
Esta mañana he puesto el punto y final. El proceso ha sido largo, fatigoso, con momentos de mucha emoción, pero sobre todo de ansiedad, pensando que no llegaría nunca el final. Ya lo tengo, ya está ahí, todo está ahí, atrapado entre la primera palabra y el punto final. Ha salido una cosa larga, donde ocurren muchas cosas, donde hay muchos personajes. Ahora vendrán las dudas, pero antes el aflojamiento, la sensación de cansancio rotunda, como quien supera una alta montaña. Los planos están concluidos, la bandera está clavada en lo alto de la colina. Un año y cuarto de trabajo, peleándome con palabras, con giros argumentales, con moldes de personajes que había que contener para que no se salieran de madre. Aún no tengo perspectiva, no sé si es bueno o no, no sé si ha merecido la pena tanto esfuerzo. Todavía, además, queda la albañilería, empezar a juntar ladrillos, ir corrigiendo y rectificando a medida que voy pasando al ordenador todo el texto manuscrito. Después empezará el enfoscado, el pulido, finalmente el abrillantado para limar las aristas, para que todo tenga la apariencia de que el texto se construyó de forma sencilla, sin necesidad alguna de tachaduras ni rectificaciones.
Una vez que he subido hasta aquí, no recuerdo todo el esfuerzo que he invertido. Pero ahí quedan los insomnios, el cansancio al caer la tarde, el esfuerzo de Espe para bregar con los niños allá donde yo ya no podía, los momentos de debilidad de mi fuerza de voluntad, que a pesar de todo sigue siendo mi mejor patrimonio. Sea bueno o malo, guste o no, ha sido mucho trabajo. Y ahora me quedo con la mirada perdida, absorto, sin saber muy bien adónde tengo que ir ahora, hacia qué nuevo sitio tengo que dirigirme, qué nueva montaña debo coronar. Nunca como en estos días me siento tan aplastantemente vacío.
Pero todavía estoy nadando en la euforia. Sé que no tardará, pero hay que aprovecharla. De momento esta tarde saldré a mojarlo, la ocasión merece que me emborrache un poco.


