viernes, 28 de enero de 2011

Riesgos de hablar desde un púlpito


Una de las razones principales por las que he decidido de momento congelar mi colaboración con Estado Crítico es que cada vez leo menos novedades. Los libros que más me interesan son de escritores muertos, o bien ediciones de bolsillo de hace unos cuantos años, o bien biografías –cada vez me gustan más- de gente muy interesante pero que están publicadas desde hace décadas.

De vez en cuando, no obstante, hago una salvedad, y alguna novedad se pone en mi camino. Puede ser, como es el caso, que la novedad venga acompañada de cierto reto personal: comprobar si es tanto como dicen, si estoy, aunque sea sólo por esta vez, ante la Gran Obra Maestra que promete la solapa, ante el Libro de la Década, ante, en fin, todos esos elogios en mayúscula que acompañan a las grandes apuestas editoriales de temporada como si fueran los flashes en un desfile de moda.

En este caso, el libro en cuestión es el último de Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor. He seguido a Menéndez Salmón desde que empezó a armar su Trilogía del Mal. Me parece un autor nada volátil, que tiene oficio y sabe escribir. Cuando digo escribir me refiero a que sabe contar historias, sabe manejar tempos, dibujar personajes y aplicar su intelectualidad en beneficio de las historias que cuenta. Suelen ser, por lo general, historias con sustancia, nutritivas, que te aportan cosas.

Confieso que la solapa de la novela de la que vengo a hablaros resulta bastante intimidante. Digamos que iniciar la lectura de este libro pasando antes por su solapa es como ingresar por el pórtico de una catedral de proporciones desmesuradas. Cuando algún crítico afirma en la solapa que con este libro Menéndez Salmón “se ha condenado a la eternidad del arte”, es inevitable sentirse algo pequeño, como si uno no fuera demasiado merecedor del libro que tiene entre las manos.

Pero la historia empieza, con un primer capítulo de gran altura y brillo que nos hace presagiar (glub) que lo que viene puede ser muy grande. Con un capítulo inicial tan bien contado, tan medido y sugerente, mantener el nivel constituye un gran reto. Lo cierto es que a partir de la irrupción de Mark Rothko la cosa se pone rara, y entonces empezamos a adivinar la intencionalidad. Se trata de una especie de tríptico, tres pequeñas historias sobre la relación entre la expresión artística y el poder, a través de sus tres grandes representaciones históricas: el poder de la Iglesia (historia 1: Adriano de Robertis), el poder del Mercado (historia 2: Mark Rothko) y el poder del Estado (historia 2: Vsévolod Semiasin). Un planteamiento bastante ambicioso, que sin embargo resulta algo aparatoso en conjunto. La apariencia general es la de una cortina deshilachada, y no tendría nada que objetar si la postmodernidad estructural fuera una apuesta, aunque al llegar al último capítulo uno entiende que no es así: a modo de críptica moraleja, de final feliz a la manera de los cierres moralizantes de la literatura medieval, Menéndez Salmón incluye un epílogo en el que se transmuta de forma definitiva en un sosias (Bocanegra) al que se concede el Premio Nobel de Literatura, y en el que se explica que ese tríptico que hemos leído es la gran obra maestra de su carrera, su novela cumbre, y la que justifica en buena medida la concesión del Nobel.

El regusto final que deja la novela es que se trata de un libro demasiado forzado, donde Menéndez Salmón ha querido ejercer de postmoderno sin lograrlo debido a su carácter de novelista más bien clásico, muy en la tradición alemana seria, esa que siente querencia por la filosofía, los grandes dilemas universales y los valores que siempre se ponen en mayúscula. El capítulo final resulta sonrojante, casi naïf, dando al traste con toda la ambición del tríptico y confundiendo en el mal sentido al lector, que tiene la penosa sensación de que, como novelista, es posible que Menéndez Salmón haya descendido algunos peldaños. Sencillamente un epílogo como el planteado no resulta necesario, como tampoco resulta necesaria, desde el punto de vista de una novela postmoderna, la explicación sobre la veracidad de los tres perfiles en torno a los que se construyen las tres partes. Sabemos que Mark Rothko fue un pintor real, pero, ¿era necesario decir que los otros dos no lo eran? ¿No es justamente eso, el juego, la sugerencia, la mentira, una de las bases de la literatura postmoderna? Por otro lado, ¿por qué el Nobel? ¿Realmente es un galardón que premia el verdadero talento, la contribución definitiva a la Literatura Universal? ¿A dónde nos quieres llevar, Ricardo? Y lo que es más preocupante: ¿Realmente lo sabes?

En todo esto, desde luego, tiene que ver mucho el tono. Si hay algo que puede recriminarse a Menéndez Salmón es la falta de humor de su literatura. No se trata de un valor literario en sí mismo, pero como lector a mí me resulta casi imprescindible. El estilo de Menéndez Salmón es siempre elevado, siempre erudito. Llevado al símil de la construcción, sus novelas parecen todas fabricadas con mármol y decoradas con muebles de anticuario. Hay escritores que parecen hablar de frente al lector, y que siempre mantienen un ángulo de visión horizontal. Hay otros que hablan desde abajo, y ésos a los lectores no nos gustan porque hay que agachar la cabeza: son niños, y si se les lee es siempre con condescendencia. Por último, hay escritores que hablan como si dictaran conferencias desde un atril. Con estos escritores siempre hay que elevar la vista, porque están por encima de nosotros. Ricardo Menéndez Salmón es un escritor de los que escribe desde el púlpito, cosa que a mí no necesariamente me desagrada. Borges, por ejemplo, es un escritor de púlpito, y con él todo va siempre bien porque se le agradece y se le valora en todo momento su maestría. Thomas Bernhard es un gran autor de púlpito. Hay otros muchos: Faulkner, Camus, Lobo Antunes, Malraux... No sé si sabéis de qué os hablo, son ese tipo de escritores que uno lee como quien escucha una conferencia magistral. Todo es perfecto, nada es reprochable, si acaso el hecho de que no estén aquí abajo junto a nosotros, que no establezcan con el lector una relación de complicidad sino más bien de pupilaje. No se valora su capacidad de sintonía, no se valora su talento para transmitir vulnerabilidad o para representar desde la ficción valores humanos universales, o por lo menos característicos de un pueblo o una época histórica. Se valora más bien su magisterio constructivo, su arcana audacia, con fórmulas arquitectónicas inaccesibles para el común de los mortales. Al escritor de púlpito, sin embargo, le acechan siempre dos grandes amenazas: primera, que sus formas puedan generar cierta antipatía, y segundo, que en algún momento pueda producirse el desliz y el autor se resbale y caiga estrepitosamente púlpito abajo.

A Menéndez Salmón pueden haberle pasado las dos cosas con esta novela. Probablemente con un poco de humor la sensación antipática que produce su lectura podría haberse atenuado. Me explico: si el tono fuera más simpático, desenfadado o incluso chistoso, a lo mejor nos tomaríamos de buena gana ese epílogo en el que el mismo escritor, encarnado en su alter ego, se autoconcede el Premio Nobel. En todo caso, creo que ni siquiera el humor hubiera evitado la caída desde el púlpito, el resbalón: quizá lo hubiera suavizado. El problema adicional es que cualquier caída, cuando se produce en el interior de una catedral de techos altos y grandes espacios huecos, produce bastante ruido, y el eco del batacazo tarda tiempo en marcharse.

Ojalá que no, y que Menéndez Salmón vuelva pronto a sus historias, a las que él sabe contar. Para experimentos y frivolidades hay otros muchos, pero escribir bien, como él escribe, es algo que está al alcance de muy pocos.

martes, 25 de enero de 2011

Periodismo

Hace algunos años, recién terminada la carrera de Periodismo y mientras me debatía entre perpetuar el proceso de realización de prácticas (aunque parezca imposible, aún hay gente más o menos de mi quinta que siguen ejerciendo de becarios) o aventurarme en el mercado de trabajo, recibí la tentación de incorporarme a la Redacción de un periódico. Era un periódico local de la provincia de Huelva, en un puesto orientado a la realización de reportajes de esos que llamamos “de interés humano”, y tambien de entrevistas con un tono social, amable, distendido. Unos amigos de la Facultad pensaron que la vacante calzaba como un zapato perfecto en mi perfil. Habían leído algunas de las cosas que había escrito para el ABC de Sevilla en mi etapa de prácticas, y pensaron que era idóneo para elaborar el suplemento de ocio semanal, donde se incluía abundante información de tipo social y cultural. Recuerdo que durante la visita me acogieron con entusiasmo y mucho cariño. Me regalaron incluso una colección completa de Poesía Onubense que algún tiempo antes regalaban con el periódico, y que aún hoy descansa en la librería de mis padres (sólo he sustraído a escondidas dos, que seguro que no notarán: el obligado de Juan Ramón Jiménez y uno del maestro Manuel Moya).

La entrevista que mantuve con el director del periódico fue decisiva para mí en muchos aspectos. Imagino que el tipo, del que no recuerdo el nombre, ni siquiera se acordará de mí, ni de que mantuvo conmigo aquel encuentro. Fueron apenas unos minutos, pero yo nunca lo olvidaré. El periódico local que dirigía estaba atravesando una fase de inevitable decadencia: se iba cuesta abajo hacia la ruina. Después de haber conocido tiempos mejores, habían puesto al frente del Consejo de Administración a unos empresarios que lo único que pretendían era que el medio ejerciera de vocero de las empresas titulares y diera dinero a través de la publicidad. El periódico no duró mucho más después de aquel encuentro. De hecho, para buscarlo hoy hay que acudir a las hemerotecas.

Por lo que me confesaron mis amigos más tarde, el director era un auténtico cretino, que ni siquiera tenía titulación periodística. Se dedicaba a explotar a los trabajadores, imponiéndoles un ritmo de trabajo fabril, como si en lugar de una Redacción ocuparan un horno. Aun así, para mí fue un maestro, un maestro de ésos que enseñan vida en todo su mal sentido.

Me sentó en su despacho. No recuerdo su cara, ni su nombre, pero caprichosamente sí me acuerdo del olor: olía intensamente a tabaco negro.

-Me han dicho que escribes muy bien.

-Sí.

-Bueno. Pues el puesto es tuyo.

No era ninguna bicoca, porque estaba, ya por aquel entonces, miserablemente pagado. Si la memoria no me falla, la nómina era de 60.000 de las antiguas pesetas. Corría el año 98 o por ahí.

-¿Qué es lo que pretendes encontrar en este periódico? –me preguntó.

-No sé –todavía me quedaba un resto de romanticismo-. Escribir buenos reportajes. Hacer un buen periodismo. Producir con calidad. Cosas de las que pueda sentirme orgulloso.

El tipo se rió.

-Aquí no se hace periodismo –contestó, y entonces descerrajó su frase imborrable-. Aquí sólo se rellenan los huecos que deja la publicidad.

Salí de allí muy aturdido, sin que fuera capaz de reaccionar a las preguntas de mis compañeros, que me esperaban a la puerta. Tuve fuerzas para decirles que bueno, que de momento me lo pensaría. Pero cuando mis amigos me dejaron en el coche, padecí uno de los ataques de tristeza más agudos que recuerdo en mi vida.

Con una sola frase, aquel tipo miserable me enseñó todo lo que necesitaba saber del negocio periodístico. Todo lo que durante cuatro años no me había enseñado la carrera, ni los casposos profesores con trajes de chaqueta de pana que se atragantaban glosando las sublimes y heroicas biografías de los vates del Periodismo universal. Todo lo que no venía en los manuales de estilo de los grandes medios, ni en los sesudos tochos de teoría periodística, ni en las memorables hazañas de la Historia del Periodismo, podía resumirse en unas pocas palabras. Creo que he aprendido de pocas personas tanto como de aquel hombre mediocre y bastante repugnante, que consiguió sintetizar en una sola frase la esencia de este puerco negocio.

Leo hoy la noticia del anuncio de los despidos por parte de PRISA. Me entristece porque tengo buenos amigos dentro de la empresa, pero también soy consciente de que es la crónica de una muerte anunciada: un sacrificio ineludible dentro de una carrera generalizada hacia la disolución de los medios tradicionales, que todavía tiene que llevarse a muchos otros transeúntes por el camino. No sé cuándo se fastidió todo, no sé en qué momento empezó a torcerse, pero creo que muchos deberían haberse topado hace años con mi singular maestro. Hubiéramos evitado romanticismos idiotas, hubiéramos sabido señalar a tiempo dónde está el enemigo. Hubiéramos resuelto, sin necesidad de traumas ni escaramuzas, este enorme malentendido que es el periodismo considerado como un ejercicio de héroes a los que sólo les mueve la búsqueda de la verdad por encima de intereses mercantilistas.

Se llevó a un presidente de EE.UU. por delante, pero eso sólo fue la consecuencia evidente. Cuánto daño nos ha hecho a todos el escándalo Watergate.

lunes, 24 de enero de 2011

Nada que temer

Gerundio

No sé qué me ocurre, pero llevo algún tiempo bastante tonto. El otro día me chuté el primer capítulo de Boardwalk Empire, la serie de Scorsese, y cuando terminó me sentía muy nervioso, como cabreado. Es una masterpiece contenida en apenas una hora y diez minutos, una verdadera pasada. Eso no es una serie, eso no es televisión, quien diga eso miente, es cine 100%, y cine 100% Scorsese. Relojería visual, con todo el nervio marca de la casa, y con unos personajes trazados con la pintura rápida e indeleble propia de un cuadro expresionista. Scorsese sigue siendo el mejor, y en Boardwalk Empire se gusta. Se gusta y nos gusta, nos pone nerviosos, nos pone cardiacos. Sin embargo, después de ver el primer capítulo, pasé de estar abrumado a estar excitado, y al final tenía un cabreo de mil demonios.

No sé qué me pasa, pero mi cuerpo lo barrunta. He dejado de tomar cerveza, de forma radical, y ahora ando de arriba abajo todo el día, bebiendo agua de forma compulsiva. Soy capaz de leer una novela en una noche, no consigo dormir y estoy eufórico, con una euforia rara que siempre está al borde de la furia. Paso por mi habitación y veo los cuadernos en blanco y me parecen como mujeres adolescentes dispuestas a la caricia. Cuando tomo el rotulador para hacer dibujos a los niños apenas puedo soportar el roce del plástico sobre mis dedos. Veo salir la tinta, veo la estela negra tras de mí y vuelvo a sentirme nervioso.

Leo a Romain Gary. Me parece un autor descomunal. Creo que en su libro La promesa del alba hay párrafos memorables. Es el tipo más cachondo y divertido que he leído en años. Quiero tenerlo todo de él, quiero leer sus obras completas. Pero sobre todo lo envidio, lo odio por todas las cosas que ha dicho, por todas las historias que ha escrito tan bien. Quién soy yo comparado con él, sólo un mierda, sólo un capullo inflamado de vanidad. Pero aquí, dentro de mis dedos, están esperando mis historias, están esperando la ocasión para saltar al papel.

Lo peor es cuando camino. Cuando voy andando al trabajo, y la cabeza se me atiborra de frases. Hay metáforas cruzando por mi frente que sonríen y se marchan rápidamente, sin tiempo de que las cace, sin tiempo de que las atrape y las despachurre contra el papel. Tengo veinte millones de arranques de novela en mis oídos, son como la brisa, están apostadas en cada esquina, como animales invisibles. Me susurran, me hablan, son juguetonas, las muy puñeteras.

Por la noche, antes de que el sueño venga a por mí, mientras Espe duerme a mi lado, vuelven otra vez. Algunas ideas regresan, pero otras sólo están de paso y ya nunca vuelven. Siento la tentación de abalanzarme sobre el flexo, encender la luz y ponerme a emborronar folios. Siento la tentación de ir de caza, de no dejar ni una idea volando sobre la habitación.

Después llega la claridad y viene la cordura: para qué tanto esfuerzo, para qué tantas fatigas, si yo no lo necesito, si no me hace falta, tengo todo lo que preciso: el amor de una buena mujer, hijos, pasatiempos, reconocimiento profesional. Para qué complicarme la vida, cuando nunca ha estado peor que ahora, cuando nunca ha tenido menos sentido. Para qué escribir, dónde voy a llegar, qué es lo que pretendo, qué recompensa puedo obtener de un esfuerzo tan doloroso.

Siempre ocurre así: sólo tengo una forma de mitigar las dudas, esta forma de malestar tan incómodo. Se llama escribir, se llama construir frases, dotarlas de sentido, dibujar personajes, crear ambientes, contar historias. Es lo único que me tranquiliza de verdad.

Voy a instalarme otra vez en el gerundio. Mañana empiezo una nueva novela.

martes, 18 de enero de 2011

Boxeador golpeando al vacío

Siempre me fascinó aquella escena de Cabaret en la cervecería de campo, donde todos los comensales acaban contagiándose del patriotismo de un joven ario que empieza entonando en solitario una canción tradicional alemana y acaba siendo secundado por todos los entusiastas bebedores. Por el camino de la emoción y de la belleza del joven ario, todos acaban entrando al trapo, contagiados de un sentimiento elevado de orgullo patrio y de confianza en un futuro sin mácula (El mañana me pertenece, decía su estribillo). Bob Fosse clavó una de las escenas más brillantes del cine de implicación histórica de todos los tiempos, construyendo con un planteamiento escénico bastante simple una estupenda metáfora sobre el ascenso nazi y sobre el modo de malear a la masa apelando a cuestiones que escapan a la razón.

Alguna vez lo he dicho por aquí: siempre me he sentido algo incómodo en las grandes concentraciones de gente, con un sentimiento muy parecido al ridículo, del que intento deshacerme resguardándome en el cinismo o en la ironía. Por eso desconfío casi por naturaleza de todo lo que tenga el sello de la multitud, y venga marcado por la certificación del consenso y del asentimiento sin fisuras.

A poco que uno vaya contra la corriente se encuentra con problemas. Elitista, tirano o, en el mejor de los casos, antipático son los calificativos que le esperan al que decida disentir de la multitud, que se ganará además la sospecha eterna de epatante, de polemista bufonesco. Por no hablar, si la conducta es empecinada, del desprecio y de la condena eterna a las mazmorras del silencio.

Lo contrario se llama borreguismo. Se llama comulgar con la corriente mayoritaria, con el hilo invisible que marca la dirección, sin que uno sepa muy bien de dónde viene esa dirección, sin que uno tenga demasiado claro cuál es la motivación que la sostiene.

No sé, por ejemplo, cómo ha llegado a instalarse en la opinión pública española la creencia firme de que Pérez Rubalcaba es un gran gestor, un político brillante, probablemente la única solución posible para el socialismo extenuado frente a la amenaza de Rajoy. Pérez Rubalcaba no me ha demostrado que tenga más o menos brillo que cualquier otro. Por lo demás, sé que he crecido viéndolo en la tele y está en el PSOE desde los tiempos de Felipe González, y que ha estado implicado en tinglados bastante serios. En cuanto a su gestión, sencillamente no la conozco, sólo lo veo comparecer ante los medios. Sí, el aspecto no es malo, maneja bien la gestualidad y sale componer poses de preocupación, pero de ahí a pensar que es el mejor invento político desde Churchill hay un paso. ¿Por qué entonces todo el mundo llega a la conclusión de que es el único caballo ganador posible del PSOE? Sin embargo, ayer, en la encuesta demoscópica de la Ser, le daban como el político mejor valorado. ¿Cómo se llega a esto? ¿Cómo se fragua esta tendencia, cómo se encumbra su imagen sin que realmente exista ninguna prueba fidedigna y cierta que lo avale?

Todo suele ocurrir de esta forma tan mágica, tan misteriosamente unánime. Hay, por ejemplo, unos animales a los que se les denomina los “mercados”. Ahora todo está justificado por la necesidad de “calmar” a los mercados. Las severas modificaciones del mercado de trabajo, la subida de impuestos. Todo se consagra a la intención de “calmar” a los mercados. Imagino “mercados” y veo a King Kong avanzando por la selva frondosa a la búsqueda del nuevo sacrificio maniatado. El sacrificio somos todos nosotros, ciudadanos de a pie, comprometidos con el ritual de alimentar a la bestia, de calmar a los mercados. Y nadie critica porque la realidad es así, porque los mercados tienen hambre, y esa es la única verdad posible, la verdadera razón del mundo, la que hace avanzar su maquinaria.

En la cultura el proceso es bastante similar. Alentado por algunas recomendaciones efusivas, me pegué un salto para ver La red social. Me pareció una película aburrida, algo histriónica, con un montaje videoclipero y unos personajes a la deriva entre la antipatía y el tópico. Pues bien, resulta que esta peli es lo más grande que se ha rodado en 2010. No le veo la gracia por ningún sitio, me parece predecible, con un guión que se pasa de decibelios y de perspicacia, y con un protagonista tan trillado que incluso cuenta con un estereotipo con definición propia en wikipedia.

El boca-oído es uno de los mecanismos comerciales más efectivos y rentables. Qué mejor prescripción de un producto que la de un amigo con criterio que lo recomienda. Yo mismo no me canso de prescribir Mad Men, y me doy cuenta de que la serie dichosa (con toda la extensión del adjetivo) se va extendiendo entre mis allegados y familiares con la furia de la metralla. El problema viene cuando el boca-oído se parece más bien a una sordina, a un runrún apenas perceptible que nos va contaminando sin que seamos muy conscientes de que se nos mete dentro, hasta generarnos el convencimiento de que hemos llegado a una opinión por nuestro propio camino, a pesar de que esa opinión tiene más bien la forma de un líquido filtrado de forma invisible sobre nuestro cerebro.

Cuando veo las adhesiones que concita Pérez Rubalcaba, cuando escucho los debates radiofónicos en los que se defiende lo indefendible apelando al nerviosismo de los mercados, cuando percibo el consenso generalizado en torno a las películas de Fincher o a los libros de Pynchon, por poner sólo algunos ejemplos, se apodera de mí cierta sensación de rebeldía, de mosqueo, de intranquilidad nerviosa. Quisiera combatir esta desasosegante sensación, quitármela de encima a golpes, pero soy consciente de que puedo llegar a componer una triste estampa: la de un boxeador golpeando al vacío.

miércoles, 12 de enero de 2011

Lo que se lleva

Un poco de impudicia: hace algunos meses, y con cierta aflicción soterrada, mi suegra se animó finalmente a aligerar su guardarropía de las numerosas prendas que pertenecieron a su esposo. Hubo algunas que me fueron asignadas, y se me permitió escoger, de entre todas, aquéllas que yo consideraba más valiosas. Me limité a los calzoncillos: una docena de slips de algodón, los clásicos, los de toda la vida, todavía envueltos en paquetes sin estrenar y tan blancos como en el día de su compra.

Desde entonces hasta estos días, he utilizado esos calzoncillos, hasta convertirlos en mi ropa íntima predilecta. Me recuerdan a los gayumbos de mi infancia. Sobre todo los varones, imagino que sabéis que qué calzoncillos os hablo: esos de algodón con la apertura en la zona central delantera, por la que puede sacarse el miembro para mear sin necesidad de desabrocharse el pantalón. El tacto es suave, y son holgados. A mí siguen pareciéndome además los más estéticos. Los clásicos, carajo.

Sin embargo tanta predilección acaba trayendo sus consecuencias. Después de muchos lavados, la gran mayoría de ellos ha acabado deteriorándose. Ni siquiera esto me venía importando demasiado: al fin y al cabo, aunque estuvieran descosidos, aunque la gomilla se soltara, aunque algún ojo abierto asomara en medio de la tela, nadie tenía por qué saberlo: no se veía.

—De este mes no pasa. Te compras calzoncillos –me dijo Espe, un poco avergonzada en lo más íntimo por mi aspecto de indigente cuando comparecía en paños menores.

Así que allí que fuimos, a la búsqueda del gayumbo. Pero el paseo por la zona de ropa íntima del hipermercado no pudo ser más desolador. Allí estaban todas esas hileras de slips modernísimos, con formatos más propios de bañador, con elásticos gruesos en la cintura como si los figurantes de las etiquetas, en lugar de viles modelos, fueran luchadores de wrestling que hubieran arrebatado el Cinturón de Campeón Mundial al mismísimo Hulk Hogan. Por no hablar del tacto: esa horripilante textura cercana a la lycra, con la que los cojones parecen embutidos en una bolsa de plástico, que se estira como una inmunda malla, transformando tu cintura en un morcón fresco. Por dios, qué diseños. ¿A quién se le ocurren tamaños modelos? Parecen retales de los trajes del antiguo Batman y Robin que pasaban hace años por televisión. A eso también ayuda, y mucho, el colorido: con tanto dibujito, tanta rayita y tanto punto, en lugar de recubrir las zonas íntimas parecen la luminotecnia de una verbena.

A lo mejor, pienso, debería adaptarme a los tiempos, ser más moderno. Embutirme uno de esos deleznables gayumbos siglo XXI, e intentar parecerme un poco, aunque sólo sea por la ropa íntima, a Ronaldo o a cualquier jugador de fútbol de esos que exhiben tableta en los anuncios. Lo mismo también debería renunciar a las tentaciones del Barón Dandy, y enrolarme en las filas del Hugo Boss o de la colonia Beckam, o cualquier otro perfume que me recubra de un poco de sofisticación, de algo de misterio. Pero desde chico, cuando me enviaban a la compra, aprendí que con los huevos no se juega. Y menos aún si son de uno.

Todo esto viene a cuento del comentario que uno de los editores de Viscerales, la antología de literatura visceral en la que me han incluido, hace de la pieza con la que he contribuido al libro. En un repaso de todos los autores que participamos, y que está publicando por capítulos en el Facebook, cuando le toca hablar de mí, el bueno de Mario Crespo dice que soy “un prosista excepcional que maneja el tempo narrativo con una maestría propia de un novelista de más de sesenta años”. Dejando a un lado el elogio, que agradezco sinceramente, nunca me había dado por considerar que mi forma de escribir pueda ser más propia de un sexagenario que de un tipo de 30 y pico años. Pero pensándolo a toro pasado, en realidad puede ser una buena forma de definir cómo me siento últimamente en lo tocante a literatura, cuando me asomo a las librerías y me da por hojear algunas novedades, o cuando los colegas hacen recomendaciones literarias, o cuando buceo un poco por Internet y veo lo que se lleva.

Lo que se lleva en literatura, como lo que se lleva en lencería y ropa interior, no me pone absolutamente nada. Veo a poetisas con dientes de leche y con ínfulas de Rimbaud que exhiben carne en su blog y que dictan sentencia pretendiendo erigirse –de verdad se lo creen- en el nuevo Milagro de la Literatura Española. Veo a gafipastis muy modernos que escriben libros sobre personajes de parques temáticos y cosas así y que nunca se salen de su registro pop y radioformulero, como si el negocio literario fuera un número del SuperPop. Hay tipos y tipas que escriben cosas horripilantes y que rechazan displicentes cualquier crítica apelando a la falta de miras del que critica. Y todo siempre es lo mismo: discurso fragmentario, ideas deslavazadas, falta de estructura. Todo muy moderno, todo muy pop, todo muy pretendidamente frívolo y distanciado. La literatura convertida en un escaparate de moda con una puesta en escena impecable, pero tan hueca y anémica como esos fraudulentos juguetes que no tienen nada que ver con el embustero paquete que los contiene.

Contad historias, contadlas bien. Tapad bien los cojones, abrigadlos bien. De eso es lo único que se trata.