miércoles, 12 de enero de 2011

Lo que se lleva

Un poco de impudicia: hace algunos meses, y con cierta aflicción soterrada, mi suegra se animó finalmente a aligerar su guardarropía de las numerosas prendas que pertenecieron a su esposo. Hubo algunas que me fueron asignadas, y se me permitió escoger, de entre todas, aquéllas que yo consideraba más valiosas. Me limité a los calzoncillos: una docena de slips de algodón, los clásicos, los de toda la vida, todavía envueltos en paquetes sin estrenar y tan blancos como en el día de su compra.

Desde entonces hasta estos días, he utilizado esos calzoncillos, hasta convertirlos en mi ropa íntima predilecta. Me recuerdan a los gayumbos de mi infancia. Sobre todo los varones, imagino que sabéis que qué calzoncillos os hablo: esos de algodón con la apertura en la zona central delantera, por la que puede sacarse el miembro para mear sin necesidad de desabrocharse el pantalón. El tacto es suave, y son holgados. A mí siguen pareciéndome además los más estéticos. Los clásicos, carajo.

Sin embargo tanta predilección acaba trayendo sus consecuencias. Después de muchos lavados, la gran mayoría de ellos ha acabado deteriorándose. Ni siquiera esto me venía importando demasiado: al fin y al cabo, aunque estuvieran descosidos, aunque la gomilla se soltara, aunque algún ojo abierto asomara en medio de la tela, nadie tenía por qué saberlo: no se veía.

—De este mes no pasa. Te compras calzoncillos –me dijo Espe, un poco avergonzada en lo más íntimo por mi aspecto de indigente cuando comparecía en paños menores.

Así que allí que fuimos, a la búsqueda del gayumbo. Pero el paseo por la zona de ropa íntima del hipermercado no pudo ser más desolador. Allí estaban todas esas hileras de slips modernísimos, con formatos más propios de bañador, con elásticos gruesos en la cintura como si los figurantes de las etiquetas, en lugar de viles modelos, fueran luchadores de wrestling que hubieran arrebatado el Cinturón de Campeón Mundial al mismísimo Hulk Hogan. Por no hablar del tacto: esa horripilante textura cercana a la lycra, con la que los cojones parecen embutidos en una bolsa de plástico, que se estira como una inmunda malla, transformando tu cintura en un morcón fresco. Por dios, qué diseños. ¿A quién se le ocurren tamaños modelos? Parecen retales de los trajes del antiguo Batman y Robin que pasaban hace años por televisión. A eso también ayuda, y mucho, el colorido: con tanto dibujito, tanta rayita y tanto punto, en lugar de recubrir las zonas íntimas parecen la luminotecnia de una verbena.

A lo mejor, pienso, debería adaptarme a los tiempos, ser más moderno. Embutirme uno de esos deleznables gayumbos siglo XXI, e intentar parecerme un poco, aunque sólo sea por la ropa íntima, a Ronaldo o a cualquier jugador de fútbol de esos que exhiben tableta en los anuncios. Lo mismo también debería renunciar a las tentaciones del Barón Dandy, y enrolarme en las filas del Hugo Boss o de la colonia Beckam, o cualquier otro perfume que me recubra de un poco de sofisticación, de algo de misterio. Pero desde chico, cuando me enviaban a la compra, aprendí que con los huevos no se juega. Y menos aún si son de uno.

Todo esto viene a cuento del comentario que uno de los editores de Viscerales, la antología de literatura visceral en la que me han incluido, hace de la pieza con la que he contribuido al libro. En un repaso de todos los autores que participamos, y que está publicando por capítulos en el Facebook, cuando le toca hablar de mí, el bueno de Mario Crespo dice que soy “un prosista excepcional que maneja el tempo narrativo con una maestría propia de un novelista de más de sesenta años”. Dejando a un lado el elogio, que agradezco sinceramente, nunca me había dado por considerar que mi forma de escribir pueda ser más propia de un sexagenario que de un tipo de 30 y pico años. Pero pensándolo a toro pasado, en realidad puede ser una buena forma de definir cómo me siento últimamente en lo tocante a literatura, cuando me asomo a las librerías y me da por hojear algunas novedades, o cuando los colegas hacen recomendaciones literarias, o cuando buceo un poco por Internet y veo lo que se lleva.

Lo que se lleva en literatura, como lo que se lleva en lencería y ropa interior, no me pone absolutamente nada. Veo a poetisas con dientes de leche y con ínfulas de Rimbaud que exhiben carne en su blog y que dictan sentencia pretendiendo erigirse –de verdad se lo creen- en el nuevo Milagro de la Literatura Española. Veo a gafipastis muy modernos que escriben libros sobre personajes de parques temáticos y cosas así y que nunca se salen de su registro pop y radioformulero, como si el negocio literario fuera un número del SuperPop. Hay tipos y tipas que escriben cosas horripilantes y que rechazan displicentes cualquier crítica apelando a la falta de miras del que critica. Y todo siempre es lo mismo: discurso fragmentario, ideas deslavazadas, falta de estructura. Todo muy moderno, todo muy pop, todo muy pretendidamente frívolo y distanciado. La literatura convertida en un escaparate de moda con una puesta en escena impecable, pero tan hueca y anémica como esos fraudulentos juguetes que no tienen nada que ver con el embustero paquete que los contiene.

Contad historias, contadlas bien. Tapad bien los cojones, abrigadlos bien. De eso es lo único que se trata.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Y nunca olvidéis que, digan lo que digan, los pelos del culo siempre abrigan.

Begoña dijo...

No es tan fácil escribir, ni tan siquiera es fácil escribir. Quizá no haya que hacerlo con los puntos de sutura sin curar aún. En cualquier caso podrías darnos unas pautas. O explicarnos por primera vez cómo es como debe escribirse para escribir literatura. Quizá así me quedase claro de una vez. Literatura de la que pueda exhibirse desde una buena editorial que de un oficio.

Los viajes que no hice dijo...

No sé qué se lleva. Ni en literatura ni en cualquier otra cosa. Yo con los libros soy como con la ropa y las películas: me compro y me meto entre pecho y espalda lo que me cabe.
De alguno de estos he leído una primera frase y me he escandalizado tanto que he cerrado el libro y lo he dejado en su estante (de la tienda) con aspavientos.
Y mascullando: "La cantidad de mierda que se publica, dios".
Para escribir hay que leer, señores. Y poco más. Ah sí: tener una habitación propia.
Pero eso ya lo dijo Woolf.

Por cierto, Espe es prima de un amigo mío. El mundo es una corrala.

Anónimo dijo...

Cuñado, es Varon Dandy con V. Por favor..lo que me he reído con los calzoncillos..no sabía que precisamente habías elegido eso ante aquella selección, es para morirse de risa, desde luego eres único, con esa descripción de los elásticos los 60 es poco, jód.. que eres muy joven!me imagino a la pobre Espe mirando con desolación..Qué post más divertido tableta-literatura. Car

Daniel Ruiz García dijo...

Anónimo: Amén.

Begoña, creo que no soy el más adecuado para dar pautas sobre cómo contar cosas. Creo que hay grandes maestros de los que aprender, tan sólo leyendo sus obras. O bien leyendo algunos libros muy esclarecedores, como el que Truffaut publicó sobre sus conversaciones con Hitchcock.

"Los viajes", me dice Espe que me digas de qué primo se trata. Sospechamos de uno, pero si nos lo dices, mejor.

Varón Dandy, vale, Car. No te rías, son los mejores gayumbos. A ver si metes en vereda a tu hijo, y le compras de éstos. Son una garantía para la circulación fluida y sin estrés del esperma dentro de los testículos, y por tanto para tus posibilidades reales de ejercer como abuela en el futuro. La perpetuación de la especie es algo que no debes tomar a risa.

Los viajes que no hice dijo...

Domingo Cáceres. Ese es.
Se acabaron las sospechas.

Daniel Ruiz García dijo...

El bueno de Domingo. ¡Lo sabía! Gran tipo.

Los viajes que no hice dijo...

Muy lindo, sí. Mucho.