jueves 19 de enero de 2012

Querido maestro de mierda

Vuelvo a leer Viaje al fin de la noche, después de transcurridos más de quince años desde la primera lectura, y siento el mismo puñetazo, el mismo derrumbamiento, la misma rendición ante una prosa que no parece forjada con palabras. Es más bien una tremenda figura de barro poblada de recovecos y accidentes, como las figuras casuales que uno construye con la arena mojada de la playa. Me reencuentro con el testimonio de Bardamu y encuentro cosas que sólo intuí en la primera lectura. Pero también reconozco que es ahí, en esa voz, en ese tono, en esa forma de contar como quien da latigazos, como quien esputa, donde nació mi deseo de ser escritor, mi propia vocación y mi forma de entender el acto creativo de la escritura.

Viaje al fin de la noche no parece de este mundo. Y no lo parece, sobre todo, por la forma mesiánica de su tono, de un mesianismo malvado, despreciable, pero al mismo tiempo hermoso, verdadero. Leyendo las confesiones de Bardamu me vuelvo malicioso, recupero parte de ese espíritu que se me ha suavizado con los años: el del cinismo, la rebeldía, el anarquismo de la negación y la sublimación de la individualidad.

También me aplasta su forma de entender el lirismo, un lirismo siempre oxidado, sucio, poblado de cachivaches, de hierros, de chatarra. Leer a Céline es demorarse con la contemplación de los resortes y bujías de un desguace, debajo de un cielo rojo, bajo un atardecer preñado de nubes cariadas.

El texto impone su propia lógica, es la sublimación del escritor como demiurgo: nos conduce con estructuras abigarradas, a veces con apariencia endeble, precaria, otras veces rotundas, pero siempre salimos airosos, porque Céline tiene ritmo, y ese ritmo puede con la lógica de las asociaciones, con la concisión expositiva, con la propia palabra: muchas frases resultan tan ensimismadas que no hay forma de comprenderlas si recurrimos a analizarlas con criterio intelectual. Céline es un escritor intuitivo, y es esa intuición la que nos derrumba. Como en los mejores momentos de Moby Dick, hay que respirar profundo, porque el lirismo demencial nos embelesa con su música sin que sepamos entender muy bien la letra, pero tenemos la música, tenemos las notas, y eso es suficiente.

Me aplasta Céline, pero a la vez me da fuerzas, en cierto modo posibilita mi propio reencuentro, me recuerda las razones por las que –todavía- sigo escribiendo.

Así que lo tengo decidido. Pienso sacar un plotter de su retrato, y colgarlo en el cabecero de mi escritorio. Así podré tenerlo bien cerca, mirarlo de frente, para recordar en todo momento por qué he acabado aquí, trajinando con letras que nunca me llevarán demasiado lejos. Y también para decirle, siempre que quiera, qué grande eres, Destouches, qué hijo de la gran puta, qué bien lo contaste todo, querido maestro de mierda.

4 comentarios:

Andima dijo...

Qué placer leer esta entrada, cuyo entusiasmo suscribo. A mí me llevó como un año o un año y medio leer este libro. Leí infinidad de cosas entre medias. Hubo sobre todo dos razones: la primera, la falta de armazón de la novela, más allá de las deslavazadas peripecias del protagonista, que simplemente va dando tumbos de un lado para otro y va contando lo que ve en cada lugar, lo que la hace tediosa; y segundo la necesidad de asimilar al máximo cuanto leía, pues en este libro no pasaba más de una o dos páginas sin encontrarme con una frase, un sentimiento, una idea o un párrafo excepcionales. Es posible que de no ser así no hubiera sido capaz de terminarlo, pero me parecía tal la magnitud de lo que se contaba, que uno estaba condenado a seguir adelante. Y hay que tener cuidado con las traducciones, porque en una casa me encontré yo con el Viaje integrado en una colección de grandes obras maestras de no sé qué o algo por el estilo y la traducción era puro aguachirri, no tenía nada que ver con la de Carlos Manzano. Qué vileza, qué engendro de traducción aquella, en cuyo proceso se había domesticado a Céline, hasta el punto de convertirlo en un caballero, en lugar de la rata de cloaca que fue.

Yo nunca había leído algo tan descarnado y la vez tan delicado y sensible, tan sincero y honesto, que te advirtiera de ese modo de los peligros y las malas intenciones de los hombres, que desnudara hasta ese punto a quienes se sitúan por encima de los demás con la supuesta intención de servirlos, que buscara de forma tan desesperada el reconocimiento y la dignidad personal de cada uno. Céline reduce a los grandes hombres, a los políticos, a los patriotas, a los artistas, a los héroes, a los emprendedores, a los intelectuales, a los colonos a la altura que les corresponde, la del fango o la de la mierda, y al resto los desprecia, jaja, aunque se ocupe más de ellos. Recuerdo en las primeras páginas aquel discurso de arenga en pos de la guerra patriótica, que no me sé de memoria, pero era algo así como “¡Venga, holgazanes, arriba, a pelear, les vamos a joder a esos cabrones de la patria número 2! ¡Ah, y que viva la patria número 1!”. O aquello otro de “La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida”.

Espero que todo en tu casa haya vuelto a la normalidad, y que hayáis podido celebrar adecuadamente vuestro particular fin de año.

Abrazo.

Daniel Ruiz García dijo...

Ahora que he hecho esta segunda lectura, Andima, he subrayado el libro hasta gastar varios lápices de Ikea. Tiene momentos gloriosos, y si me apuras prefiero mucho más la segunda parte que la primera. Desde Nueva York a su historia como médico en el manicomio me parece de una fuerza tremenda. Gran libro, sí. Único, vaya.

Hijos de Satanás dijo...

Muy bueno, Daniel.

Lo he subido a Hankover

http://hankover.blogspot.com/2012/01/querido-maestro-de-mierda-por-daniel.html

Los Hijos de Satanás te saludan.

v

Martín Sotelo dijo...

La mejor parte de la novela es cuando ejerce de médico. San Bardamu es uno de los grandes santos del siglo pasado.