jueves, 19 de abril de 2012

Monarquía y sentido común

Pertenezco a la generación que nació y creció envuelto en la égida dorada de la monarquía parlamentaria como el mejor de los sistemas posibles, después de un pasado infame y miserable que nuestros padres evocaban con dientes apretados y cajas de fotos en blanco y negro. El Rey de mi infancia es un cuadro que preside el aula en la que estudio, siempre ahí, observando las lecciones de ortografía y matemáticas, bajo la pizarra verde y orlado por manchurrones de tiza y lápiz en la pared. También es el perfil romano en una moneda de diez duros, en cuyo reverso figuraba la flamante pelota de fútbol del Mundial del 82, y que significaba algo muy bueno: era la paga del domingo, la barra libre de chucherías después de la fastidiosa misa de las 11 para niños. El Rey nos vino impuesto, como muchas tantas otras cosas, sólo que la imposición siempre pareció justificada por logros que ya de pequeño me resultaban antiguos. Fundamentalmente dos: su papel esencial en la "Santa Transición", como dijera Rafael Reig, y su firmeza en la contención del Golpe de Estado de Tejero. Del golpe de estado recuerdo más bien poco. Fue día libre en el cole, pero no pudimos salir a jugar a la calle. Nos quedamos todo el día en casa, con el sonido y las imágenes de fondo de conexiones incomprensibles en la tele que mis padres seguían con atención y sorpresa. Pero todo el mundo consensuó desde entonces que aquello fue importante, y por supuesto lo de la Transición, y así la imagen del Rey como jefe de Estado se afianzó allí arriba, sobre los pupitres de la escuela y sobre el imaginario colectivo de toda mi generación.

Cuando fuimos creciendo, la Familia Real se convirtió en otra cosa. O más bien los que cambiamos fuimos nosotros: mientras nuestras madres se deshacían en elogios ante el porte del príncipe Felipe en las fotos del Hola, nosotros preferíamos buscar las fotos de otras familias reales con más poso trágico, más malditas y atractivas. Estefanía de Mónaco cantaba, y aunque tenía un busto algo caballuno nos parecía enormemente sensual, con una extravagancia que anhelábamos porque al fin y al cabo nos amamantábamos de programas raros como El planeta imaginario o La Bola de Cristal, la versión para niños de la movida madrileña. Aquí la Familia Real era buena por comparación, y así siguió siendo siempre: mira qué bueno es el Rey, mira qué discreto, y en cambio compáralo con el Príncipe Carlos, con Carolina de Mónaco. Furcias, borrachos, derrochadores, una estirpe absolutamente degenerada, y en cambio aquí, el Príncipe, estudiando muy formal en EE.UU., y encima obteniendo trofeos en un deporte tan higiénico y luminoso como la vela.

Ahora todo eso parece haber cambiado. Y los que siempre sospechamos de cierta suerte de encubrimiento masivo, de confabulación generacional para evitar toda rebeldía hacia la casta regia, a lo que nos resignamos más bien por nuestra compasión y mal entendido respeto hacia los más mayores, nos damos de bruces con una incontestable evidencia. La Familia Real es una institución decadente, con síntomas evidentes de degeneración, que desarrolla una vida de espaldas al pueblo, disfrutando de privilegios sin ningún tipo de contraprestación palpable. Los discursos televisados del Rey ante la chimenea en las noches de Nochebuena, que los de mi generación siempre hemos seguido más bien con desconfianza, cuando no con distanciamiento irónico para sobrellevar sin sobresaltos las veladas de reencuentro familiar, se han tornado falsos, vacíos, como un escenario de cartón piedra de un Péplum antediluviano. Lo siento por mi suegra, que siempre fue una acérrima defensora del Rey, pero creo que el crédito ha llegado a su fin. Logros más o menos discutibles y contadísimos de hace 35 años no justifican tanto tiempo de sostenimiento de una institución que nos cuesta a todos mucho dinero, y a cambio de la que sólo recibimos en los últimos tiempos mala propaganda. No sé cómo narices piensa el Ejecutivo actual revitalizar internacionalmente la marca España teniendo como aliado a un jefe de Estado que por toda excusa ante tamaña desproporción moral y estética como la de los safaris escapistas –alguien debería regalarle al Rey Las raíces del cielo, de Romain Gary-, en medio de un panorama como el que estamos lidiando, blande una excusa más propia de un niño de teta. El vídeo de su disculpa, sin paliativos, como todo lo que ronda a su yerno el atleta-conseguidor, como los desfases del otro yerno dandi, como el episodio del disparo del nieto en el pie, resulta sonrojante Ya no se trata de ser republicano o monárquico, de considerarse más bien súbdito o ciudadano. Se trata de puro sentido común. Si el Rey lo ha perdido, no es necesario que lo perdamos todos nosotros.

martes, 17 de abril de 2012

Como la primera vez


Disculpadme, pero últimamente escribo más bien poco. Todo el tiempo del que dispongo lo dedico a trabajar, y el escaso tiempo libre que me queda a jugar y enredarme con los niños. Los fines de semana intento convertir mi vida en una burbuja, aislándome en lo posible de la marejada de ceños fruncidos, preocupación, rostros graves y pesimismo en la que navego durante el resto de la semana.

Pero también leo. Y en los últimos tiempos, no sé por qué, me dedico más bien a las relecturas. Es donde hallo mayor placer: reencontrarme con textos que creía olvidados o que recordaba con viveza pero a grandes rasgos. Así he releído a Céline, y así he vuelto sobre un libro que me abrumó en su día, que en mis primeras tentativas escritoras intenté imitar, y que siempre estuvo ahí, en mi memoria, y también allí, en mis anaqueles, amarilleándose, cogiendo polvo, debilitando la consistencia de sus hojas hasta parecerse a las alas de una polilla.

El otro día, al toparme con una reedición de bolsillo, no pude evitarlo: aunque últimamente no compro prácticamente libros, aunque intento llevar una vida totalmente austera, reduciendo cualquier gasto al mínimo, consumiendo lo indispensable, no pude dejar de adquirir un flamante ejemplar de Cuento de hadas en Nueva York. Y tal como lo cogí le hinqué el diente, con ese apasionamiento que producen los amores arrebatados, donde no existen reglas, donde no hay posible compostura.

Y allí voy, en el metro, de camino al trabajo, andando por la calle y leyendo, sorteando a duras penas las boñigas de caballo, que aportan a la primavera sevillana ese aroma tan característico (Sevilla en primavera es una hoja: el haz huele a azahar; el envés, a mierda de caballo). Dándome un chute de J.P. Donleavy, que leído después de veinticinco años –fue de los primeros libros que adquirí con mi propio dinero, ganado en mi primer trabajillo como monitor de baloncesto- me sigue pareciendo tan potente como el primer día. Y esto que consigue Donleavy es un milagro. Porque volver a leer con ojos inocentes, con el ardor de la primera vez, después de tanto resabio acumulado por la lectura de cientos de libros más o menos prescindibles, más o menos inútiles, más o menos consistentes, es un verdadero prodigio que uno debe celebrar.

Uno envidia la mala leche de Donleavy, pero también su afilada forma de vomitar las miserias, convirtiendo la ponzoña en poesía. Pero sobre todo uno envidia el estilo, esa forma de construir frases a martillazos. Imposible no sentirse íntimamente cercano a Cornelius Christian, uno de los personajes de novela más potentes que hayan caído en mis retinas en todos mis años como lector. Y al que uno acaba sintiéndose más unido que a muchas personas de carne y hueso con las que tiene el discutible honor de compartir vida.

Dándome un garbeo por Internet, no encuentro demasiado sobre este libro. No lo entiendo, la verdad, porque me parece una obra maestra absoluta. Y que, leída hoy, resulta dolorosa, demoledoramente actual.

Me costó lo que vale un Menú del Día. Ojalá todos los días tuviera uno ocasión de saltarse con tanto placer un almuerzo.