viernes, 29 de enero de 2010

I heard the news today, oh boy


Dicen que justo después de acribillar a Lennon a las puertas del Dakota, David Chapman abrió su macuto y tomó El guardián entre el centeno. Lo abrió plácidamente y leyó, esperando la llegada de la Policía Federal, mientras el ex Beatle se desangraba unos metros más allá.

Anoche me enteré y un latigazo me percutió el cuerpo. Busqué en vano por todas las estanterías el dichoso libro. Debe ser el libro que he comprado más veces y el que más veces he regalado. De hecho, descubrí que ya no tengo ninguno.

En un tiempo en que todo es literatura especular, en una época en la que los libros hablan de otros libros que hablan de otros libros, repitiendo de forma aburrida la dinámica de las matrioschkas, se nos va uno de los pocos escritores refractarios, antirreflectantes que nos quedaban. La orilla de la literatura americana que siempre me ha interesado, la de Carver, la de Chinaski, que es también, y sobre todo, la de Hemingway. El viejo cazador describió al padre de Caulfield como un escritor “de talento infinito”. Era consciente de la hermandad que los unía.

Coincide su muerte con un tiempo de lectura de novelas que se me caen de las manos. Novelas presuntuosas, que pretenden hacer pasar por perspicacia lo que es pura mediocridad. Libros que no dicen nada, escritos para la galería, sin pálpito, sin vida. Vacíos.

Me has vuelto a arrancar las ganas, maestro. Precisamente tú, el Rey del Escondite.