versiones extendidas de la trilogía de
El Señor de los Anillos que Espe me había regalado por navidades. O aquella otra vez en que también nos zampamos toda la saga de
El Padrino de una larga sentada.
No soy ningún tonto cuando veo cine. Quiero decir, que tengo el gusto bastante bien educado. Manejo tendencias y escuelas, distintas épocas, autores. No soy un entendido, pero he expuesto mis retinas a muchas horas de buen y mal cine y al final tanto entrenamiento tiene que dar sus frutos. Es por eso, y también por cierto interés por la bibliografía cinematográfica, por lo que se puede decir que me manejo con más o menos solvencia en esto del cine, por lo menos en el producido hasta los años 80. Es por eso que me gusta “el cine que habla de cine”, las intertextualidades, los homenajes velados, etc. Me he vuelto también mucho más exigente con los guiones, que al cabo me parecen casi lo más difícil del cine. Y en general he refinado mucho mi paladar, que ya no se muestra dispuesto a saborear cualquier cosa.
Creo que en materia de bazofia cinematográfica, como en cualquier producto de consumo, existen categorías. La más miserable es la categoría de las “películas Scottex”: películas para limpiarse el ojete y luego tirar de la cadena. Verlas produce una sensación parecida a la de cagar, concretamente a la de cagar diarrea: se consume, no deja ningún poso, y uno se enfrenta al rigor del olor a través del sarcasmo o de la ironía. Siempre queda, frente a tamaño espectáculo, verbalizar la jugada: dedicarse a criticar la interpretación de la protagonista, o lo trillado de la puesta en escena de la secuencia de suspense de turno, o el chiste idiota del personaje que va de gracioso. Para las películas Scottex viene muy bien el aderezo del alcohol, porque te ayuda a perder un poco de perspectiva y a ser un poco más condescendiente con el olor. Después de las películas “Scottex” están las películas “Clínex”. No se trata exactamente de mierda, sino más bien de excrecencias, nada para tener demasiado en cuenta. También es algo de usar y tirar, y no deja ningún poso. En el tercer estadio estarían las películas “Durex”, que sí provocan cierto regocijo, que sí te pueden dejar mácula, aunque tampoco impregnan en exceso. Está el gusto pasajero de ver, el placer que reporta una hora y media de diversión. Más allá del “Durex” empieza las categorías de “lo bueno”, pero para llegar a “lo bueno” antes tienes que haberte tragado mucha porquería, antes tienes que haber olido mucha pestilencia y haber contemplado muchas heces repugnantes.
En los últimos tiempos mis dotes como buscador de obras interesantes, como rastreador de películas que merecen un hueco en los anaqueles de mi salón, se han ido relajando. Todas mis horas de exposición al televisor están consagradas, en su mayor parte, a los dibujos animados. Dibujos entre los que se sitúa, en primer lugar y con diferencia del resto, Caillou. Caillou es la venganza de mis hijos contra mí, la primera tentativa de ese anhelo freudiano de matar al padre. En cierta manera, es la venganza del Séptimo Arte contra Daniel Ruiz García. Yo, el catador exquisito, el despotricador de obras vulgares, ése al que sus amigos pusieron el epíteto de “Dani el de las películas raras”; yo, el tipo que se sobrecoge ante una secuencia que le parece brillante y que es capaz de detener una película de consumo compartido para volver a ver una misma escena con una absoluta falta de respeto al resto de la concurrencia; yo, que me he visto obligado decenas de veces a ir solo al cine porque mi pareja o algún amigo se refería a la oferta en cuestión como “otra de tus películas”; yo, que me he quedado hasta las tantas de la madrugada esperando en La 2 el pase de una peli de
Satyajit Ray o de
Jarmush o incluso de alguna obra temprana de
Cassavettes; yo, que he sido capaz de montar en cólera e irme a la cama porque mi mujer –con todo su derecho- insistía en apretarse un bodrio diabético de
Meg Ryan o de
Julia Roberts; yo, en fin, me veo ahora apretado contra las cuerdas y en la tesitura de enfrentarme diariamente al consumo indiscriminado de capítulos de Caillou.
Quizá por eso poco a poco me he visto obligado a derivar mi perspicacia cinematográfica hacia el análisis de los dibujitos de marras. Hasta el punto de que, si no disfrutar, sí desde luego he convertido su análisis en una experiencia llevadera. Algo así como cuando nos invitan a una fiesta indeseable y acabamos cogiéndole el gusto al considerarla un escaparate de interés antropológico. Y vista con un poco de mala leche, la serie no tiene desperdicio. Así, por ejemplo, hay un personaje, el mejor sin duda de la serie, que oportunamente se llama
Sr. Hinkel (sí, sí, igual que “hincar”), y que vive junto a Caillou. Es un viejo que vive solo en su gran casa, y que tiene una inquietante simpatía por Caillou y sus amigos. Su aspecto es verdaderamente siniestro. Hay un memorable capítulo en el que el Sr. Hinkel aparece detrás de un seto. El personaje mira a los niños, que juegan en el patio de su casa, y dice: “¡Ah! Hola, niños. ¿A que no sabéis que tengo aquí?” Lo que tiene “aquí”, detrás del seto, justamente a la altura de la cintura, resulta ser, ejem, una caja de cartón. En otro capítulo, el Señor Hinkel se lleva a Caillou a una granja. “¿Quieres ver cómo toman leche los cabritillos, Caillou?”, pregunta. El tono del señor Hinkel resulta escalofriante.
La serie está plagada de frases estimulantes. Así, Caillou tiene una compañera de guardería,
Sara, que es oriental. La niña invita a Caillou a cenar con su familia. La china tiene una hermana, que obviamente también es china. Cuando está de vuelta, ya en la cama, la madre de Caillou pregunta al niño: “¿Qué tal lo pasaste hoy en el Barrio Chino con tus amiguitas, Caillou?”.
Y también hay cosas que no se ven. Elipsis que para una mente calenturienta como la mía resultan inquietantes. Por ejemplo, los padres de Caillou salen a cenar y los niños se quedan con una cuidadora. Una chica joven, guapa, moderna. Cuando vuelven de la cena, veo que el padre lleva el rostro muy contento, y la corbata ligeramente desabrochada. Vamos, que va muy puesto. Entonces el padre se ofrece alegremente a llevar a la cuidadora adolescente a su casa. “¡Vamos! –le dice, con ese correcto tono que usan en los dibujos-. Te llevaré a casa”. Y la joven se va con el padre de familia borracho en el coche. Ahí empieza lo que no se ve en la serie. Tampoco se ve la fiesta de disfraces que los padres montan un día en el salón, y a la que no están invitados los hijos. “¡No podéis bajar!”, le regaña la madre a Caillou. Uno puede imaginar qué tipo de fiesta de disfraces para adultos se está organizando en la planta baja.
Cosas de este tipo, la “Historia oculta de Caillou”, es lo que me permite no asquearme cada noche antes de que los niños se duerman, y perder los escrúpulos, esos escrúpulos que, en realidad, me convierten en un tipo algo estúpido. Decididamente, voy a animar a mi hermano y mi cuñada a que se apunten a ponerle a mi sobrino la serie. Tengo que convencerlos de que si lo ven desde esta perspectiva resulta un ejercicio mucho más creativo y estimulante que cualquier película de arte y ensayo. En fin: el que no se consuela es porque no quiere.