
Un periódico interesado por este blog (caramba: lo lee más gente además de mis amigos) me pasa un cuestionario para una entrevista. En una de las respuestas, reflexiono sobre la libertad que comporta escribir en Internet y en este blog. Escribo:
Como estoy en mi casa puedo decir lo que me apetezca. Si algo tiene este sitio es que es un sitio libre, y que es 100% mío. No pertenece a nadie, no obedece a nadie, más que a mi propia inquietud y también al interés compartido de los lectores. Esa libertad es lo que lo convierte en un sitio único para mí. Es mi pequeño espacio en esa gran realidad paralela que es Internet.
Después de enviar la respuesta, y como un divertimento del insomnio –últimamente Pablo está un poco inquieto por las noches, y ejerzo de partenaire de cama más a menudo que de costumbre-, reflexiono sobre esta cuestión. La presunta libertad de Internet. En mis respuestas incorporo muchas tonterías, pero sin duda la más clamorosa es ésta.
Escribir en Internet no es más libre que escribir en un periódico. Diré más. La libertad está todavía más en riesgo, ya que en un periódico uno conoce al enemigo: sabe dónde escribe, quién paga, el perfil de los anunciantes, la línea editorial, la composición del accionariado. Aquí uno escribe sin saber realmente a quién pertenece el espacio, ese supuesto tendedero invisible del que penden todas estas palabras.
Uno de los grandes dramas, pienso, de la vida moderna ha sido la paulatina y cada vez más agresiva usurpación del espacio público en beneficio del espacio privado. Todas nuestras relaciones se desenvuelven cada vez con más recurrencia en los espacios privados, cuyo símbolo más característico es el centro comercial. Paseamos por los centros comerciales, accedemos al ocio en los centros comerciales, los niños juegan y se divierten en infames “piscinas de bolas” en los centros comerciales. Las parejas se aman en los centros comerciales, se proyectan planes de futuro en sus bares, se realizan suministros de comida en sus supermercados, la gente va a trabajar en sus tiendas y a cenar en sus restaurantes.
Frente a esta realidad “real”, la realidad virtual tiene la peculiaridad de que nunca fue un espacio público. Nació siendo un espacio privado. Amplio y plenamente transitable para el ciudadano, bajo el falso reclamo del ejercicio de la libertad. Ahora mismo hay millones de blogs en el mundo. Millones de palabras alojadas en las redes sociales, en los correos electrónicos, en portales de información. Por no hablar de las imágenes. Youtube es un tremendo contenedor de imágenes donde hay de todo: a poco que te descuides, tú mismo apareces en algún vídeo casero de una verbena que te cogió por allí. Una orgía de información, donde el ciudadano se ha transformado en usuario, pero sobre todo en cliente. Un cliente que teóricamente no paga nada, aunque sí: contribuye como generador de información al progreso de esos espacios virtuales, de esos grandes contenedores de información dirigidos por personas a las que nadie conoce.
Un mediático director de uno de los “periódicos digitales” más afamados de nuestro país, que en los últimos años ha ido virando de forma irrefrenable hacia posturas cada vez más reaccionarias, se jactaba durante un almuerzo con otros colegas de lo redondo que resultaba su negocio: el periódico digital se nutre fundamentalmente de la aportación de blogs que, a cambio de un poco de notoriedad, se convierten en generadores activos y gratuitos de información, por la que el medio obtiene beneficio a través de la publicidad. Hace no mucho mantuve una reunión con un director comercial de uno de los grupos mediáticos con mayor penetración en Andalucía. Aseguraba sin ningún tipo de reparos que la información no es más que el aderezo, que la forma de rellenar los huecos vacíos que deja la publicidad.
Uno escribe aquí, en Facebook, en Twitter, uno se intercambia mensajes por Yahoo, cuelga vídeos en YouTube, y nunca piensa en lo que puede pasar si por ejemplo mañana el propietario inidentificable de esas plataformas decide echar el cierre. O peor, vender la información que esa plataforma contiene al mejor postor. Cada vez escucho más voces por Facebook que se quejan de que “la herramienta” les suprime una determinada publicación, o que se le borran los contactos, cosas así, que aluden a una supuesta policía invisible que controla toda la herramienta.
El otro día celebraron en Cádiz la conmemoración del segundo centenario de la promulgación de la Libertad de Imprenta. Toda una revolución en su época: el acceso masivo de los ciudadanos a medios de producción propios para la propagación de ideas e información en libertad. Dos siglos después, y con el panorama de los medios en grave crisis debido a Internet, no se me ocurre una ley posible que pueda trasladarse a la presente realidad virtual. Nuestra participación se limita a los contenidos, pero nadie sabe quién controla los medios de producción. Es posible que todo esto que leéis esté alojado en un servidor de la India o en un macropolígono industrial a las afueras de Pekín. La bestia crece y crece, como un monstruo fabuloso aunque escurridizo, con apariencia invisible. Nosotros nos limitamos a darle de comer.
Padezco alergia a las teorías conspiratorias, pero eso no está reñido con el realismo. Siempre me fascinó la capacidad del Mago de Oz, aquel gordo mediocre que se escondía tras la cortina, para generar por sí solo todo un mundo de technicolor, con promesas de sueños que pueden cumplirse, y que él manejaba con su mano invisible mediante la manipulación inteligente de fantasmas.
No voy a dejar de escribir por aquí. Sólo que me gustaría poder levantar las baldosas amarillas, saber qué esconden debajo.