jueves, 26 de agosto de 2010

Todo el mundo quiere sacarte algo

Una de las cosas que más me sorprendió de la medina de Fez, aparte de su estética laberíntica y su aspecto decadente —el guía nos aseguró que, aunque se ha intentado en varias ocasiones, nadie ha logrado todavía contabilizar y hacer un registro definitivo del número total de calles existentes—, aparte de su condición de microcosmos —hay gente que nace y muere en su interior sin haber salido de su muralla en toda su vida—, aparte de su mareante explosión de colores y de olores, fue la forma en que todo estaba orquestado de manera exclusiva para sacar dinero a los turistas. Allí sentí de forma descarnada la desagradable sensación de que todo el mundo quería sacarme algo. El regateo con un bereber al que quería comprarle unas zapatillas fue extenuante, de forma que convirtió una simple compra en una experiencia realmente enojosa.

Aunque en la medina de Fez la intencionalidad se volvía del todo obscena, alentada por unas condiciones de vida algo miserables, en los últimos tiempos he venido comprobando que esa obsesión por sacar tajada se manifiesta de forma no menos ominosa en nuestro confortable mundo civilizado. Lo único que cambian son las maneras, pero la sensación de violencia que conlleva la acción, el propósito, la intención de sacar beneficio, es igual de intensa.

Desde que salgo por la mañana de casa hasta que vuelvo por la tarde sé que tendré que soportar, como mínimo, media docena de sugerencias para que compre, adquiera a plazos o contrate algo.

Veamos: lo primero son los sudafricanos de los semáforos, entre los que hay de todo. Por lo general me causan simpatía, pero hay algunos cuya insistencia me resulta irritante. Lo siento, pero me pone nervioso que invadan mi espacio personal cuando me piden que les choque las manos, o cuando me meten por los ojos los collares que venden o cuando me peinan con las banderas de España. Si voy con críos es peor, porque se concentran en ofrecer sus reclamos a los niños, y entonces me toca a jugar a ser el padre cabrón. Comprendo sus miserias, comprendo que han venido desde otro mundo hasta aquí, que pasan frío, sed y hambre, pero no sé cómo puedo hacérselo entender, no necesito sus paquetes familiares de pañuelos mentolados, por lo menos no todas las semanas.

Cuando dejo el coche en el aparcamiento para tomar el metro padezco la segunda sugerencia de venta. No es una sugerencia, sino más bien directamente una factura: la factura por haber aparcado en coche en el territorio custodiado por un aparcacoches. En esto hay dos modalidades, las dos bastante tristes: el desempleado mayor de 60 años y enfundado en un lastimoso uniforme de aparcacoches de una asociación de mayores desempleados, que te estampa el correspondiente papelito en el parabrisas y que te asegura, aunque sus ojos siempre digan lo contrario, que no es obligatorio dar dinero (algunos padecen haberse amamantado del propio Stanislavski cuando perpetran el teatro de buscarte la calderilla de vuelta, siempre que pagas con un euro; la interpretación es tan encomiable que acabas renunciado al cambio); y el yonki joven que juega a hacer de botones de un hotel cinco estrellas, abriéndote la puerta y todo, y empleando frases con una ceremonia sencillamente extemporánea —¡ay de ti si la calderilla que dejas está por debajo de cincuenta céntimos!; durante toda la jornada te aseguras que no respirarás tranquilo hasta regresar de nuevo al parking—.

Veamos: ya estamos en el metro. Empiezan a merodear en las bocas gente que hace gala de sus dotes artísticas y que, lógicamente, exige remuneración. Mi preferido es un yonki sin apenas dientes que se maneja con una flauta, instrumento que combina a veces con la percusión de una lata de Nesquik. Es un personaje matutino, pero a lo largo de la jornada sabes que merodearán por todos tus trayectos urbanos al menos tres o cuatro “artistas” de la misma talla y valía que este elemento. Pero tomémosle sólo a él como referencia, y digamos que ya son tres los reclamos que, sin siquiera llegar al trabajo, te han obligado a negociar o a regatear asuntos de dinero.

En la boca de salida del metro están los chicos del 20 Minutos y del Qué dándose codazos. Los propios periódicos son en sí mismos catálogos publicitarios con adornos informativos (pero ¿no es eso realmente un periódico, cualquier periódico?), pero al lado de los chicos de la prensa gratuita está la chica que te da la propaganda del nuevo restaurante con menús diarios asequibles, o de la nueva copistería con copias a medio céntimo, o de la discoteca que celebra una fiesta esa misma noche y que, por entregar ese mismo papelito, te obsequia con un chupito, a ti y a tu acompañante (¡cuánta generosidad!).

Por fin en el trabajo. Antes de arremangarte, mientras que enciendes el ordenador y atiendes a los correos, recibes una nueva sugerencia de compra. Viene de tu móvil, y es una dominicana o ecuatoriana o quién coño sabe que está llamando desde quién sabe dónde y que representa a Vodafone. Me sugiere que me cambie a Vodafone, me pregunta si estoy contento con Movistar, me habla de unos puntos y de unas ofertas y de la puta madre que me parió. Pero tampoco vamos a ser groseros, así que le aguanto la conversación lo que puedo (con una inversión de tiempo que no está por debajo de 5 minutos) y al final consigo deshacerme de la llamada. Por supuesto, por el camino de la antipatía (tras muchas interjecciones llego a la conclusión de que no hay otra forma).

Ah, sí, el correo electrónico. Acabo de descargar todos los emails en mi ordenador. De los 30 nuevos correos, sólo cuatro son servibles. El resto son correos publicitarios que burlan el Anti-Spam. Alargamiento de pene, reductor de grasa abdominal, medicamentos sin receta médica…

No sé cuántas sugerencias de compra llevo hasta esa hora. El caso es que la mañana va avanzando, y llega la hora de comer. Como me apetece moverme un poco, por aquello de bajar peso, me desplazo hasta Nervión Plaza, que queda a unos veinte minutos de mi trabajo. Digo yo que, siendo la hora que es, el camino estará expedito.

Un carajo. A la altura de Eduardo Dato, dos voluntarios de Manos Unidas con su correspondiente carpetilla. Por favor, ¿tiene un segundo? Mierda, se me ha olvidado hacer el paripé con el móvil en la oreja. Ahora me veo obligado a detenerme. Tengo mucha hambre, así que estoy débil y torpe para encajar los ataques. ¿No hace ninguna acción solidaria? ¿No sabe los problemas que pasan los niños del Tercer Mundo? ¿La falta de alimento, incluso de agua?

Opto por ser desagradable una vez más, así que me marcho subrayado por la mirada de desprecio de la voluntaria de turno. Llevo esa mirada colgada de mi cabeza, como una tachadura, todo el tiempo que tardo en desaparecer de su vista por la avenida. En la mirada se lee: egoísta, miserable, inhumano, despojo…

Voy a comer en el Gino’s. Mientras espero el plato, una encuestita. Queremos mejorar la calidad de nuestro servicio etcétera etcétera. Quieren saber si se come bien, si se sirve rápido, si el trato es amable. Al parecer es sólo un minuto, me va a robar poco tiempo; pero al final la encuesta se prolonga durante ¡8 páginas! Y por último, claro, la puntilla: ¿quiere recibir información sobre Gino’s? ¿Quiere entrar en nuestra base de datos comercial y ser informado de ofertas? ¿Tiene la Tarjeta Vip’s? ¿La quiere? ¿QUIERE AYUDARNOS A QUE LE SAQUEMOS DINERO?

Después del trabajo, a las seis de la tarde, toca volver a casa. Estoy derrengado, con los huesos molidos, pero mi mujer me ha dicho que a ver si puedo pasarme por el hipermercado para comprar un par de cosas. A la entrada del hipermercado, más lucha: Cofidis que te ofrece dinero rápido, Citybank con sus tarjetas milagrosas, probablemente otro par de voluntarios de otra ONG con carpeta en ristre. Dentro del establecimiento, el acoso no es menor. Una chica con unas piernas kilométricas te invita a probar el perfume que definitivamente te convertirá en el Rey de la Selva; te cuesta conseguir que la chica no acabe embadurnándote el brazo de pachuli. Otra chica, en la zona de alimentación, que te insiste para que pruebes el nuevo yogur líquido de turno con propiedades milagrosas. En la pescadería, el pescadero quiere conseguir a todo tren que te lleves acedías, que están muy frescas, aunque tú le insistes que no, que sólo has venido a por una merluza.

La jornada resulta agotadora. Por fin sales del hipermercado y conduces hasta casa. Ya no recuerdas la cantidad de veces que has tenido que negociar, decir que no, evitar sacar la cartera, durante el día. Por un momento te da por pensar en lo que hubiera sido de ti a esta hora si hubieras respondido afirmativamente a todas las propuestas que has recibido en menos de 12 horas. Acabarías el día, seguro, durmiendo entre cartones.

Estás abriendo la puerta de casa para entrar, lleno de bolsas del híper hasta los topes. Menos mal que hace mucho tiempo que dejaste de fumar. De lo contrario tendrías que sucumbir a la última sugerencia del día, al postre, a la patadita de propina. Te la da un chico joven que pasa por la acera.

—Oiga, ¿no tendrá un cigarrito, verdad?

martes, 24 de agosto de 2010

Dialéctica del salto (hola a todos)

Bueno, pues aquí estamos. Me he lavado un poco la cara, sobre todo porque después de dos años y medio ya tocaba. He optado por los tonos grises, que creo que son los que mejor visten en las presentes circunstancias.

El tipo que está a punto de saltar de la ventana de aquí arriba no soy yo, pero como si lo fuera. Anoche me angustié bastante revisando El quimérico inquilino, esa obra maestra de Polanski. Antes había estado viendo The Ghost Writer, su última película, una obra meritoria, desde luego, pero la verdad es que no hay color. Prefiero al Polanski de las obsesiones domésticas, al bromista macabro, antes que al que juega a la política ficción. El quimérico inquilino es una película obsesiva, construida de forma angustiosa en torno a una imagen: la distancia con respecto al suelo, el vuelo final hacia el golpe, el estímulo morboso de caer, del suicidio.

No soy amigo del suicidio. En las últimas semanas me he acercado a la enfermedad y a Tánatos más de lo que me hubiera gustado, teniendo en cuenta que andaba de vacaciones. Por esta cosa mía del corazón, me he sometido a varias pruebas tan desagradables como, hay que reconocerlo, estimulantes.

La primera fue una resonancia magnética, que me obligó a meterme en una aséptica tumba durante una hora. Hasta que aprendí a domesticar mis sensaciones, no os mentiré diciendo que no me sentí angustiado. En el momento inicial, en el que nada se movía, no había ningún ruido y la enfermera no se comunicaba conmigo desde el más allá, la sensación era lo más parecido que he estado nunca de un enterramiento vivo. Se piensan muchas cosas. La primera, curiosamente, es la más descabellada: qué pasaría, piensas, si ahora mismo entraran en la sala unos terroristas y acribillaran al cuerpo médico y nadie se percatara de que tú estás ahí, y pasaran días y días hasta que tu cuerpo se consumiera de inanición y de angustia, convirtiéndote al final en un fiambre. La imaginación te brinda incluso estampas de tu propio aspecto con los ojos desorbitados y sanguinolentos, como te imaginas que debe ser el rostro de los que alguna vez han sido enterrados vivos. La resonancia magnética fue para mí toda una lección. Pensaba que tendría tiempo de fabular con nuevas tramas, de pensar en cielos abiertos y días de primavera, incluso de excitarme echando a volar mi imaginación —con cuidado, eso sí, de empalmarme: el cachondeo de los que estaban fuera delante de la pantalla podría ser mayúsculo—, pero lo cierto es que sólo podía pensar obsesivamente en una cosa: volver a casa sano y salvo, abrazar a mi mujer y a los niños, abrirme un botellín. Entonces escuché esas palabras milagrosas, esas palabras que ejercieron sobre mí un estímulo similar a un abrazo: “Por favor, respire”. Esto me hizo pensar en lo vulnerables que somos, y sobre todo en la necesidad de comunicarnos que tenemos. La soledad, pensé, está muy bien cuando uno puede autoadministrársela, pero estar solo en el mundo debe ser la cosa más puñeteramente horrible que se pueda imaginar.

La segunda experiencia morbosa la padecí/disfruté ayer. Durante 24 horas anduve con un Holter pegado al pecho, con la piel tatuada de ventosas que me conectaban, cables mediante, con un aparatito que iba midiendo mi ritmo cardíaco. Cuando le enseñé el torso desnudo a Pablo, por poco se me echa a llorar. Después, cada diez minutos, venía hasta mí y me pedía que me desprendiera de la camiseta, para enseñarle otra vez esa parte cyborg de mí que le repugnaba y le encandilaba a un tiempo. Hacía un calor considerable, y cada vez sentía más molestias. El colmo fue a la hora de dormir, ya que no podía adoptar ninguna postura cómoda. De esta experiencia he extraído la enseñanza de que no hay nada tan preciado como la libertad, como la capacidad de libre movimiento. Después de ducharme esta mañana, ya sin todo ese tinglado electrónico en el pecho, he tenido un acceso casi religioso. No le he podido agradecer a Dios nada, pero he de reconocer que me he sentido bastante espiritual al salir de la ducha. Las lorzas y los kilos de más seguían ahí, pero totalmente libres, con la gravedad como única limitación.

El suicidio, sigo pensando, es una cosa de estúpidos. Claro que todo puede cambiar. Fíjense si no en Hemingway. Creo que hay pocas literaturas que exuden tanto vitalismo, tantas ganas de vivir, como la del americano. Y ya sabemos cómo acabó. En todo caso, creo que hay muchas razones buenas para sentirse vivo.

La gente se muere en verano, de acuerdo, hay golpes fulminantes de calor, niños que se quedan olvidados y agonizan en el interior de automóviles cerrados, viejos que no superan la prueba de bajar a comprar el pan, pero ante todo el verano es una fabulosa expresión de vida.

Me gusta el verano porque los niños gritan más de lo normal en las calles, porque el cloro de las piscinas se respira en el ambiente, porque la cerveza fría sienta mejor que nunca, porque la gente se acuesta más tarde y en general se habla más. Me gusta el verano porque hasta el último cretino encorbatado del Universo se atiene a enfundarse unas ridículas bermudas de color chillón, y encima tiene que codearse en el chiringuito con gente a la que normalmente le volvería la cara. Me gusta el verano porque la ligereza de ropa nos acerca un poco más a todos, porque nos disculpamos unos a otros por los estragos que la vida cotidiana proporciona a nuestros cuerpos. Sigue habiendo imbéciles, está claro, sigue habiendo insanía, pero todo se recubre de una capa de condescendencia por la que es agradable dejarse llevar.

Los pies a punto de saltar no hablan del suicidio, quieren decir otra cosa. Quieren decir: bueno, aquí voy, aquí me tenéis, dispuesto a seguir probando. Ahora que estoy trabajando en el borrador de mi última novela, ahora que ando revisando y corrigiendo textos y párrafos, no puedo evitar cierta sensación de vértigo. No sé si está bien o está mal, no sé si tiene o no calidad, lo que está claro es que es un salto. Hacia otro sitio, hacia otra forma, pero un salto. Pienso que estos impulsos son los que al final me construyen, como escritor y como persona, los que me convierten en lo que soy, en lo que voy siendo. Todo está en marcha, todo se mueve, y también yo. No importa lo de atrás, no importa que a veces la banda sonora no sea todo lo buena que a uno le gustaría, no importa la pereza o la molicie o la tentación de hacer siempre lo mismo. Hay que seguir saltando.

En fin, que ya ando otra vez por aquí. Hola a todos.