lunes, 29 de noviembre de 2010

Campo de minas

El sábado tuvimos reunión de amigos en casa. Haciendo la cuenta rápida, entre niños y adultos (me refiero sólo a la edad), había 25 personas. Todos se caracterizan por ser especialmente ruidosos y por ser especialmente borrachos. No había forma de echarlos, y a punto estuve de sacar la manguera para que se separaran de una maldita vez de sus vasos.


Me acosté con una borrachera de mil narices. Porque además habíamos elegido almuerzo temático ruso, y me atreví con un cocktail que se llama “Vodka Ruso”: gaseosa, granadina, limón exprimido, azúcar y mucho mucho vodka. Estaba dulzón, una variación de vermú pero mucho más empalagoso. Entraba y ni te enterabas. En un momento dado, descubrí que se me trababa la lengua de una forma incontrolable.


Fue una verdadera paliza. Ayer tuve todo el día el cuerpo deslomado. En la cocina, por la noche, me dio por pensar en la que nos viene encima. El almanaque de diciembre se parece cada año más al garabato de un niño: todos los días, especialmente de jueves a domingo, aparecen con tachaduras y leyendas, que aluden a citas obligadas. Me pasa como me ocurría el sábado por la mañana, antes de que mi casa se convirtiera en un salón de celebraciones: ya estoy cansado, ya me duele el cuerpo, ya tengo destemplanza y sólo deseo dormir pensando en la que me espera.

No voy a negar que me guste estar con los amigos. Cada almuerzo mensual con ellos es como una especie de terapia psicológica. Me conocen y los conozco desde hace muchos años. Sé lo que pueden dar de sí y saben lo que yo puedo dar de mí. No hay sorpresas excesivas, todos hemos vivido demasiadas cosas juntos como para que haya algo que pueda provocarme extrañeza. Es una foto fija que me gusta revisar regularmente. Sin embargo diría que es casi la única cita más o menos periódica que tolero con agrado. Cada vez soy más enemigo de las imposiciones sociales, de la ceremonia. Es por eso que de un tiempo a esta parte las fiestas navideñas y sobre todo sus dilatadas vísperas cada vez me fatigan más. Mi trabajo me obliga a un ejercicio ceremonial permanente: reuniones, actos sociales, ruedas de prensa, presentaciones… Frente a esto, los fines de semana se han ido transformando en una especie de ciudad sitiada consagrada al confort y al placer, un placer siempre susurrado, siempre equilibrado, como en voz baja: estar con Espe y los niños, compartir una cañas a mediodía con mi padre, mis hermanos o algún amigo, intentar dormir siesta, preparar gambas a la plancha por la noche, poner alguna copa para mi mujer y para mí, dejar una película a medias porque me quedo dormido… Pequeños placeres domésticos que cada vez identifico más con el verdadero placer, con el único posible, con el que más disfruto. Sobre todo ahora, cuando el vasto diciembre se extiende frente a mí como un imponente campo de minas.

Cómo me gustaría terminar, haber alcanzado ya el otro lado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Puta

El Sur es una puta recostada sobre un diván sucio: se sube a duras penas las bragas, mientras el cliente del Norte se acicala ante el espejo antes de marcharse sin volver la vista. Nada ha cambiado, todo sigue igual que estuvo siempre. A pesar de Segundas Modernizaciones, de planes autonómicos multimillonarios, de ayudas europeas y de pretensiones de cambio hacia supuestos nuevos modelos productivos, seguimos siendo el sitio al que todo el mundo baja, y el hecho de bajar implica un descenso, una rebaja.

El cliente posa flamante ante cientos de seguidores. Enardecido por los flashes, y en el fragor de la campaña, no tiene reparos en asegurar que en el Sur nadie paga. No paga ni dios, dice. El hombre llega a su casa y se acuesta sin remordimientos, sin problemas de conciencia. Intenta hacer un cálculo sobre la aritmética de su aspereza: cuántos votos, piensa, habré sacado de la frase.

Desde los anaqueles de su librería, una librería, imagino, que tiene bastante de pose, de escaparate para las visitas, los libros de los muertos tiemblan. García Lorca, eso es obligado, es posible que quizá Juan Ramón Jiménez, el poeta onubense que alguno convirtió en una caricatura por su aspecto envarado pero sobre todo por su habla ceceante. Quizá, algún libro de láminas de la Taschen de Picasso, el malagueño que retrató de forma definitiva el horror de la guerra sobre una bomba que convirtió un pueblo del norte en un gran garabato. El cliente es progresista, milita en un supuesto partido de izquierda, por eso hay que dar por descontado que tendrá alguna recopilación de Antonio Machado. Quizá Campos de Castilla, uno de los mejores poemarios sobre la esencia española que no la deja nada bien y que casa de forma fabulosa con el espíritu de militante en un partido independiente catalán. Si es moderno, y gusta de la literatura contemporánea, es posible que también tenga alguno de Muñoz Molina, ese pobre hombre con cara de infeliz que tampoco es capaz de contener el acento andaluz por más baño de Nueva York que se dé.

No le pega que le guste el flamenco, aunque seguro que sí la rumba catalana. No importa que ignore que una cosa viene de la otra, y que fueron emigrantes del sur los que permitieron que este pseudogénero aflorase en Cataluña, y que se afianzara como algo autóctono a partir de las bases de los palos flamencos. Entre los discos seguro que tiene más de uno de Peret, o quizá, si es refinado de paladar, alguno de los flamencos catalanes más serios: Duquende, por supuesto Miguel Poveda, también Carmen Amaya. Todos estos que llenan siempre por el Sur, porque es aquí donde se bebe más y mejor de ese río.

Si al cliente le gusta la pintura, es más que posible que, además del Guernica contenido en las láminas de la Taschen, haya algo de Luis Gordillo. Es propio que le gusten los pintores más modernos: eso le da cosmopolitismo. En todo caso, también está la opción de los clásicos: Velázquez, Murillo, toda la escuela barroca sevillana…

El Sur es una puta con la entrepierna dolorida, maltratada por el cliente del Norte. El cliente arroja los billetes sobre el diván y nunca deja propina. Él se debe a su sitio, a su Norte, un Norte sofisticado y orgulloso que siempre queda arriba. Aquí abajo no hay orgullo, por eso nunca hubo de verdad nacionalismo. Somos bastardos, mezcla de razas y de culturas, y esa amalgama es nuestra marca. Nuestro carácter es la generosidad. Por eso hemos regalado a España sus propias señas de identidad. Por eso la gente visita Cataluña, y la identifica con sol y mediterráneo. Por eso la gente paga, y en verdad quien paga es Andalucía, aunque con la forma que siempre tiene de pagar: con un poco de vergüenza, con complejo, sin creerse demasiado su propia genialidad.

Llevamos mucho tiempo aquí. Somos el Sur, una puta que en verdad tiene mucho de bruja, de mandrágora ponzoñosa y sucia con la mirada venenosa. Mañana el cliente volverá a bajar hasta este prostíbulo: lo hará cuando repase algún poema de Campos de Castilla que le baila en la cabeza y que le viene bien para un discurso, o cuando intente reproducir en su cabeza el dibujo del Guernica al que tanto le recuerda la estampa devastada del último atentado de ETA, o cuando sin venir a cuento el quejío de una malagueña de Camarón se le incruste en el cráneo mientras espera a que el semáforo se ponga en verde. En ese momento no será capaz ni siquiera de imaginar, porque es inconcebible para su estructura mental, que le debe tanto al Sur, que debe tanto a esa puta siempre predispuesta a abrir las piernas, que en realidad él mismo no sería nada sin ese Sur, porque es el Sur quien lo ha construido como persona, quien lo ha armado de cultura y de sensibilidad. Si fuera capaz de hacerlo, si fuera capaz de entender que el Sur lo habita, tendría la decencia de agachar la cabeza, de tener respeto, incluso de arrodillarse delante de la puta que le proporciona el placer que no encuentra en ningún otro sitio.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Baldosas amarillas

Un periódico interesado por este blog (caramba: lo lee más gente además de mis amigos) me pasa un cuestionario para una entrevista. En una de las respuestas, reflexiono sobre la libertad que comporta escribir en Internet y en este blog. Escribo:

Como estoy en mi casa puedo decir lo que me apetezca. Si algo tiene este sitio es que es un sitio libre, y que es 100% mío. No pertenece a nadie, no obedece a nadie, más que a mi propia inquietud y también al interés compartido de los lectores. Esa libertad es lo que lo convierte en un sitio único para mí. Es mi pequeño espacio en esa gran realidad paralela que es Internet.

Después de enviar la respuesta, y como un divertimento del insomnio –últimamente Pablo está un poco inquieto por las noches, y ejerzo de partenaire de cama más a menudo que de costumbre-, reflexiono sobre esta cuestión. La presunta libertad de Internet. En mis respuestas incorporo muchas tonterías, pero sin duda la más clamorosa es ésta.

Escribir en Internet no es más libre que escribir en un periódico. Diré más. La libertad está todavía más en riesgo, ya que en un periódico uno conoce al enemigo: sabe dónde escribe, quién paga, el perfil de los anunciantes, la línea editorial, la composición del accionariado. Aquí uno escribe sin saber realmente a quién pertenece el espacio, ese supuesto tendedero invisible del que penden todas estas palabras.

Uno de los grandes dramas, pienso, de la vida moderna ha sido la paulatina y cada vez más agresiva usurpación del espacio público en beneficio del espacio privado. Todas nuestras relaciones se desenvuelven cada vez con más recurrencia en los espacios privados, cuyo símbolo más característico es el centro comercial. Paseamos por los centros comerciales, accedemos al ocio en los centros comerciales, los niños juegan y se divierten en infames “piscinas de bolas” en los centros comerciales. Las parejas se aman en los centros comerciales, se proyectan planes de futuro en sus bares, se realizan suministros de comida en sus supermercados, la gente va a trabajar en sus tiendas y a cenar en sus restaurantes.

Frente a esta realidad “real”, la realidad virtual tiene la peculiaridad de que nunca fue un espacio público. Nació siendo un espacio privado. Amplio y plenamente transitable para el ciudadano, bajo el falso reclamo del ejercicio de la libertad. Ahora mismo hay millones de blogs en el mundo. Millones de palabras alojadas en las redes sociales, en los correos electrónicos, en portales de información. Por no hablar de las imágenes. Youtube es un tremendo contenedor de imágenes donde hay de todo: a poco que te descuides, tú mismo apareces en algún vídeo casero de una verbena que te cogió por allí. Una orgía de información, donde el ciudadano se ha transformado en usuario, pero sobre todo en cliente. Un cliente que teóricamente no paga nada, aunque sí: contribuye como generador de información al progreso de esos espacios virtuales, de esos grandes contenedores de información dirigidos por personas a las que nadie conoce.

Un mediático director de uno de los “periódicos digitales” más afamados de nuestro país, que en los últimos años ha ido virando de forma irrefrenable hacia posturas cada vez más reaccionarias, se jactaba durante un almuerzo con otros colegas de lo redondo que resultaba su negocio: el periódico digital se nutre fundamentalmente de la aportación de blogs que, a cambio de un poco de notoriedad, se convierten en generadores activos y gratuitos de información, por la que el medio obtiene beneficio a través de la publicidad. Hace no mucho mantuve una reunión con un director comercial de uno de los grupos mediáticos con mayor penetración en Andalucía. Aseguraba sin ningún tipo de reparos que la información no es más que el aderezo, que la forma de rellenar los huecos vacíos que deja la publicidad.

Uno escribe aquí, en Facebook, en Twitter, uno se intercambia mensajes por Yahoo, cuelga vídeos en YouTube, y nunca piensa en lo que puede pasar si por ejemplo mañana el propietario inidentificable de esas plataformas decide echar el cierre. O peor, vender la información que esa plataforma contiene al mejor postor. Cada vez escucho más voces por Facebook que se quejan de que “la herramienta” les suprime una determinada publicación, o que se le borran los contactos, cosas así, que aluden a una supuesta policía invisible que controla toda la herramienta.

El otro día celebraron en Cádiz la conmemoración del segundo centenario de la promulgación de la Libertad de Imprenta. Toda una revolución en su época: el acceso masivo de los ciudadanos a medios de producción propios para la propagación de ideas e información en libertad. Dos siglos después, y con el panorama de los medios en grave crisis debido a Internet, no se me ocurre una ley posible que pueda trasladarse a la presente realidad virtual. Nuestra participación se limita a los contenidos, pero nadie sabe quién controla los medios de producción. Es posible que todo esto que leéis esté alojado en un servidor de la India o en un macropolígono industrial a las afueras de Pekín. La bestia crece y crece, como un monstruo fabuloso aunque escurridizo, con apariencia invisible. Nosotros nos limitamos a darle de comer.

Padezco alergia a las teorías conspiratorias, pero eso no está reñido con el realismo. Siempre me fascinó la capacidad del Mago de Oz, aquel gordo mediocre que se escondía tras la cortina, para generar por sí solo todo un mundo de technicolor, con promesas de sueños que pueden cumplirse, y que él manejaba con su mano invisible mediante la manipulación inteligente de fantasmas.

No voy a dejar de escribir por aquí. Sólo que me gustaría poder levantar las baldosas amarillas, saber qué esconden debajo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Doppelgänger

Me pasa que a menudo creo distinguir por la calle a gente a la que un día enterré. Es muy habitual, por ejemplo, que cuando camino por una acera concurrida, allá, a lo lejos, crea estar viendo a mi tío Paco, con su enorme nariz dickensiana, como un tubérculo sanguinoliento, con su gran tripa oronda, compacta y perfecta en su redondez como una cúpula de cemento. Me pasa en esas ocasiones que, si estoy especialmente sensible y me dejo engañar por la falsa sensación de certeza, empiezo a apretar el paso, e intento sortear a los transeúntes siguiendo el rastro de mi familiar muerto. No me mueve ninguna esperanza de que haya vuelto a la vida, no hay nada religioso en la reacción, ni una pizca de fe. Más bien se trata de un impulso morboso: encontrar en el otro cuerpo, en el falso familiar, elementos que conviertan en imperfecta la sensación de simetría. Al final la observación cercana despeja cualquier conjetura.

También me pasa a menudo con mi cuñada, la buena de Mercedes, que murió cuando apenas rebasaba la treintena. Seguí muy de cerca la decadencia de su cuerpo, el modo en que fue perdiendo el aspecto saludable hasta transformarse de forma fulminante en un reclamo de la propia muerte, en la enfermedad hecha carne. A Mercedes me la encuentro a menudo, pero tiene el aspecto sano de mis primeros recuerdos. Es una mujer de cuerpo rotundo, algo desgarbado, pero contundente, con una contundencia que irradia felicidad. Estuve con ella prácticamente hasta la agonía, seguí muy de cerca su sufrimiento y la degradación de su cuerpo, pero nunca la veo así cuando camina confundida entre los viandantes. Sigue siendo rolliza, joven, ajena a cualquier posibilidad de enfermedad.

También sigue intacto Malín, el compadre de mi padre, una especie de tío no oficial, el mejor amigo de mi padre. A veces lo veo fugazmente en el interior de una cafetería, o a lo mejor está sentado en un velador, o recorre la calle dentro de un autobús atestado. Nunca tiene la cara enferma de sus últimos días; no hay rastro de los tubos que le saeteaban el cuerpo el día que me despedí de él, ni aquella inconfundible mirada del que se sabe cercado por la muerte.

Extrañamente, sin embargo, a quien más me encuentro es a un antiguo amigo del colegio. A partir de los 10 años, cuando nos mudamos de barrio e incluso de localidad, dejé de tener todo contacto con él. Me lo encontré, creo, en alguna barrilada en mi Facultad, aunque de eso tengo un recuerdo difuso. Después, por un amigo común, me enteré: volviendo casi de mañana de un concierto, y probablemente tras una larga noche de juerga, tuvo un accidente mortal con su coche. Creo que no tenía más de 25 años.

A ese amigo me lo encuentro muchas veces cuando camino por la calle. Es una presencia caprichosa, que no sé a qué obedece. Aquel chaval tampoco me dejó una marca excesiva, el trato con él se limitó a los tiempos de la infancia. Sin embargo suelo encontrármelo, como a Mercedes, como a mi tío Paco, como al compadre de mi padre.

He de reconocer que al principio me sobrecogía. Verlos allí, tan cerca, de forma tan súbita e inesperada, cuando yo mismo arrimé el hombro y cargué con sus ataúdes, y verlos además moverse, incluso sonreír, responder ante estímulos cotidianos e insignificantes, es algo que me inquietaba. Ahora ese tiempo ha pasado, y tengo que decir que hay pocas cosas que actualmente me estimulen tanto como toparme con un falso doble. Me parece, no sé, que es como un juego, como si la muerte me estuviera haciendo un guiño, como si mi conciencia fuera capaz de proyectar sus fantasmas sobre el propio tapete de la experiencia real. Ya sólo me queda lograr lo que únicamente consigo en los sueños: acercarme del todo a ellos, saludarlos como si nos hubiéramos visto ayer mismo y charlar de forma natural, pasando por alto el prescindible capítulo de la enfermedad y la muerte.

Al final es cierto que siempre gana la ciencia, y que la materia, incluso la humana, no se crea ni se destruye: se transforma. Todos ellos, o una parte de ellos, están en mí, de alguna forma yo los porto en mis retinas, están vivos y se mueven. Les gusta el juego.